Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 5 EL HEREDERO DE RHYNE
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CAPÍTULO 5 EL HEREDERO DE RHYNE

El rey no gritó.

Isolde habría preferido que lo hiciera.

Cuando regresaron al Alcázar, el informe del muelle ya había cruzado tres manos, dos oficinas y la mitad de la guardia de palacio.

Darian había entregado los documentos a Ardan antes de que alguien pudiera alterarlos.

Sigrid, por su parte, se había llevado al ballestero para interrogarlo bajo la custodia compartida de un capitán de Caleryon y un escribano neutral.

Cael no había pedido permiso. Se había limitado a decir que el hombre había atacado a ciudadanos de ambos reinos y que, por tanto, ambos tenían interés en saber quién le pagaba.

Era difícil discutir con la lógica cuando llegaba acompañada de una espada.

Ahora Isolde estaba de pie frente al escritorio de su padre, con las manos entrelazadas a la espalda para que nadie viera las pequeñas quemaduras rojas en sus dedos.

Aelyn ocupaba una silla junto a la ventana.

Darian se había quedado cerca de la puerta.

Varek y Telmor estaban presentes porque el rey no podía excluirlos sin convertir la reunión en una acusación.

Cael y Sigrid esperaban al otro lado de la sala, como invitados que habían decidido no desaprovechar una crisis ajena.

La mesa de Ardan estaba cubierta por las listas de carga.

—Repasémoslo una vez más —dijo el rey.

No había furia en su voz. Únicamente control. El tipo de control que se construye sobre algo que quiere arder.

Darian habló primero.

—Los sacos marcados viajaban desde el muelle bajo hacia Halar, Vayren y Cendral. La sal está mezclada con ceniza volcánica. Hemos encontrado también polvo de mica azul, que se usa para conservar artefactos de frío durante el transporte.

—¿Armas? —preguntó Ardan.

—No necesariamente —dijo Cael—. La mezcla sirve para mantener estables algunos cristales de rastreo. También para sellar grietas pequeñas en las minas de Skarde.

Telmor hizo un gesto de repulsión.

—Magia de hielo en convoyes que cruzan nuestro territorio.

—Vuestra sal llega a Skarde desde hace treinta años —replicó Sigrid—. No siempre para sazonar sopa.

—Y no todo lo que lleva polvo azul pertenece a Skarde —añadió Darian—. Los talleres de la Marcha comercian con ese material de manera legal.

—Entonces ¿qué hace sospechoso este cargamento? —preguntó Varek.

Su tono era paciente. Casi ofendido por la insinuación. Lord Varek había llegado vestido de gris oscuro, sin anillos salvo el sello de su Casa. Isolde lo observaba con más atención de la que pretendía. No encontró el anillo de cobre del muelle. Por supuesto que no.

—Los destinos no aparecen en los registros de impuestos —dijo Aelyn—. Las cantidades tampoco. Y los sacos llevan un símbolo que coincide con una ficha encontrada en una zona cerrada del palacio.

Varek volvió los ojos hacia ella.

—¿Una ficha?

Isolde notó cómo Ardan se ponía rígido. Había decidido no mencionar el ala sur, pero Aelyn no tenía la costumbre de proteger una mentira solo porque un rey la hubiera dejado crecer.

—Una señal relacionada con Vayren —dijo Isolde—. Es suficiente para que no descartemos una conexión.

—Es suficiente para sospechar —admitió Varek—. No para acusar a una casa que lleva generaciones trabajando con los puertos.

—No he acusado a nadie —dijo ella.

—No, Alteza. Pero tenéis la clase de mirada que hace que otras personas oigan una acusación aunque no la pronunciéis.

El comentario parecía amable. Precisamente por eso le molestó.

—Quizá esas personas tengan motivos para preocuparse.

Telmor carraspeó, satisfecho de que la tensión no lo apuntara a él.

—El hombre del muelle trabajaba para una compañía que figura bajo la supervisión de mi oficina comercial —continuó Varek—.

Si hay irregularidades, las investigaré.

Pero convertir unos papeles quemados en una conspiración antes de que tengamos pruebas sería regalar a Skarde una historia que pueden usar contra nosotros.

Cael no se movió.

—La historia ya existe —dijo—. La pregunta es quién la está escribiendo.

Varek lo miró, por primera vez, con frialdad abierta.

—Es fácil encontrar enemigos en una ciudad ajena, príncipe. Más difícil es reconocer los propios.

—En eso tenemos experiencia los dos.

La respuesta fue tan seca que Ardan golpeó una vez la mesa con la palma.

—Basta. No voy a permitir que una investigación se transforme en una competición de agravios.

Varek, abrid los registros de vuestra oficina a Darian y a Aelyn.

Sin excepciones. Eirik y Cael recibirán una copia de los datos sobre los cargamentos que afecten a la frontera. No todas las cuentas del reino.

Varek inclinó la cabeza.

—Como ordenéis.

—Darian, duplicad la escolta para el viaje a Vayren. Salimos mañana al amanecer.

Isolde parpadeó.

—¿Mañana?

—La situación no mejora quedándonos aquí a discutir sobre papeles —dijo Ardan—. Si Cendral recibe cargamentos sin registrar, quiero saber quién los está esperando antes de que lleguen.

—¿Y si es una trampa? —preguntó Aelyn.

—Entonces será una trampa con testigos de ambos reinos.

La decisión era buena. Demasiado buena para discutirla sin parecer una niña a la que habían quitado un juguete. Aun así, Isolde sintió el impulso de preguntar si él pretendía tenerla vigilada o usarla como símbolo frente a Skarde. Se mordió la lengua.

—Prepararemos la salida —dijo Darian.

El rey asintió. La reunión se disolvió poco a poco.

Telmor fue el primero en marcharse, pero no antes de dedicarle a Isolde una mirada en la que había cálculo y algo parecido a devoción.

Varek recogió un par de hojas y prometió enviar los registros antes de la noche.

La promesa salió de su boca con la misma facilidad que habría salido una plegaria.

Cuando quedaron solos, Ardan esperó a que Aelyn cerrara la puerta.

—No volverás a entrar en un almacén en llamas —dijo.

Isolde apretó los dientes.

—Había gente atrapada.

—Lo sé.

—Entonces no me digas que no lo haga como si hubiera ido a buscar problemas.

—No te lo digo porque buscaste problemas. