CAPÍTULO 6 JURAMENTOS DE VAYREN #2
—Ese nombre no se pronuncia aquí desde antes de que nacierais.
Eran alquimistas, nobles, mercaderes. Gente que creía que la Cicatriz era una cerradura y que el mundo les debía la llave.
Cuando intentaron abrir una de las fisuras menores, murieron treinta soldados y desaparecieron dos aldeas bajo el barro caliente.
—¿Por qué no aparece en los libros? —preguntó Aelyn.
—Porque los reyes de entonces decidieron que era más cómodo llamarlo accidente.
Isolde miró el paisaje. La grieta que había visto en su visión regresó a su mente. Era una herida.
En el muro norte, encontró una marca hecha con ceniza junto a una almena. El nudo ashai de guardar.
Esta vez no estaba sola cuando lo vio. Cael, que inspeccionaba el borde opuesto de la torre, también se detuvo.
—¿Qué significa? —preguntó.
Isolde ocultó el impulso de responder nada. Era una señal de su madre. No sabía si tenía derecho a compartirla.
—Significa que alguien quiere que mire —dijo.
Cael observó la ceniza con una atención que le resultó incómoda.
—Entonces no dejéis que os enseñe solo una dirección.
Antes de que pudiera contestar, un guardia subió las escaleras corriendo.
—Comandante. Han encontrado a uno de los exploradores en el desfiladero este.
Lysandra se volvió.
—¿Vivo?
El guardia tragó saliva.
—Sí. Pero repite que ha visto fuego bajo el hielo.
Nadie dijo nada durante un segundo.
La lluvia había cesado. Sin embargo, Isolde sintió frío.
Fuego bajo el hielo
El explorador se llamaba Iven Sol.
Isolde lo supo antes de verlo porque una mujer de la guarnición lo llamó por su nombre en el corredor de la enfermería, con la clase de voz que se usa cuando una persona no debe rendirse aunque lleve demasiadas horas intentándolo.
—Iven, mírame. No estás ahí. Estás en Vayren.
—Debajo —murmuró él.
—Estás en Vayren.
—Debajo del hielo.
La puerta estaba entreabierta. Dentro, el joven yacía sobre una camilla, cubierto con mantas a pesar del calor de los braseros.
Tendría unos veinticinco años. Su uniforme de explorador era gris de barro y sangre seca.
El médico de la fortaleza le limpiaba una herida en la sien mientras dos ayudantes sujetaban sus manos.
—No me toquéis —dijo Iven, con los ojos abiertos de par en par—. No quiere que lo toquen.
Isolde se quedó en el umbral.
Lysandra estaba junto a la cama. No apartó la vista del explorador cuando habló.
—Ha repetido lo mismo desde que lo encontraron. Vio una luz salir de una grieta del desfiladero este. Su compañero fue a revisar las marcas y desapareció. Iven corrió hasta reventarse los pies.
—¿Quién era su compañero? —preguntó Cael.
—Tovan Reil, de Skarde.
Sigrid, a su lado, no hizo ningún gesto. Únicamente se le endureció la mandíbula.
—¿Y no hay rastro? —preguntó Darian.
—No uno que nos guste —respondió Lysandra—. La tormenta borró las huellas. Pero el sitio está a menos de una hora. Si algo ha abierto una fisura, no podemos esperar a que el Consejo termine de discutir si es una palabra lo bastante elegante para un informe.
Iven se agitó de pronto. Sus ojos encontraron los de Isolde.
—Vos —dijo.
La enfermería se quedó quieta.
—¿Qué has visto? —preguntó ella.
El muchacho se incorporó con una fuerza desesperada. El médico tuvo que sujetarlo por los hombros.
—La llama os conoce. Dijo vuestro nombre sin hablar. Dijo... —Se le quebró la voz—. Dijo que llegabais tarde.
Un escalofrío recorrió la nuca de Isolde.
—¿Quién dijo eso?
