CAPÍTULO 8 LA NOCHE DE LOS ESTANDARTES
Al regresar a Vayren, nadie celebró que hubieran sobrevivido.
Eso fue lo primero que Isolde notó. En Caleryon, una expedición que volvía con un ataque, un muerto y una prueba habría provocado ruido: guardias corriendo, consejeros pidiendo informes, sacerdotes buscando una explicación que pudiera repetirse en público.
Vayren absorbía la tragedia de otra forma.
Las puertas se abrieron. Un soldado contó las cabezas.
Otro tomó las armas. La comandante Lysandra preguntó quién faltaba y quién sangraba.
Después ordenó que encendieran más braseros en la enfermería.
No hubo ceremonia para el desconocido que había muerto junto al Lago Hálito. Lo enterraron fuera de las murallas, bajo una piedra sin nombre, porque nadie sabía quién era y nadie quería que el Círculo usara una tumba como mensaje.
Isolde estuvo presente de todos modos.
La mañana era gris. El viento cortaba desde el norte.
Sigrid pronunció unas palabras en la lengua de Skarde por Tovan, el explorador desaparecido.
Lysandra añadió otras por los soldados de Vayren que nunca habían regresado de misiones parecidas.
Ardan no habló. Darian mantuvo la mano de Isolde dentro de la manga de su capa, donde nadie podía verla.
Cuando terminó, Telmor se acercó a ella.
—La sangre que ha usado en el cuenco puede haber intensificado el vínculo —dijo.
Isolde no se volvió.
—¿Venís a explicar por qué el atacante murió antes de hablarnos?
—No.
—Entonces no tengo nada que escuchar.
El sacerdote guardó silencio un instante.
—No quiero que os ocurra lo que le ocurrió a vuestra madre.
La frase logró detenerla. Isolde miró la piedra sin nombre, cubierta ya por una capa de escarcha.
—No uséis a mi madre para hacerme obedeceros.
—No lo haría.
—Lo acabáis de hacer.
Telmor pareció herido, y una parte de ella se alegró. Otra se preguntó si había visto dolor verdadero o solo la máscara de alguien a quien no le gustaba perder influencia.
—No toda persona que teme por vos es vuestro enemigo, Alteza —dijo él.
—No. Pero toda persona que decide por mí tiene que aceptar que quizá se convierta en uno.
Lo dejó junto a la tumba y volvió hacia la fortaleza.
Esa tarde, el Consejo conjunto se reunió en la sala de las campanas.
El nombre venía de las doce campanas de bronce colgadas bajo el techo, una por cada tregua que Fuego y Hielo habían firmado y roto a lo largo de los siglos.
Lysandra decía que estaban allí para recordar a los negociadores que nadie debía sentirse demasiado orgulloso de sí mismo.
Varek ocupaba su lugar de siempre junto a Ardan. Había llegado de una inspección de los archivos comerciales con una expresión grave y un montón de documentos que no aportaban ninguna certeza.
—Las cuentas de mantenimiento se han usado como conducto para fondos de origen no identificado —anunció—. Pero los pagos llevan años en circulación. Si el Círculo ha infiltrado las rutas, no lo hizo ayer.
—¿Quién tenía acceso? —preguntó Aelyn.
—Demasiada gente —respondió Varek—. Intendentes, escribanos, casas comerciales, capitanes de paso. Si queréis una lista, tardaremos meses.
—No tenemos meses —dijo Cael.
—Eso lo decidís con mucha facilidad para alguien que no gobierna aquí —replicó Varek.
—Y vos decidís con mucha facilidad que el tiempo es una excusa para no actuar.
Ardan levantó una mano antes de que el intercambio creciera.
—La respuesta de Skarde a los ataques ha sido movilizar dos compañías hacia el norte de Cendral. La respuesta de Caleryon será hacer lo mismo al sur. Vayren coordinará ambas patrullas. Nadie cruzará territorio ajeno sin informar.
—Mi padre pedirá más tropas —dijo Cael.
—El mío también —contestó Isolde.
La mirada de Cael encontró la suya. No había desafío en ella esa vez. Únicamente la conciencia incómoda de que, aunque ambos vieran el mismo peligro, los reyes a los que debían lealtad podían usarlo para justificar algo distinto.
—Entonces tenemos que ser más rápidos que ellos —dijo Cael.
——Eso es el principio de una.
Lysandra apoyó dos dedos en el mapa.
—Hay otra cuestión. Los ataques de anoche no buscaban matarnos de inmediato. Querían el cuenco y a la heredera. Eso significa que la información sobre el Lago Hálito salió de esta fortaleza o de alguien que conocía los mensajes de la reina Maelia.
La acusación no señaló a nadie, pero la sala entera reaccionó. Sigrid se puso más recta. Varek miró a los escribanos. Telmor bajó los ojos. Darian no se movió, pero Isolde notó la tensión en el brazo de su silla.
—¿Creéis que hay un traidor en Vayren? —preguntó Aelyn.
—Creo que hay alguien que ha estado escuchando demasiado tiempo —respondió Lysandra.
La sesión se prolongó hasta que el sol desapareció. Al final, Ardan decretó que regresarían a Caleryon en cuanto el tiempo lo permitiera. La investigación continuaría desde ambos palacios, con mensajeros de confianza y patrullas conjuntas. Vayren quedaría bajo alerta.
