Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 6 JURAMENTOS DE VAYREN #3
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CAPÍTULO 6 JURAMENTOS DE VAYREN #3

No pertenecían a un oso ni a un lobo de montaña. Eran demasiado grandes, demasiado regulares. Le bastó rozar el borde con la punta de los dedos para sentir una descarga de calor.

Ydrael.

El nombre no vino como voz. Llegó como un peso en el pecho. Una necesidad de avanzar hacia la oscuridad que se abría al final de la grieta.

—¿Qué ocurre? —preguntó Darian.

Ella no podía explicar aquello sin convertirlo en otra cosa para los demás. Señaló la roca.

—Estas marcas son recientes.

Cael se agachó a su lado. No tocó la pared. Sus ojos siguieron el surco hasta la entrada de una cavidad lateral.

—No hay dragones conocidos en esta zona —dijo Sigrid.

—No hay dragones conocidos en muchas zonas —respondió Isolde.

——Eso es una respuesta honesta.

Entraron en la cavidad con lámparas cubiertas. El techo descendía tanto que algunos soldados tuvieron que agacharse. A medida que avanzaban, el aire se volvía más cálido. El calor hacía pensar que la montaña respiraba con fiebre y procedía de un lugar profundo.

Aelyn encontró la primera señal.

—Aquí —dijo.

En el suelo había polvo blanco extendido formando un círculo. Dentro, alguien había dibujado con ceniza y mica azul una serie de líneas que se cruzaban. Isolde reconoció el símbolo de la fisura, pero no los caracteres alrededor.

Cael sí.

—Lengua antigua de Skarde —dijo.

—¿Qué pone? —preguntó Darian.

El príncipe no respondió enseguida. La luz azul de su lámpara le endureció el rostro.

—«Lo que duerme bajo la herida será la llave».

Telmor habría hecho de aquella frase una plegaria. Isolde sintió que le revolvía el estómago.

—El Círculo —dijo Aelyn.

—O alguien que conoce sus palabras —repuso Cael.

Junto al círculo había una tira de tela, enganchada en una arista de roca. Sigrid la recogió con una daga. Era gris, parte del uniforme de Skarde. No estaba manchada de sangre.

—Tovan —dijo.

Entonces la montaña vibró.

No fue un temblor fuerte. Apenas una sacudida bajo las botas. Pero los soldados se tensaron. Del fondo de la cavidad llegó un sonido profundo, una mezcla de rugido y piedra quebrándose.

Isolde dio un paso hacia la oscuridad.

Darian le cerró los dedos sobre el brazo.

—No.

—Está ahí.

—No sabes qué está ahí.

—Lo siento.

—Eso no es suficiente para correr hacia una grieta que acaba de moverse.

La voz de Darian era casi desesperada. Isolde lo miró. Había polvo en su pelo, un rasguño fresco en la mandíbula, y miedo real en los ojos.

No quiso ser la persona que le dejara ese miedo sin escucharlo.

—No voy a correr —dijo.

Avanzaron todos juntos.

La cavidad desembocaba en una cámara circular. En el centro había una abertura en el suelo, cubierta por una capa de hielo negro. Bajo el hielo, una luz roja pulsaba lentamente.

El corazón de Isolde respondió.

No era una metáfora. Le dolió el pecho con cada latido de aquella luz. Vio una forma moverse muy abajo, inmensa y lenta. Un ojo se abrió en la oscuridad.

Oro fundido.

La visión fue tan nítida que cayó de rodillas.

Alguien gritó su nombre. Darian, Aelyn, quizá todos a la vez. El frío de la piedra le atravesó las manos. Antes de que pudiera recuperar el aliento, una voz llegó a su mente.

La sensación era una súplica sin palabras.

No dejes que abran.

El hielo se partió.

Una grieta de fuego recorrió la superficie. Los soldados retrocedieron. Cael creó una barrera de escarcha frente a los más cercanos. Sigrid levantó la espada. Darian tiró de Isolde hacia atrás.

Entonces, desde el pasadizo por el que habían entrado, una detonación hizo caer parte del techo.

No había sido la montaña.

Alguien había colocado pólvora de fisura en la entrada.

—¡Fuera! —rugió Lysandra.

La patrulla corrió. Isolde oyó el rugido bajo el hielo una vez más, largo y furioso. No pudo mirar atrás. Darian la empujó delante de él mientras las piedras golpeaban el suelo alrededor. Aelyn tropezó; Sigrid la levantó sin detenerse.

Cuando salieron al desfiladero, la boca de la cavidad se derrumbó detrás de ellos. Una nube de polvo y vapor cubrió el aire.

La luz roja desapareció.

Nadie habló durante un momento. Cada cual comprobaba silenciosamente que los demás seguían enteros.

Isolde tenía las manos ensangrentadas por la roca. Darian se las cogió sin pedir permiso esta vez, revisando cada corte.

—¿Estás herida? —preguntó.

—Apenas.

—No uses esa expresión conmigo.

Ella levantó la vista. El miedo le había quitado el humor de la cara. Isolde apretó sus dedos alrededor de los de él.

—Estoy aquí.

Darian cerró los ojos un segundo, como si necesitara oírlo dos veces.

Cael se acercó a la entrada derrumbada. No intentó mover la piedra.

—Esto ha sido una trampa —dijo.

—Para nosotros —respondió Sigrid.

—Y para lo que había dentro —dijo Isolde.

Todos la miraron.

Ella no sabía cuánto decir. Recordó la súplica, el ojo de oro, la certeza de que alguien quería abrir aquella herida.

—No sé qué era —dijo—. Pero estaba vivo. Y tenía miedo.

Lysandra clavó los ojos en el derrumbe.

—Entonces encontraremos otra entrada antes que quienes pusieron la pólvora.

En el suelo, entre el polvo, Aelyn recogió algo que había rodado fuera de la cueva: una pieza de obsidiana grabada con el nudo ashai de guardar.

En el reverso había una sola palabra.

Espera.