CAPÍTULO 9 EL LAGO HÁLITO
Caleryon recibió a la comitiva con flores, campanas y demasiadas personas fingiendo no buscar una señal de dragón en el cielo.
Rheskan hizo tres círculos sobre las torres antes de aterrizar en el patio de vuelo.
La multitud reunida frente a las puertas reales aplaudió como si el animal hubiera regresado de una guerra en solitario.
Isolde saludó desde la silla de Sable, con la espalda recta y una sonrisa que había aprendido a usar cuando el cansancio era un lujo que no podía permitirse.
El rey pronunció unas palabras sobre estabilidad. Varek habló de reforzar los convoyes. Telmor mencionó el Festival y la necesidad de confiar en la llama sin comprenderla del todo, una frase lo bastante ambigua para que cada persona la hiciera suya.
Después llegó el palacio, con sus corredores conocidos y sus puertas cerradas, y Isolde descubrió que había echado de menos incluso las cosas que detestaba: el olor a naranjos en la galería de las fuentes, la protesta de las escaleras antiguas, el sonido de Aelyn peleándose con los criados porque alguien había colocado mal un florero.
No tuvo tiempo de instalarse. En menos de una hora, Lysandra —la condesa, no la comandante de Vayren— la esperaba con un vestido color marfil y una lista de invitados.
—¿Una cena de bienvenida? —preguntó Isolde.
—Una cena de agradecimiento a las Casas que han mantenido estables las rutas durante vuestra ausencia.
—Eso suena a una cena de bienvenida con más palabras.
—Todo suena mejor con más palabras si las pronuncia un heraldo.
—No quiero una cena.
—Lo sé. Por eso habrá una.
La condesa no levantó la vista de la lista. Isolde la observó, esperando que dijera algo sobre la resonancia, Ydrael o la multitud que había gritado su nombre al llegar. Lysandra no mencionó nada.
—¿Sabéis algo sobre el Círculo de Ceniza? —preguntó Isolde.
La mano de la condesa se detuvo sobre el papel.
—Sé que es un nombre que no conviene pronunciar en los salones.
——Eso es la única que os daré antes de que os cambien de vestido.
—Todo el mundo está decidido a hacerme esperar.
Lysandra alzó la mirada. Por un instante fue alguien que había conocido a Maelia antes de que su ausencia se convirtiera en un asunto político.
—Esperar no siempre es rendirse, Isolde. A veces es elegir el momento en que una verdad puede sobrevivir a ser dicha.
Luego volvió a la lista, y la conversación terminó.
La cena fue tan larga como Isolde había temido.
Los nobles preguntaban por Vayren con la delicadeza de quienes no querían saber demasiado; los mercaderes hablaban de seguridad de rutas; los sacerdotes sonreían cuando alguien mencionaba el fuego.
Darian ocupaba un lugar dos sillas más allá.
Cada vez que sus miradas se cruzaban, ella sentía que el salón se volvía un poco menos sofocante.
Aelyn, sentada junto a lord Varek, lograba la hazaña de ser encantadora y extraer información al mismo tiempo. Isolde lo sabía por la forma en que su amiga reía, demasiado luminosa, y por cómo Varek comenzaba a explicarse más de lo que le habían preguntado.
Durante el postre, un músico anunció una danza. Isolde estaba a punto de negar con una excusa sobre el cansancio cuando Darian se levantó.
—Alteza —dijo—. ¿Me concedéis este baile?
La frase era formal. Sus ojos no.
—Únicamente si prometéis no hablarme de rutas comerciales —respondió ella.
—No puedo prometer algo tan poco razonable.
La llevó al centro del salón. Esta vez la música era más lenta, menos reglada. Las parejas podían hablar sin que cada paso estuviera escrito por alguien muerto hacía siglos.
—Aelyn me ha informado de que vas a intentar pedirme algo —dijo Isolde.
Darian tropezó apenas. Fue un error mínimo, pero lo suficiente para que ella sonriera.
—Aelyn debería dedicar menos tiempo a observarme.
—Aelyn observa todo. Es una condición de su existencia.
—Entonces no me queda más remedio que adelantar mis planes.
Isolde dejó de sonreír.
—Darian.
—No aquí —dijo él, apretando suavemente su mano—. No como una escena para que las Casas hagan apuestas.
La música terminó. Él no la devolvió a su sitio.
En vez de eso, la condujo por una puerta lateral, igual que en el banquete de Vayren, aunque esta vez Aelyn no los siguió.
Isolde oyó a su amiga discutir con una tía de Darian sobre la calidad del vino, probablemente para asegurarse de que nadie mirara demasiado hacia el pasillo.
Darian la llevó al invernadero antiguo del palacio.
De noche, el lugar parecía un mundo separado.
Las paredes de cristal reflejaban las luces de la ciudad.
Había plantas que solo florecían con calor constante, árboles pequeños de hojas oscuras y un estanque de piedra lleno de peces dorados.
Maelia solía llevarla allí cuando era niña, antes de que el dolor volviera cada habitación demasiado llena de recuerdos.
—¿Por qué aquí? —preguntó Isolde.
—Porque me dijiste una vez que era el único lugar del palacio donde no sentías que alguien estuviera escuchando detrás de una puerta.