Iven abrió la boca, pero el cuerpo le falló antes de poder responder. Cayó hacia atrás, inconsciente.
El médico soltó una maldición y ordenó espacio. Lysandra llevó a todos al corredor.
—Nadie repetirá esa frase fuera de aquí —dijo—. Ni la parte del fuego, ni el nombre de la heredera, ni la desaparición de Tovan. En una hora saldrá una partida de reconocimiento.
—Iré —dijo Isolde.
Ardan no estaba allí para responderle con una negativa. Eso hizo que la decisión fuera más fácil y más difícil al mismo tiempo.
Lysandra cruzó los brazos.
—No es una excursión para satisfacer curiosidad real.
—No voy por curiosidad.
—Vais porque alguien os ha dicho que una llama conoce vuestro nombre.
—Eso es una razón para no dejar que otra persona entre sola donde quizá haya una criatura ligada a mí.
—No sabemos que haya una criatura.
—Y no sabéis que no la haya.
La gobernadora la miró con el mismo cansancio severo con el que había corregido sus posturas de espada años atrás. A Isolde le habría resultado más fácil si Lysandra hubiera dado una orden. En lugar de eso, la mujer se giró hacia Cael.
—¿Príncipe?
—Sigrid irá con una patrulla de Skarde —dijo él—. Yo también.
—No he pedido vuestra opinión.
—No. Pero el explorador desaparecido era mío.
Lysandra apretó los labios.
—Darian.
—Iré como representante de la Corona de Caleryon —respondió él—. Si encontramos pruebas de los cargamentos, deben quedar bajo custodia compartida.
—Aelyn y yo también —dijo Isolde.
—Aelyn no es soldado —replicó Lysandra.
—Aelyn es mejor que media sala leyendo señales y sabe más de cuentas de ruta que cualquiera de nosotros.
—Gracias —dijo Aelyn—. Creo.
Lysandra las miró una por una. Al final soltó aire por la nariz.
—Seis personas, dos exploradores y dos sanadores. No os separáis. No tocáis nada que no entendáis. Si el suelo tiembla, corréis antes de discutir quién tiene la razón. ¿Ha quedado claro?
—Clarísimo —dijo Isolde.
—No me hagáis arrepentirme.
El desfiladero este quedaba más allá de la muralla interior, donde la roca empezaba a mostrar vetas de obsidiana y la nieve sobrevivía en las sombras.
La mañana era limpia después de la tormenta.
El cielo parecía recién lavado, de un azul demasiado frío.
Rheskan los siguió desde el aire hasta que Isolde le ordenó volver.
El dragón protestó con un rugido que hizo desprenderse una pequeña lluvia de hielo de un saliente.
—Tiene buen instinto —dijo Sigrid.
—Tiene pésimo carácter —replicó Isolde.
—Los buenos exploradores suelen tener ambos.
Era la primera vez que la capitana de Skarde le hablaba directamente desde el duelo del patio. Isolde la observó de reojo. Sigrid tenía la clase de presencia que no necesitaba adornos. Sus hombres caminaban cerca de ella, atentos por costumbre.
—¿Conocíais a Tovan? —preguntó Isolde.
—Era hermano de uno de mis reclutas. Eso basta.
La respuesta cerraba cualquier posibilidad de conversación. Aelyn, sin embargo, parecía entender ese idioma.
—¿Qué clase de explorador era? —preguntó.
Sigrid tardó unos pasos en contestar.
—Curioso. Demasiado. Si veía una puerta cerrada, quería saber quién había perdido la llave.
—Entonces quizá no haya desaparecido por accidente —dijo Aelyn.
—Eso es lo que me preocupa.
Llegaron al lugar antes de mediodía. Era una hendidura entre dos paredes de basalto, tan estrecha que los caballos tuvieron que quedarse atrás. El suelo estaba cubierto de grava gris y charcos helados. En una de las paredes había marcas de garras, largas y profundas.
Isolde se acercó.