CAPÍTULO 7 LA CARTA SIN FIRMA
La noticia del derrumbe llegó al Consejo antes que ellos.
Cuando Isolde entró en la sala de estrategia, todavía llevaba polvo de basalto en la capa y las manos vendadas de manera demasiado pulcra por uno de los sanadores. El rey estaba de pie junto al mapa de la Cicatriz. No se giró de inmediato. Esa demora fue peor que una reprimenda.
—Una explosión en una cavidad sin registrar —dijo Ardan al fin—. Un explorador desaparecido. Una marca del Círculo de Ceniza. ¿Hay alguna parte que no figure en el informe de Lysandra?
Isolde miró a Cael. Él permanecía junto a Sigrid, con el rostro cerrado. Darian se había colocado cerca de ella, no delante. Aelyn llevaba la pieza de obsidiana dentro de un paño sobre la mesa.
—Había algo bajo el hielo —dijo Isolde.
El silencio cambió de peso.
—¿Qué clase de algo? —preguntó Varek.
—No lo sé. Vi luz. Sentí... una presencia.
Telmor se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes.
—Ydrael.
—No digáis ese nombre como si fuera vuestro —dijo Isolde.
El sacerdote parpadeó, ofendido.
—No pretendo apropiarme de una criatura antigua. Pretendo impedir que una heredera se convierta en su víctima.
—¿Y cómo pretendéis hacerlo? ¿Con un discurso?
—Con conocimiento. Algo que este reino ha dejado de respetar desde que decidió que los relatos incómodos eran asuntos privados.
La mirada de Telmor se deslizó hacia Ardan. Era una acusación cuidadosamente envuelta. Isolde vio a su padre endurecerse.
—Decid lo que sabéis —ordenó el rey.
El Sumo Incendiario separó las manos.
—Los archivos del templo mencionan a una persona elegida para mantener el equilibrio entre la llama de Ydrael y el hielo de la Cicatriz. La guardiana no podía despertar al dragón. Únicamente impedir que alguien lo usara.
—¿Quién era? —preguntó Aelyn.
—No hay nombre.
—Entonces hay un hueco muy conveniente en vuestra historia —dijo ella.
Telmor la ignoró.
—Cada cierto número de generaciones, la guardiana recibía una señal. El deber de la corona era protegerla y mantener el secreto. Si Ydrael responde a Isolde, el secreto ya no existe.
—¿Mi madre era esa guardiana? —preguntó Isolde.
La pregunta iba dirigida a Ardan, no al sacerdote.
Su padre cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, parecía haber envejecido más que la noche anterior.
—No lo sé —dijo—. Maelia pensaba que su linaje ashai tenía relación con las antiguas guardianas. Eso fue lo que estaba investigando cuando desapareció.
—¿Y no se te ocurrió contármelo?
—Se me ocurrió cada día durante nueve años.
—Pero no lo hiciste.
Ardan se acercó a la mesa. Sus manos, grandes y firmes, se apoyaron en el borde del mapa.
—Porque la última vez que una persona supo demasiado sobre ese deber, desapareció. Porque las mismas familias que ahora te miran con miedo habían jurado guardar silencio. Porque no sabía en quién confiar.
—Y decidiste no confiar en mí.
—Decidí que no quería perderte del mismo modo.
La frase no apagó la rabia. La volvió más triste.
Cael habló entonces.
—El Círculo quizá no busca despertar a Ydrael —dijo—. Quizá busca que uno de los dos reinos crea que el otro va a hacerlo. Si el miedo hace el trabajo por ellos, no necesitan controlar al dragón todavía.
—Todavía —repitió Darian.
—No he dicho que vaya a ocurrir —respondió Cael—. He dicho que debemos considerar lo que no entendemos.
—Lleváis dos días aquí y ya habláis de lo que debemos hacer —dijo Varek—. Es una costumbre notable para alguien que no responde ante esta Corona.
—Y sin embargo, sus hombres están muriendo en el mismo paso que los nuestros —dijo Lysandra—. Si queréis convertir cada observación en un insulto, hacedlo después de asegurar las rutas.
Varek no respondió. En vez de eso, miró el paño sobre la mesa.
—¿Qué es eso?
Aelyn lo desplegó.
La pieza de obsidiana reflejó la luz de las lámparas. El nudo ashai de guardar pareció más profundo que antes, como si alguien acabara de grabarlo. Ardan se quedó inmóvil al verlo.
—¿De dónde ha salido? —preguntó.
—Del derrumbe —dijo Isolde—. Y creo que Maelia lo dejó para mí.
—¿Por qué? —preguntó Darian.
Isolde volvió la pieza. La palabra seguía allí.
—Dice «Espera».
Telmor se inclinó sobre la mesa.
—No puede ser un mensaje de vuestra madre. La piedra ha estado enterrada bajo una fisura durante años.
—¿Y eso os da miedo? —preguntó Isolde—. ¿Que sea más fácil creer que mi madre dejó una señal que admitir que vuestro templo no sabe todo lo que dice saber?
El sacerdote apretó los labios.
Ardan cogió la obsidiana con dos dedos. No parecía querer tocarla; parecía no poder evitarlo. Su pulgar recorrió el borde del nudo.
—Esto era suyo —dijo, tan bajo que casi no se oyó—. La piedra no. El corte. Lo hacía con una hoja fina de hueso. Ningún escriba de la corte lo sabe.
La certeza en su voz hizo que Isolde sintiera un golpe de esperanza tan fuerte que tuvo que sostenerse de la mesa.
