Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 8 LA NOCHE DE LOS ESTANDARTES #2
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CAPÍTULO 8 LA NOCHE DE LOS ESTANDARTES #2

Al llegar al cruce, los caballos se detuvieron y los capitanes intercambiaron las formalidades necesarias.

Eirik Sorn entregó a Ardan una carta sellada para Halvar; Ardan hizo lo mismo.

Los escribanos anotaron el número de soldados, los suministros compartidos y el compromiso de que las patrullas informaran de cualquier movimiento cerca de Cendral.

Era paz sobre papel.

Isolde observaba desde Sable, con la capa cerrada hasta la garganta.

El cuenco de ceniza viajaba en un cofre bajo custodia del rey.

La obsidiana de Maelia seguía contra su pecho.

Cada vez que pensaba en el Lago Hálito, recordaba la figura de su madre y la palabra que no había dejado de perseguirla desde entonces: espera.

Esperar le parecía una forma muy refinada de pedirle que no hiciera nada.

Cael se acercó a caballo. Sigrid iba junto a él. No venían a despedirse de todos; venían a cumplir una última cortesía, porque el protocolo exigía que los representantes de las coronas se reconocieran antes de volver a ser rivales a ojos del mundo.

—Alteza —dijo Cael.

—Príncipe.

—No dejéis que Telmor conserve el cuenco.

Isolde arqueó una ceja.

—¿Esa es vuestra despedida diplomática?

—Es una recomendación práctica.

—Agradezco vuestra confianza en mi capacidad de no entregar objetos misteriosos a sacerdotes hambrientos de profecías.

Cael inclinó la cabeza. Por primera vez desde que lo conocía, parecía a punto de sonreír y decidió no hacerlo.

—No confío en Telmor. Es diferente.

—Eso es algo que compartimos.

—No tenemos que compartir muchas más cosas.

La frase habría podido sonar hostil. No lo hizo. Sonó como una barrera que ambos entendían necesaria.

—Buena ruta, entonces —dijo Isolde.

—Buena ruta.

Cael se volvió hacia Darian. Los dos se miraron un instante demasiado largo para ser simple cortesía.

—Lord Rhyne —dijo el príncipe.

—Príncipe.

—Vigilaré las patrullas del norte.

—Yo las rutas del sur.

—No dejéis que vuestro Consejo convierta cada informe en un discurso.

—No dejéis que vuestro rey convierta cada discurso en una amenaza.

Sigrid soltó aire por la nariz. Aelyn, que se había acercado sin que nadie la invitara, levantó una mano hacia la capitana.

—Que Tovan tenga nombre en vuestra memoria —dijo.

Sigrid la miró, sorprendida. Luego asintió.

—Y que los muertos de Vayren tengan nombre en la vuestra.

La delegación de Skarde tomó el camino norte. Isolde la vio alejarse hasta que las capas grises se confundieron con la piedra. Cael no volvió la cabeza.

Le pareció bien. No quería que aquel momento tuviera más importancia de la que tenía.

—¿Te molesta que se vaya? —preguntó Aelyn cuando la ruta volvió a moverse.

—No.

—No te he preguntado si lo echas de menos. Te he preguntado si te molesta.

Isolde la miró.

—A veces eres una persona muy desagradable.

—A veces tú respondes a una pregunta distinta para no responder a la correcta.

—Me molesta que tenga razón algunas veces.

—Eso sí lo entiendo.

Darian, que cabalgaba al otro lado, no intervino.

Le agradeció el silencio. Desde Vayren, la relación entre él y Cael parecía haberse tensado de una manera casi invisible.

No había discusiones abiertas. Únicamente miradas que terminaban un segundo tarde, pausas antes de responder, una vigilancia mutua que ninguno reconocería.

Isolde no sabía si debía preocuparse.

La lluvia los alcanzó por la tarde como una llovizna persistente que oscurecía los caminos y dejaba la ropa pegada a la piel.

Pasaron la noche en una posada de carretera.

Aelyn consiguió una habitación con dos camas para ella e Isolde; Darian durmió con los oficiales en el granero convertido en dormitorio.

El rey ocupó el único cuarto privado, aunque Isolde sospechaba que no había dormido.

Antes de cenar, salió al porche para tomar aire. El patio estaba lleno de caballos mojados y carretas cubiertas con lonas. En una mesa cercana, tres campeaunque sís hablaban bajo, sin saber que la heredera estaba a pocos pasos.

—Dicen que los hombres de capa roja han vuelto —dijo uno.

—No son capa roja de verdad —respondió otro—. El primo de mi mujer vio el sello. Era una cosa negra, como un círculo.

—No importa qué sello lleven cuando te piden el grano —dijo la tercera persona, una mujer mayor—. El hambre no pregunta quién robó primero.

