Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 5 EL HEREDERO DE RHYNE #2
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CAPÍTULO 5 EL HEREDERO DE RHYNE #2

—Desaparecer en los archivos no equivale a dejar de existir —contestó Cael—. En Skarde, el Círculo aparece en informes de contrabando de cristales de fisura. Siempre cerca de grietas antiguas. Siempre detrás de conflictos que otros reinos atribuyen a sus vecinos.

Isolde miró la autorización de Maelia.

—¿Creéis que estaba investigándolos?

Cael no se apresuró a responder. Aquella cautela, en ese momento, no le pareció arrogancia.

—Creo que vuestra madre sabía algo que alguien no quería que supiera. Y creo que mañana, cuando vayamos a Vayren, deberíais dejar de suponer que la amenaza viene de un solo reino.

—No he supuesto eso.

—No. Pero seguís buscando una persona concreta. A veces una red es más peligrosa porque nadie necesita tener todas las respuestas.

Isolde guardó la factura bajo los demás papeles.

—¿Por qué ayudáis?

Cael bajó la vista un instante. Cuando volvió a mirarla, la quietud de sus ojos Parecía cansada, lejos de fría.

—Porque he visto aldeas del norte morir cuando el hielo se comporta como fuego. Porque mi padre llama a eso estrategia y yo lo llamo hambre. Si alguien está jugando con la Cicatriz, no pienso esperar a que llegue a mi lado de la frontera para actuar.

La sinceridad no hizo que Isolde confiara en él. Pero hizo que resultara más difícil descartarlo.

—Mañana salimos al amanecer —dijo Aelyn—. Si queréis entrar en nuestra investigación, habrá reglas.

Cael la miró con un interés casi divertido.

—Me temo que no he pedido entrar.

—Entonces empezad por pedir permiso para entrar en una habitación.

Por primera vez, la boca de Cael se curvó de verdad.

—Tomaré nota, señorita Teravel.

Se marchó sin añadir nada más. Aelyn esperó a que los pasos se perdieran.

—Sigue siendo insoportable —declaró.

—Sí.

—Pero tiene información útil.

—Eso es lo peor.

Esa noche, Isolde guardó la ficha de obsidiana y la factura de su madre dentro de un bolsillo cosido en el forro de la capa. Temía que su padre volviera a cerrar una puerta para protegerla si llegaba a verlas, así que guardó el hallazgo en secreto.

Al alba viajarían hacia Vayren.

Y por primera vez, el nombre de su madre era una ruta marcada sobre un mapa.

El camino de Halar

La comitiva de Caleryon salió antes de que la ciudad despertara del todo.

No era un ejército, aunque las lanzas de los jinetes de la Guardia Real podían hacer creer lo contrario.

Iban el rey, Isolde, Aelyn, Darian y una docena de consejeros; carros de provisiones; seis escribanos; dos médicos; una pequeña escolta de exploradores de la Marcha.

La delegación de Skarde partió media hora después por la misma ruta, lo bastante cerca para que nadie pudiera fingir que no viajaban juntos y lo bastante lejos para que nadie tuviera que admitirlo.

Rheskan sobrevoló la columna durante la primera hora.

Su sombra avanzaba sobre la carretera y se deslizaba por los campos de trigo como una nube demasiado roja.

Isolde lo observaba desde la silla de su caballo, Sable, un castrado negro que había aprendido hacía años a no ponerse nervioso cuando un dragón pasaba cerca.

—Está aburrido —dijo Darian.

—Está ofendido porque no le permiten aterrizar sobre el carro de Telmor.

—Eso parece una norma razonable.

—Telmor no estaría de acuerdo.

—Telmor cree que las normas son razonables cuando las ha inventado él.

Aelyn, que cabalgaba al otro lado de Isolde, suspiró.

—Os ruego que no provoquéis un incidente religioso en la primera jornada. Quiero llegar a Vayren antes de que la diplomacia se vuelva divertida.

El sol subía lento entre las nubes. A medida que dejaban atrás Caleryon, la tierra se volvía más seca.

Las granjas quedaban separadas por kilómetros de campos, y los robles viejos daban paso a colinas de piedra oscura.

La ruta de Halar era una de las arterias del reino: por ella viajaban grano, hierro, noticias, soldados, novias de casas lejanas y hombres que juraban no volver a casa hasta tener algo que demostrar.

Isolde había hecho ese camino en otras ocasiones, siempre rumbo a Vayren y siempre con la emoción de quien va a demostrar que puede soportar lo mismo que los veteranos. Esta vez notaba cada carro, cada soldado, cada rostro de campeaunque levantaba la vista al paso de la comitiva.

Las personas saludaban al rey. Algunas se inclinaban ante ella. Otras se quedaban quietas, sin saber si una heredera que ardía junto a un brasero era una bendición o un peligro.

—No mires así —dijo Aelyn en voz baja.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras contando cuántos te tienen miedo.

—No los culpo.

—No tienes que hacerlo. Pero tampoco les debes convertirte en lo que temen.

Isolde bajó la mirada hacia las riendas.

—A veces no sé qué ven cuando me miran.

—Ven a alguien que tendrá poder. La mayoría decide muy pronto si eso les salvará o les romperá la vida. No es justo, pero es humano.

—Hablas como mi padre.

—Tu padre habla como yo cuando está de acuerdo conmigo.

Isolde sonrió. Aelyn tenía ese talento: podía devolverle el peso de una corona sin hacerle sentir que estaba sola debajo.

Al mediodía llegaron a la aldea de Salcedo, un puñado de casas de cal levantadas junto a un arroyo. El capitán de escolta ordenó una parada breve para revisar las ruedas de un carro. Ardan aceptó recibir a la alcaldesa mientras se repartía agua a los caballos.

La mujer que se acercó al rey no llevaba ropas especiales. Tenía las mangas remangadas, barro en el borde de la falda y una libreta de cuentas bajo el brazo. Le hizo una reverencia corta y empezó a hablar sin rodeos.

—La mitad de los barriles de harina que nos correspondían no han llegado. El puesto de impuestos de la curva norte nos cobra dos veces el paso de los carros, y ayer aparecieron tres hombres diciendo que la Guardia Real les había pedido alojamiento sin pagar.

Ardan frunció el ceño.

—No eran Guardia Real.

—Eso le dije a mi gente. Pero llevaban capas rojas.

El rey llamó a un escribano y tomó nota de los detalles. Isolde escuchaba a unos pasos, inquieta por la facilidad con que alguien podía llevar el color de su casa y convertirlo en una amenaza.

Cuando la alcaldesa se retiró, una niña se acercó con un ramo de flores silvestres. Tendría cinco años, quizá seis. No parecía intimidada por las espadas ni por el dragón que daba vueltas sobre el pueblo.

—¿Eres la princesa del fuego? —preguntó.

—Soy Isolde.

—Mi hermano dice que hiciste arder un río.

Isolde parpadeó.

—Tu hermano tiene mucha imaginación.

—Dice que tienes un dragón escondido dentro.

Detrás de ella, Aelyn se tapó la boca para no reír. La niña extendió el ramo.

—Esto es para que no te enfades.

Isolde aceptó las flores. Eran pequeñas, amarillas y olían a tierra húmeda.

—Gracias. Intentaré no enfadarme hoy.

La niña asintió, satisfecha de haber resuelto una cuestión de Estado, y salió corriendo hacia su madre.

—Ya tienes consejo propio —dijo Darian.

—Es más competente que algunos miembros del actual.

—No repetiré eso delante de Telmor, pero estoy de acuerdo.

La presencia de Cael se sintió antes de que apareciera. O quizá Isolde ya había aprendido a buscarlo sin querer. Él se acercó desde la parte de atrás de la columna, acompañado de Sigrid. Llevaba polvo en las botas y no el uniforme impecable de la recepción.

—Vuestros guardias de falsa capa roja no son una sorpresa —dijo sin preámbulos—. Hemos encontrado uno de sus caballos a tres kilómetros, con herraduras hechas en los talleres de la Marcha.

—¿Y por qué nos lo decís? —preguntó Darian.