CAPÍTULO 5 EL HEREDERO DE RHYNE #3
—Porque los jinetes vuelven hacia el norte. Si quieren atacarnos, preferiría saber cuántos son antes de que lo intenten.
—¿Los seguís?
—Sigrid ha enviado dos exploradores.
—Nuestros exploradores pueden ayudar —dijo Ardan, que se había acercado al oír las últimas palabras.
Cael lo miró con una sorpresa mínima. Tal vez esperaba resistencia. El rey hizo una seña al capitán de la Guardia.
—Compartid rutas y mensajes. Nadie cruza la línea de Halar sin que los demás lo sepan.
—Como ordenéis —dijo el capitán.
Cael inclinó la cabeza ante Ardan. Luego sus ojos pasaron por Isolde.
—No esperaba que os detuvierais por una queja de harina.
—No esperaba que un príncipe de Skarde supiera distinguir una queja legítima de una amenaza —respondió ella.
—La gente hambrienta hace ambas cosas con la misma voz.
La frase la dejó quieta.
No estaba de acuerdo con su manera de decirlas, pero sabía que era verdad. Aelyn lo miró de reojo. Darian, junto a Isolde, no habló.
La comitiva volvió a ponerse en marcha. Durante la tarde, las colinas se cerraron alrededor de la ruta. El cielo se cubrió de nubes bajas. Rheskan descendió y aterrizó a distancia, nervioso, con las alas pegadas al cuerpo.
—No le gusta el tiempo —dijo Isolde.
—A nadie le gusta el tiempo —respondió Darian—. Es una de las pocas cosas que compartimos con los dragones.
La lluvia llegó al anochecer, fría y oblicua.
Acamparon cerca de un grupo de rocas que ofrecía poco refugio, pero suficiente para encender fuegos protegidos.
Las tiendas de Caleryon y Skarde se levantaron en lados opuestos del campamento.
Entre ambas quedaba un terreno de barro vigilado por guardias de dos colores.
Isolde salió de su tienda cuando la mayoría cenaba.
Necesitaba respirar sin oír a Telmor hablar del significado espiritual de la lluvia.
Encontró a Rheskan al borde de un prado, bajo una lona tendida entre dos postes.
El dragón tenía la cabeza baja y el cuerpo cubierto de gotas que parecían cuentas de cobre.
—No me mires así —le dijo, acercándose—. Tú también me has hecho esperar cuando querías volar.
Rheskan soltó aire caliente sobre sus manos.
Isolde apoyó la frente contra las escamas de su cuello. El contacto la ancló. Bajo aquella piel dura había un pulso vivo, rápido, familiar.
La visión del Festival regresó sin aviso.
No entera. Únicamente el golpe de unas alas y una sensación de distancia insoportable. Un nombre rozó su mente: Ydrael. Después otra cosa, más débil. Un dolor. Una cadena.
Isolde se apartó.
Rheskan gruñó, inquieto.
—Lo sé —murmuró—. No sé qué es, pero lo sé.
—No deberíais estar sola con el dragón si os provoca esas resonancias.
Cael estaba a pocos pasos, bajo la lluvia. No llevaba capa, solo un abrigo oscuro empapado en los hombros.
—¿Os gusta aparecer sin avisar? —preguntó Isolde.
—No. Me gusta que los guardias de vuestra escolta sean malos en su trabajo.
—Son buenos. Únicamente os ven venir y deciden que no vale la pena discutir.
—Eso me parece ofensivo para ellos.
Rheskan acercó el hocico hacia Cael. El príncipe no retrocedió. Alzó una mano para mostrar la palma abierta. El dragón olfateó el aire y soltó un gruñido bajo.
—No le gustáis —dijo Isolde.
—No esperaba gustarle.
—Es una ventaja. A mí tampoco me gustáis mucho y sigo hablando con vos.
Cael la miró. La lluvia le resbalaba por las pestañas.
—Eso es una amenaza diplomática.
Ella quiso reír, pero la imagen de la cadena se interpuso.
—¿Sabéis algo de Ydrael? —preguntó.
La expresión del príncipe dejó de ser burlona.
—Sé que en Skarde hay cuentos sobre él. Dicen que se escondió bajo la piedra cuando los reyes antiguos intentaron usarlo para controlar la Cicatriz. Algunos ancianos creen que sigue vivo. Otros creen que es la causa de los temblores de la frontera.
—¿Y vos qué creéis?
—Creo que las leyendas son útiles para ocultar a las personas que se benefician de ellas.
—Eso no responde.
—No tengo una respuesta que merezca daros.
Isolde cruzó los brazos. Era irritante que esa clase de cautela le pareciera más honesta que la fe rotunda de Telmor.
—Si el Círculo de Ceniza existe, ¿qué quiere?
Cael observó la oscuridad más allá del campamento.
—Que ambos reinos estén demasiado ocupados odiándose para ver quién cierra los puños alrededor de las rutas, los alimentos y las armas. La Cicatriz es agua, minerales, pasos comerciales. Si consigues que Fuego y Hielo se asusten, la gente paga por cualquier promesa de seguridad.
—Eso no explica las fisuras.
—No. Y eso es lo que me preocupa.
Un cuerno sonó desde la línea de guardia. Cael se volvió de inmediato. Sigrid apareció entre las tiendas, rápida, sin correr.
—Los exploradores han vuelto —dijo—. Han perdido el rastro de los jinetes. Pero encontraron un carro quemado en el camino de Cendral. Dentro había marcas del Círculo.
El rostro de Cael se endureció.
—¿Muertos?
—No. Vacío.
Isolde miró hacia el norte. La lluvia borraba el horizonte. Por primera vez, la ruta a Vayren le pareció una boca abierta.
—Mañana no viajaremos despacio —dijo.
Cael la miró, como si estuviera a punto de discutir. Luego asintió.
—Mañana no viajaremos despacio.