Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 6 JURAMENTOS DE VAYREN
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CAPÍTULO 6 JURAMENTOS DE VAYREN

Vayren no pertenecía del todo a ningún reino.

La fortaleza se levantaba sobre una lengua de basalto entre dos montañas, en el único paso ancho que permitía cruzar la Cicatriz sin recorrer tres días de barrancos.

Tenía murallas negras, almenas de piedra roja y torres cuyas cúpulas estaban cubiertas de placas de hielo incluso en verano.

Desde lejos parecía que fuego y escarcha hubieran intentado construir el mismo lugar sin ponerse de acuerdo.

Cuando Isolde la vio aparecer entre la lluvia, sintió que algo dentro de ella se ordenaba.

Había pasado temporadas en Vayren desde los catorce años: lecciones de estrategia, prácticas de vuelo, ejercicios conjuntos con cadetes de Skarde y Caleryon.

Allí había aprendido a dormir con una daga bajo la almohada porque los dormitorios compartidos nunca eran del todo compartidos; a distinguir una orden útil de una pronunciada para humillar; a no responder cada provocación porque, en una fortaleza de frontera, una respuesta equivocada podía dejar un hueco en una patrulla.

También había aprendido que los jóvenes de Skarde no eran monstruos.

No se lo decía a nadie en Caleryon, por supuesto. Era una clase de conocimiento que se toleraba mientras servía a la guerra y se olvidaba cuando llegaba la hora de los discursos.

Las puertas de Vayren se abrieron a la comitiva con un crujido largo.

La guardia mixta esperaba en el patio: capas rojas a un lado, capas grises al otro, todos con el mismo barro en las botas.

La comandante Lysandra Veyra, gobernadora de la fortaleza, descendió los escalones para recibirlos.

Era una mujer de unos cincuenta años, pelo corto y una cicatriz que cruzaba de la sien a la mandíbula.

Sus reverencias ante reyes y príncipes tenían la profundidad justa para recordar a todos que Vayren era una concesión, lejos de una pertenencia.

—Majestad. Alteza. Príncipe. —Su mirada recorrió a Ardan, Isolde y Cael—. Lamento que el tiempo haya decidido recibirlos antes que yo.

—El tiempo no respeta tratados —dijo Ardan.

—Por eso lleva siglos siendo el peor diplomático que conozco.

Isolde sonrió. Lysandra había sido una de sus instructoras. La mujer la miró un instante más, evaluando quizá la ceniza reciente en su aura, los rumores que habrían llegado antes que ella.

—Alteza. Veo que seguís haciendo entradas sencillas.

—He mejorado mucho desde que me arrojasteis a un pozo de barro.

—Era una zanja de entrenamiento. Si no sabéis distinguir una zanja de un pozo, habrá que repetir las lecciones.

—Eso era una amenaza, ¿verdad? —preguntó Aelyn.

—Una bienvenida.

El interior de Vayren olía a piedra mojada, aceite y metal caliente.

La comitiva se dividió entre alas distintas.

Los reyes y consejeros ocuparían las habitaciones del Bastión Alto; las escoltas, los dormitorios militares.

Isolde recibió una estancia en la torre oriental, no lejos de donde se alojaban los cadetes de Caleryon.

Aelyn fue instalada con ella por orden de Ardan, lo que ambas interpretaron como una forma de vigilancia que no requería admitir su nombre.

—Tu padre está aprendiendo —dijo Aelyn mientras un criado dejaba sus baúles—. Antes habría puesto cuatro guardias delante de tu puerta.

—Ahora los ha puesto en el pasillo. Es crecimiento.

—Hay que celebrar las pequeñas victorias.

No tuvieron tiempo de desempacar. Lysandra había convocado una reunión de orientación para las delegaciones y, después, una demostración de armas que la fortaleza mantenía por costumbre cada vez que las Casas llegaban a Vayren.

—¿Una demostración? —preguntó Isolde mientras se ajustaba la chaqueta de montar—. ¿Con la frontera llena de señales extrañas?

—Precisamente por eso —dijo Aelyn—. Si no pueden confiar, al menos pueden fingir competencia delante de todos.

El patio de práctica estaba hundido entre las murallas.

Las gradas se llenaron de soldados, oficiales y algunos habitantes de las aldeas cercanas que habían llegado buscando noticias.

En el centro había tres círculos marcados con cal.

El ritual de las Juramentadas de Vayren era antiguo: combatientes de ambos reinos renovaban cada verano el juramento de proteger la fortaleza por encima de los intereses de su casa.

El juramento no prometía amistad. Prometía no dejar morir al otro por orgullo.

Isolde se puso los guantes. Rheskan permanecía en el recinto de vuelo, nervioso desde que habían llegado. La distancia entre ellos era una punzada que no sabía si pertenecía al dragón joven o al nombre de Ydrael.

Lysandra alzó una espada sin filo.

—En Vayren —dijo—, no importa de quién heredasteis el apellido. Importa a quién devolvéis vivo a la puerta. Si alguien ha olvidado por qué estamos aquí, puede irse antes de avergonzarse.

Nadie se movió.

Los primeros combates fueron entre cadetes. Isolde reconoció algunos rostros de años anteriores. Hubo gritos, apuestas discretas, una caída graciosa que arrancó risas incluso al lado de Skarde. Después Lysandra llamó a los representantes de las Casas.

