Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 7 LA CARTA SIN FIRMA #2
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CAPÍTULO 7 LA CARTA SIN FIRMA #2

Además de Isolde, iban Aelyn, Darian, Cael, Sigrid y un explorador de Vayren llamado Orven, elegido por Lysandra porque sabía mantener la boca cerrada y regresar vivo de lugares difíciles.

Rheskan no podía acompañarlos. El lago quedaba en una zona de fumarolas estrechas donde un dragón habría sido más una alarma que una ayuda.

—No me gusta dejarlo —dijo Isolde mientras bajaban por el sendero norte.

—Tampoco le gusta que lo dejes —respondió Aelyn—. Ha mordido una silla. Creo que es su manera de expresarlo.

—Era una silla de Telmor —añadió Darian.

—Entonces ha demostrado un gusto excelente.

Cael caminaba unos pasos por delante, iluminando la ruta con una lámpara azul.

No se volvió, pero Isolde oyó la risa baja que se le escapó.

La descubrió escuchando y se arrepintió de inmediato.

Era más fácil tratarlo como un bloque de hielo arrogante cuando no encontraba graciosa ninguna de sus bromas.

El sendero descendía entre rocas de colores imposibles: negras, rojizas, verdes por los minerales. De algunas grietas salía vapor que olía a huevo podrido y metal caliente. A veces el suelo parecía cubierto de nieve. No lo era. Era sal cristalizada por el vapor de las aguas subterráneas.

—El Lago Hálito no aparece en los mapas públicos —dijo Orven—. Los primeros reyes lo usaban para reunirse con emisarios del norte. El agua caliente borra las huellas y los vapores hacen que nadie pueda escuchar desde lejos.

—Qué romántico —dijo Aelyn.

—No lo es —respondió Cael.

—No he preguntado vuestra opinión.

—La habéis provocado.

—Eso no significa que la quisiera.

Sigrid ocultó una sonrisa. Darian, junto a Isolde, la miró de reojo como si compartieran el alivio de que Aelyn pudiera discutir con cualquier persona y salir ilesa.

Llegaron al lago pasada la medianoche.

Era una cuenca pequeña y redonda entre paredes de piedra, llena de agua tan quieta que reflejaba las estrellas aunque el vapor subiera de la superficie. Por los bordes crecían juncos de un verde oscuro. En el centro flotaba una plataforma de piedra unida a la orilla por un puente estrecho.

Isolde se detuvo.

El lugar le resultaba conocido.

Procedía de una sensación más vieja, lejos de memoria. La misma presión que había sentido al escuchar el nombre de Ydrael, solo que ahora estaba mezclada con un dolor familiar, un perfume de cuero y hierbas secas, una mano que le había sujetado el cabello cuando era niña.

—Mi madre estuvo aquí —dijo.

Nadie se burló. Ni siquiera Cael.

La plataforma tenía una mesa baja en el centro. Sobre ella descansaba un cuenco de metal cubierto por una capa de ceniza. Aelyn se adelantó, pero Isolde le tocó el brazo.

—Espera.

El cuenco llevaba el mismo nudo ashai grabado bajo el borde. Isolde acercó la mano, sin tocarlo. El calor de la ceniza subió por sus dedos.

—No sé abrirlo —admitió.

—Quizá no se abre —dijo Darian—. Quizá responde.

—¿A qué?

—A ti.

Las palabras eran razonables. Aun así, Isolde recordó el brasero, el hielo que se había partido y la voz bajo la montaña. Le daba miedo que cada cosa empezara a responderle porque no sabía si sería capaz de detenerlas.

Cael se acercó a la mesa.

—En los textos antiguos de Skarde, los cuencos de ceniza se usan para conservar mensajes de calor. La persona que dejó la marca mezcla una gota de sangre con agua del lago. Si el mensaje reconoce el linaje, aparece.

—¿Cómo sabéis eso? —preguntó Darian.

—Porque mi abuela me obligaba a leer cosas aburridas.

—Vuestra abuela tenía gustos extraños.

—Mi abuela tenía razón la mayoría de las veces. Era peor.

Isolde sacó la daga. La hoja tembló un poco cuando se hizo un corte pequeño en el pulgar. Dejó caer una gota de sangre en el cuenco y añadió agua del lago.

La ceniza no se disolvió. Giró.

El vapor que salía del agua se inclinó hacia la mesa, formando una figura tenue. Apareció el perfil de una mujer con el cabello recogido y una capa de viaje sobre los hombros, una figura incompleta hecha de vapor.

Isolde dejó de respirar.

Maelia no hablaba. La imagen la miró durante apenas dos latidos. Luego levantó una mano y dibujó tres símbolos sobre el aire: una llama, un copo de nieve y una cadena rota.

Después señaló hacia el oeste.

La figura se deshizo.

—¿Qué significa? —preguntó Aelyn.

Isolde apretó el borde del cuenco.

—No lo sé.

—Yo sí reconozco uno —dijo Cael—. La cadena rota es el signo de las guardianas. En los textos de Skarde se asocia a un pacto que no debía repetirse.

—¿Entre qué reinos? —preguntó Darian.

Cael negó despacio.

—No lo sé. Los capítulos estaban destruidos.

—Qué conveniente —murmuró Aelyn.

El propósito quedaba lejos de mí.

La voz de Cael era más áspera de lo habitual. Isolde lo miró. El príncipe no apartó los ojos del vapor que se dispersaba sobre el lago.

—Mi padre destruyó algunos de esos capítulos cuando murió mi abuela —añadió—. Dijo que eran supersticiones capaces de dividir a Skarde. Tenía dieciséis años. Le creí.

La confesión era pequeña, pero no parecía fácil. Sigrid miró hacia el agua. Darian frunció el ceño con la concentración de quien intenta situar una información en un mapa más grande.

—La llama, el hielo, la cadena rota —dijo Aelyn—. ¿Podría ser una alianza?

—O una advertencia contra ella —dijo Isolde.

—Las dos cosas pueden ser verdad —respondió Cael.

El agua del lago se movió.

Primero fue un círculo leve, casi imperceptible. Después otro. Orven levantó la cabeza hacia la pared de roca.

—No estamos solos.

Una flecha se clavó en el puente de piedra.

Sigrid apagó la lámpara con un gesto. Darian se colocó delante de Isolde. Aelyn recogió el cuenco y lo escondió bajo su capa antes de que nadie tuviera que pedírselo.

—¿Cuántos? —susurró Cael.

Orven se pegó al suelo.

—No lo sé. Tres al menos. Están arriba.

Otra flecha atravesó el vapor. Esta vez llevaba una pequeña bolsa atada al asta. Al golpear la piedra, la bolsa se rompió y soltó un polvo rojo que empezó a arder al tocar el aire.

—Pólvora de fisura —dijo Cael.

El fuego se extendió por la plataforma, alimentado por el vapor. Isolde levantó las manos por instinto, intentando desviarlo. La llama obedeció, pero el esfuerzo le devolvió la imagen de Ydrael bajo el hielo y el dolor en el pecho.

—No la contengas sola —dijo Cael.

—No me digas lo que—

Él extendió una mano sobre el lago. El agua se elevó en una columna fría y guiada. Isolde comprendió de inmediato lo que hacía: intentaba darle otra salida al fuego. Dirigió sus llamas hacia la columna. El vapor explotó en una nube blanca que cubrió la plataforma.

—Ahora —dijo Sigrid.

Salieron por el puente. Orven iba primero, con la espada alzada. Darian mantenía a Isolde cerca de la pared; Aelyn corría detrás, el cuenco apretado contra el pecho. Desde arriba, los atacantes disparaban a ciegas contra el vapor.

Uno de ellos descendió por una cuerda. Llevaba una máscara de cuero y una capa sin color. Cael le cortó la trayectoria con una lámina de hielo que se clavó en la roca. El hombre cayó mal, pero rodó y se puso de pie.

—¡La heredera! —gritó.

No dijo «matadla». Dijo «la heredera» como si ella fuera un objeto que debían recuperar.

Isolde sintió una furia fría.

El hombre avanzó hacia ella. Darian lo interceptó. Sus espadas chocaron una vez, dos. El desconocido peleaba con la desesperación de quien ya ha aceptado que no saldrá del lugar. Isolde vio que llevaba, bajo la máscara, una marca de ceniza en la garganta: un círculo roto atravesado por una línea.

El Círculo.

Darian lo desarmó. Antes de que pudieran sujetarlo, el hombre mordió algo escondido en la boca. Su cuerpo se tensó. Sangre oscura le llenó los labios.

—¡No! —dijo Isolde, arrodillándose a su lado.

El desconocido la miró a través de la máscara. En sus ojos no había odio. Únicamente terror.

—La sangre abre... —alcanzó a decir—. La sangre llama.

Murió antes de terminar.

El resto de atacantes huyó por los salientes. Sigrid y Orven los persiguieron hasta que la oscuridad se los tragó. Volvieron sin prisioneros.

El lago recuperó su quietud demasiado pronto. En la plataforma, el fuego se había apagado. El vapor llevaba el olor metálico de la pólvora.

Aelyn sacó el cuenco de debajo de la capa. No se había roto.

—Dijo que la sangre abre —murmuró—. ¿Qué abre?

Isolde observó la superficie del lago. La imagen de Maelia había señalado el oeste. Entre Vayren y Caleryon se extendían los caminos de las casas nobles, las ciudades, los puertos y los secretos de un reino que ella creía conocer.

—No lo sé —dijo—. Pero no querían que viéramos este mensaje.

Darian limpió su espada contra la hierba. Tenía una herida en el antebrazo. Isolde se acercó a él.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No uses esa expresión conmigo.

La frase le devolvió por un momento algo parecido a normalidad. Darian sonrió, cansado.

—Estoy aquí.

Ella tomó su mano. El mundo seguía siendo un sitio peligroso. Pero en ese instante él estaba vivo, Aelyn estaba viva, y la voz de su madre había atravesado nueve años de silencio para dejarles una dirección.

Era más de lo que habían tenido ayer.