Isolde se quedó quieta.

La frase de Cael regresó a su memoria: la gente hambrienta hace las amenazas y las peticiones con la misma voz.

—¿No vas a decirles quién eres? —preguntó Darian desde la puerta.

—No sé qué les diría.

—Podrías decirles que el rey ha enviado soldados.

—Y mañana, cuando vuelvan los hombres de las capas, ¿qué habrá cambiado?

Él se acercó hasta quedar junto a la barandilla. La lluvia caía entre ellos y el patio.

—No puedes resolver cada problema con una respuesta inmediata.

—Eso también me lo dices cuando corro hacia una cueva.

—Es una frase útil.

—Te estás pareciendo demasiado a mi padre.

Darian sonrió, pero no se ofendió.

—Tu padre y yo tenemos la rara habilidad de quererte y de temer las cosas que podrían hacerte daño. No siempre lo expresamos bien.

Isolde apoyó los brazos en la madera.

—No quiero que me quieran como si fuera una amenaza que hay que contener.

—No te quiero así.

La certeza de su voz hizo que ella lo mirara.

—¿Cómo me quieres?

Darian tardó en responder porque parecía decidir cuánto de sí mismo estaba dispuesto a poner en palabras.

—Como alguien que me hace querer ser más valiente de lo que soy —dijo—. Como alguien a quien no puedo prometer seguridad, pero sí presencia. Como una persona que tiene derecho a elegir su vida, aunque a veces tu elección me asuste.

La lluvia seguía cayendo. Isolde sintió que el mundo se hacía pequeño: la luz amarilla de la posada a su espalda, los caballos resoplando, Darian delante de ella sin una sola armadura que lo protegiera de la respuesta.

—Eso es una forma peligrosa de querer —dijo.

—Lo sé.

Ella le tomó la mano.

—Entonces no dejes que me acostumbre a ella demasiado rápido.

—No creo que pueda evitarlo.

El beso fue breve porque Aelyn abrió la puerta con un plato de sopa en cada mano.

—Si os vais a quedar bajo la lluvia, al menos dejad de mirar como si hubierais inventado los porches —dijo—. La cena se enfría.

—¿Llevas sopa para los dos? —preguntó Darian.

—Llevo sopa para Isolde y una advertencia para ti. No confundas mi hospitalidad con aprobación sin condiciones.

—Nunca lo haría.

—Bien. Porque tengo muchas condiciones.

La comida de la posada era sencilla: estofado de lentejas, pan duro, queso y cerveza aguada.

Los viajeros hablaban en voz baja de la frontera, de los precios de los carros, de que el Festival había traído una señal de fuego.

Nadie nombraba a Isolde. Nadie necesitaba hacerlo.

Ella percibía la historia creciendo en cada frase, alejándose de lo que había ocurrido para convertirse en lo que la gente necesitaba creer.

Una niña que servía mesas se acercó con una jarra vacía.

—¿Vos también vais a Vayren? —preguntó a Darian.

—Venimos de allí.

—¿Es verdad que el hielo está subiendo por las paredes?

—No —dijo Isolde antes de que él respondiera—. Pero hay soldados trabajando para que nadie tenga que asustarse solo.

La niña la miró. No la reconoció. Únicamente asintió, como si aquella respuesta bastara por esa noche.

Más tarde, ya en la habitación, Aelyn se sentó en su cama y soltó los cordones de las botas.

—Darian va a pedirte algo —dijo.

Isolde, que estaba deshaciendo su equipaje, se quedó quieta.

—¿Qué?

—No sé exactamente. Pero lo conozco desde hace demasiados años. Cuando está nervioso, revisa tres veces cosas que ya ha decidido. Desde Vayren ha revisado sus cartas cuatro veces cada día.

—Puede estar preocupado por las rutas.

—Puede. Y yo puedo ser una monja de Telmor.

Isolde se sentó en el borde de la cama.

—No hemos hablado de eso.

—No tenéis por qué hablarlo todo antes de saber lo que queréis. Pero deberías preguntarte qué quieres tú, no qué espera el reino.

La advertencia era amable. Por eso la inquietó.

—¿Crees que no quiero estar con él?

—Creo que lo quieres. Eso lo veo. Me pregunto si sabes qué parte de ese deseo es tuya y cuál pertenece a una ciudad que lleva años observándoos como si fuerais una solución elegante.

Isolde no respondió. Aelyn apagó la lámpara y se metió bajo las mantas.

En la oscuridad, la obsidiana de Maelia se calentó contra su piel.

No era una señal. Probablemente era el recuerdo del fuego de la lámpara, o la fiebre de su propia imaginación.

Pero Isolde permaneció despierta mucho tiempo, pensando en las cosas que se elegían y en las que parecían elegirse solas.