Para Isolde, la decisión supo a retirada.
Encontró a su padre en el adarve oeste después de la reunión. La nieve empezaba a caer, muy fina, casi tímida. Rheskan dormía en el recinto de vuelo, una mancha roja entre rocas oscuras.
—No quiero irme —dijo ella.
Ardan no fingió no entender.
—Lo sé.
—El cuenco señaló hacia el oeste. Podría haber otra pista aquí. El Círculo sigue cerca. Y si mamá—
—Si Maelia dejó mensajes, los encontraremos. Pero no voy a dejar que te conviertas en una lámpara que todos siguen hasta una trampa.
—No soy una lámpara.
—No. Eres mi hija. Y eso no cambia porque tengas veinte años, una espada propia y razones para enfadarte conmigo.
Isolde se abrazó a sí misma para protegerse del frío o de la respuesta. No sabía cuál de las dos cosas necesitaba más.
—¿Cuando mamá se fue, intentaste detenerla? —preguntó.
Ardan miró la línea blanca de las montañas.
—Sí.
La sinceridad le dolió.
—¿Y?
—Me pidió que confiara en ella. Me dijo que si la seguía, otros sabrían que la pista era importante. Me dijo que volvería antes de que amaneciera.
—No volvió.
—No.
Por primera vez, Isolde entendió que su padre no había guardado silencio solo por miedo a la verdad. También porque cada detalle de aquella noche era un lugar donde él había tomado una decisión y había tenido que vivir con ella.
—No soy ella —dijo.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirarme como si fuera a desaparecer cada vez que doy un paso.
Ardan volvió el rostro hacia ella. La nieve se le había posado en el cabello.
—No sé cómo hacerlo.
El rey no era un hombre que admitiera no saber. La frase dejó a Isolde sin una réplica rápida.
—Aprende —dijo al cabo—. Yo también estoy intentando hacerlo.
No se reconciliaron con un abrazo ni con una promesa perfecta. Se quedaron de pie junto al muro, mirando el lugar donde la noche borraba las fronteras. A Isolde le pareció, por un momento, que eso era lo más honesto que podían ofrecerse.
Más tarde, Darian la encontró en la sala de armas vacía.
Había ido allí para practicar, pero no había desenvainado la espada. Estaba sentada en el banco bajo las ventanas, con la obsidiana de Maelia entre las manos.
—Aelyn dice que es una mala idea dejarte sola con un objeto misterioso —dijo él desde la puerta.
—Aelyn cree que es mala idea dejarme sola con casi todo.
—A veces tiene razón.
—No deberías darle tanta satisfacción.
Darian se sentó a su lado. No le quitó la piedra ni le pidió explicaciones. Eso era una forma de cuidado que ella empezaba a necesitar más que las grandes palabras.
—¿Te has peleado con tu padre? —preguntó.
—No exactamente.
—Eso suele ser peor.
—¿También tienes experiencia con reyes que no saben ser padres?
Él soltó una risa breve.
—Mi padre sabe ser padre. Cree que eso consiste en preguntarme por las cuentas de la Casa Rhyne mientras finge no preocuparse por mí. Es un sistema extraño, pero funcional.
—Lo envidio un poco.
—No creo que debas. Él nunca me enseñó a montar un dragón ni a defenderme de Telmor con una sola frase.
Isolde apoyó la cabeza en su hombro. Darian se quedó quieto un momento, como si temiera que ella pudiera arrepentirse. Después la rodeó con un brazo.
—¿Qué pasa si no encuentro a mi madre? —preguntó ella.
—Entonces no dejaré que la búsqueda se convierta en el único sitio donde vivas.
La frase pudo haber sonado cruel. En su boca no lo fue. Era una invitación a recordar que tenía un presente, una ciudad, amistades, un padre difícil, un dragón joven y una vida que no debía entregarle entera a una ausencia.
—No sé cómo hacer las dos cosas —admitió.
—Nadie sabe. Se aprende mal y se vuelve a intentar.
Isolde levantó la vista hacia él.
—Darian.
—¿Sí?
—Cuando volvamos a Caleryon, ¿seguirás ayudándome?
La pregunta era pequeña. Llevaba dentro todo lo que no se atrevía a pedir: no te canses, no te vayas, no decidas que mi historia pesa demasiado.
Él la besó antes de responder. No con la urgencia del miedo ni con el cuidado de la primera vez. La besó como si ya hubiera elegido quedarse y quisiera que ella lo supiera.
—Siempre —dijo contra su frente.
La palabra no fue una promesa oficial. No necesitó serlo.
Fuera, una campana sonó tres veces: cambio de guardia. Desde el recinto de vuelo, Rheskan respondió con un rugido somnoliento.
Isolde guardó la obsidiana bajo la camisa.
Al amanecer volverían a Caleryon. El camino de su madre no desaparecía. Únicamente se extendía delante de ella, más largo y más peligroso de lo que había imaginado.
El regreso de los vivos
La comitiva se separó en la primera bifurcación del camino.
La ruta de Skarde se curvaba hacia el norte, entre montañas que parecían cerrarse sobre sí mismas.
La de Caleryon descendía hacia las tierras de cultivo y el río.
Durante dos jornadas habían viajado en paralelo, demasiado cerca para ignorarse, demasiado lejos para permitir que la costumbre suavizara la distancia.