Ella lo miró. No recordaba haber dicho aquello. Recordaba haberlo sentido.
Darian se detuvo junto al estanque. En la mano llevaba una pequeña caja de madera oscura.
—No quiero hacer de esto un acuerdo entre Casas —dijo—. Sé que lo será para otras personas. Sé que tu padre, mi padre, Varek y media ciudad encontrarán razones para celebrarlo que no tendrán nada que ver con nosotros. Pero no quiero que tú me digas que sí por ninguna de esas razones.
La caja se abrió.
Dentro había un anillo de plata sencilla, con una piedra roja pequeña, sin talla ostentosa. En el interior del aro alguien había grabado dos palabras.
Isolde no pudo leerlas desde donde estaba.
—¿Qué pone? —preguntó.
—«Volver juntos».
El aire se le quedó atrapado en la garganta.
—No es una palabra grande —continuó Darian—. No es para siempre. No es destino. No quiero pedirte algo que nadie puede garantizar. Quiero pedirte que, si los dos seguimos eligiéndonos, intentemos construir una vida que no dependa de lo que esperan de nosotros.
Isolde miró el anillo. Después a él.
No pensó en los estandartes, ni en lo que una unión entre Valarys y Rhyne significaría para las Casas. Pensó en el porche de la posada, en Darian sosteniendo su mano durante el entierro, en la terraza de Vayren, en la paciencia con la que se quedaba cuando ella no sabía cómo nombrar el miedo.
También pensó en Aelyn preguntándole qué parte de ese deseo era suya.
Esta vez conocía la respuesta.
—Sí —dijo.
Darian cerró los ojos. Procedía de alivio, lejos de triunfo.
—¿Sí?
—Sí. Pero con condiciones.
Él rio, y el sonido le aflojó algo dentro.
—Sabía que habría una lista.
—La primera: no vas a usar esto para decidir por mí cuando tenga miedo.
—No lo haré.
—La segunda: si encontramos a mi madre, no vas a pedir que la búsqueda termine porque sea incómoda para el reino.
—No lo haré.
—La tercera: no quiero un banquete de ciento veinte personas ni canciones sobre nuestros ojos ni sacerdotes diciéndonos qué representa nuestro amor.
—Eso quizá sea más difícil.
—Darian.
—Lo conseguiré. Lo juro.
Ella extendió la mano. Él colocó el anillo en su dedo. Le quedaba ligeramente grande; Darian lo notó y pareció mortificado.
—Lo ajustaremos —dijo.
—Me gusta así.
—¿Porque tiene margen?
—Porque me recuerda que las cosas pueden cambiar de tamaño y seguir siendo mías.
La besó entonces. Isolde cerró los ojos y dejó que el beso fuera lo que era: no una garantía, no una escena de palacio, no una respuesta para el misterio de su madre. Un momento elegido.
Cuando volvieron al salón, Aelyn los vio de inmediato. Miró la mano de Isolde. Después miró a Darian.
—¿Esas eran las condiciones? —preguntó.
—Una versión abreviada —dijo él.
Aelyn cogió la mano de Isolde, examinó el anillo y luego la abrazó con fuerza.
—Estoy feliz por ti —susurró—. Y si alguna vez te hace daño, sabré dónde se guardan los libros de cuentas de su familia.
—¿Eso es una amenaza?
—Es afecto administrativo.
El anuncio oficial se hizo al final de la cena.
Ardan sonrió de una manera que Isolde no le había visto en meses.
El padre de Darian levantó una copa con una solemnidad emocionada.
Las Casas aplaudieron. Varek felicitó a ambos con una calidez que a Isolde le resultó incómoda, quizá solo porque esa noche todo le parecía demasiado visible.
Telmor bendijo la unión sin llegar a mencionar destino. Ella se lo agradeció, aunque no sabía si debía.
Cuando las campanas del palacio sonaron, Caleryon celebró una futura boda.
En una habitación alta de la torre norte, una figura encapuchada observó las luces del invernadero a través de un catalejo. Sobre la mesa, junto a un cuenco de ceniza, había una copia de las rutas de Vayren y una lista de nombres.
El de Isolde estaba marcado con tinta roja.
El de Darian, con una línea negra.
La ciudad que habla
Al cabo de dos semanas, Caleryon había decidido que el compromiso de Isolde y Darian significaba cosas distintas para cada persona que lo comentaba.
Para las Casas del centro, era estabilidad.
Para los comerciantes de la ribera, una promesa de que las rutas seguirían abiertas.
Para Telmor, una bendición de la llama. Para los partidarios de Varek, una oportunidad de hablar de unidad sin explicar qué clase de unidad imaginaban.
Para Aelyn, según le comunicó a Isolde una mañana, era una excusa para que damas que nunca la habían invitado a tomar té preguntaran qué flores pensaba usar en la boda.
—He dicho que quería flores de pantano —contó Aelyn mientras se ponía una capa sencilla—. Se quedaron muy serias.
—¿Por qué flores de pantano?
—Porque son resistentes, feas y sobreviven en condiciones imposibles. Me pareció una metáfora apropiada para la vida de corte.
—No vas a tener voz en la decoración.
—No pienso tener voz en la decoración. Pienso tener voz en las conversaciones de quienes creen que no estoy escuchando.