—Entonces está viva.
Ardan levantó la vista.
—Significa que estuvo aquí.
—No es lo mismo.
—No. Pero es algo.
Por primera vez, ninguno de los dos fingió que aquello resolvía la ausencia. No lo hacía. Pero abría una puerta, y ahora que estaba abierta, era imposible no querer atravesarla.
El Consejo terminó con decisiones concretas.
Lysandra reforzaría las patrullas del desfiladero este.
Sigrid enviaría un mensaje a Skarde solicitando acceso a los registros antiguos sobre guardianas y fisuras.
Darian revisaría las rutas de sal con los escribanos de Vayren.
Aelyn se quedaría con él para encontrar nombres repetidos entre los proveedores.
Isolde debía descansar y no entrar en ninguna cueva, almacén o torre sin escolta.
—Eso último no era una decisión del Consejo —murmuró ella cuando salieron.
—No —dijo Ardan—. Era la condición de tu padre para no encadenarte a una silla.
—No puedes encadenar a una heredera a una silla.
—Puedo. Sería un escándalo, pero puedo.
La sombra de una sonrisa cruzó el rostro de ambos. Duró poco, pero fue real.
Esa tarde, Isolde encontró a Darian en el archivo de Vayren.
El lugar ocupaba una torre estrecha llena de estantes hasta el techo.
Aelyn estaba sentada en el suelo con siete libros abiertos a su alrededor, escribiendo nombres en una hoja.
Darian tenía tinta en los dedos y una expresión de concentración que a Isolde le parecía extrañamente hermosa.
—Te han desterrado del campo de batalla —dijo él al verla.
—Mi padre cree que un archivo es menos peligroso que una cueva.
Aelyn levantó los ojos.
—No le expliques cómo funcionan los libros. Todavía tiene esperanza.
Isolde se sentó junto a ella.
—¿Qué habéis encontrado?
—Tres compañías de transporte que aparecen y desaparecen en los registros —dijo Aelyn—. Todas usan personas distintas, pero comparten un corredor de pagos. El dinero pasa por una casa de cambio de Caleryon y termina en cuentas de mantenimiento de Vayren.
—¿Quién autoriza el mantenimiento? —preguntó Isolde.
Darian le mostró una hoja.
—La oficina de lord Varek.
—¿Prueba?
—No todavía. Únicamente firma autorizaciones generales. Si está involucrado, es suficientemente prudente para no dejar su nombre junto a nada importante.
—O alguien usa su autoridad para hacerlo parecer culpable.
—También —dijo Darian.
La puerta del archivo se abrió. Cael entró con un rollo de pergamino sellado con lacre blanco. Se detuvo al verlos juntos en el suelo.
—Espero no interrumpir una reunión privada.
—Eso os ha preocupado muy poco hasta ahora —dijo Aelyn.
Él le tendió el rollo a Isolde.
—Ha llegado de Skarde. Mi padre rechaza la solicitud de abrir los registros antiguos.
—¿Por qué? —preguntó Isolde.
—Porque afirma que divulgar textos sobre Ydrael provocaría pánico y daría a Caleryon una razón para movilizar tropas.
—¿Y lo hará? —preguntó Darian.
Cael sostuvo su mirada.
—No mientras yo esté en Vayren.
—No podéis decidir eso por vuestro rey.
—No. Pero puedo decidir qué mensajes envío y qué patrullas obedecen mis órdenes.
La respuesta era peligrosa. Isolde lo entendió por el silencio de Sigrid, que había aparecido detrás de él sin que nadie la oyera.
—¿Os estáis enfrentando a vuestro padre? —preguntó.
—Estoy intentando evitar que la muerte de un explorador se convierta en un anuncio de guerra.
Era lo más parecido que Cael parecía dispuesto a ofrecer.
Aelyn cerró uno de los libros.
—Entonces necesitamos encontrar la siguiente pieza antes de que el rey Halvar o Varek decidan qué historia contar.
—Quizá Maelia dejó más mensajes —dijo Isolde.
Darian la miró.
—¿Dónde?
Ella sacó la ficha de obsidiana que había encontrado en el ala sur. La colocó junto a la nueva. Las dos compartían la misma veta roja bajo la superficie negra. Cuando las alineó, las montañas y la fisura formaron una línea que apuntaba al norte de Vayren.
Hacia el Lago Hálito.
Sigrid dio un paso adelante.
—Ese lugar se usa para parlamentos secretos. No debería aparecer en ninguna ficha.
—Quizá por eso aparece —dijo Isolde.
Cael observó las piezas. Por un instante, su expresión dejó de ser fría. Parecía preocupado por algo más que política.
—El Lago Hálito está fuera de las rutas de patrulla —dijo—. Si vamos, no será una visita oficial.
—No hemos decidido ir —dijo Darian.
Isolde levantó la vista hacia él. Había cariño y alarma en su rostro. Era una combinación que empezaba a resultarle conocida.
—No —dijo ella—. Pero acabamos de decidir que no podemos seguir esperando.
El Lago Hálito
No salieron de Vayren hasta que cayó la noche.
No fue una partida gloriosa. No hubo estandartes, escoltas ni órdenes selladas.
Lysandra fingió no saber que seis personas habían abandonado la fortaleza por una puerta de mantenimiento.
El capitán de guardia fingió no reconocer a la heredera bajo una capa gris.
La mentira era lo bastante mala para que todos entendieran que nadie debía comentarla después.