—Alteza Isolde Valarys. Príncipe Cael de Skarde.

El patio se silenció de una forma distinta.

Isolde dejó de respirar durante un segundo.

Cael, al otro extremo, recibió una espada de práctica de manos de Sigrid. No sonrió. Ella tampoco. Se colocaron dentro del círculo y se saludaron con la inclinación mínima que exigía el protocolo.

—No tenéis que ganar —murmuró Lysandra al pasar junto a Isolde—. Pero si perdéis por hacer una estupidez, os haré limpiar las letrinas de ambos ejércitos.

—Inspirador como siempre.

—No me hagáis repetirlo.

Cael la oyó. Una chispa de diversión cruzó su rostro y desapareció.

—¿Siempre os anima así? —preguntó.

—Solo a quienes cree capaces de aprender.

—Entonces debería preocuparme.

Lysandra dio un paso atrás. El cuerno sonó.

Cael atacó primero.

No lo hizo con fuerza. Eso fue lo que desconcertó a Isolde. Su golpe era una pregunta: probaba la guardia, medía su reacción, buscaba el impulso que ella usaba para devolverlo. Isolde bloqueó y respondió con un corte lateral. Él lo desvió con facilidad. Giraron sobre la cal húmeda.

El patio desapareció. Únicamente quedaron el peso de la espada, el ritmo de la respiración y la certeza de que Cael no peleaba como los hombres de Caleryon. No buscaba imponerse con velocidad. Esperaba. Dejaba que el otro construyera su propia caída.

Eso la enfureció.

Cambió el pie de apoyo y atacó con una serie de golpes rápidos, alto, bajo, hombro, rodilla. Cael retrocedió dos pasos. En el tercero, ella creyó haber abierto una línea. Lanzó la espada hacia su costado.

Él la atrapó con la guarda y giró. El choque le sacudió el brazo. Isolde perdió el equilibrio un instante.

Cael podría haber tocado su cuello con la punta de madera.

No lo hizo.

Eso la irritó aún más que perder.

—No necesito que me concedáis nada —dijo, recuperando la postura.

—No os he concedido nada.

—Habéis tenido una apertura.

—He tenido una duda.

—¿Sobre qué?

—Sobre si queríais ganar o demostrarme algo.

El comentario llegó justo cuando ella atacaba otra vez. Isolde lo hizo con más rabia de la necesaria. Cael bloqueó, dejó que el impacto la arrastrara y usó su propio impulso para desviarla. Esta vez ella cayó de lado, rodó por el barro y se levantó antes de que el público pudiera decidir si gritar.

El cabello se le había soltado de la trenza. Tenía barro en la mejilla y el sabor de la furia en la boca.

—¿Eso responde a vuestra duda? —preguntó.

Cael levantó la espada.

—Un poco.

La siguiente vez no intentó vencerlo con velocidad. Escuchó sus pasos. Cada vez que él cambiaba de peso, una mínima presión en los hombros lo anunciaba. Recordó a Lysandra gritándole años atrás que una espada era una consecuencia.

Esperó.

Cael atacó alto. Isolde cedió, dejó que la hoja descendiera y golpeó su muñeca con el plano de la espada. El arma de él se aflojó. Ella avanzó, giró y terminó con la punta de madera a un palmo de su pecho.

El patio contuvo el aire.

Cael miró la espada. Luego a ella.

—Mejor —dijo.

La rabia le volvió tan rápido que casi atacó de nuevo. Pero Lysandra entró en el círculo.

—Empate —anunció—. Y si alguno de los dos discute, lo declaro derrota de ambos por exceso de orgullo.

Hubo risas nerviosas. Isolde bajó la espada. Cael hizo lo mismo.

Al retirarse, él se inclinó hacia ella lo suficiente para hablar sin que nadie más oyera.

—Cuando os enfadáis, dejáis de mirar los pies de vuestro adversario.

—Cuando os enfadáis vos, ¿qué dejáis de mirar?

—Todavía no lo sé.

Eso era un desafío, y ella lo reconoció como tal.

Después del combate, Darian la esperaba junto a las gradas con una toalla limpia. No la tomó del brazo ni hizo comentarios sobre Cael. Únicamente le ofreció la tela.

—Has estado bien.

—He terminado en el barro.

—También él. Con menos estilo.

—No lo sabías.

—Tengo fe en ti.

La palabra se instaló cálida en el lugar donde Cael había dejado una duda.

Durante el resto de la tarde, las delegaciones revisaron los puestos abandonados de los alrededores.

Isolde recorrió una de las torres con Lysandra y Aelyn.

Desde lo alto se veía la carretera por la que habían llegado, la línea gris de Halar al oeste y, hacia el norte, las montañas de Skarde cubiertas de nieve.

—¿Habéis visto cambios en la Cicatriz? —preguntó Isolde.

Lysandra no respondió de inmediato.

—He visto géiseres donde antes había tierra seca.

He visto bandadas de aves cambiar de ruta.

He visto patrullas de ambos reinos encontrar señales imposibles y volver convencidas de que el otro las había puesto.

Lo que no he visto es a alguien dispuesto a llamar a eso lo que es: un problema que no entiende de banderas.

—El Círculo de Ceniza —dijo Aelyn.

La gobernadora las miró.

—¿Quién os ha dado ese nombre?

—Un interrogatorio de Skarde —respondió Isolde.

Lysandra apretó la mandíbula.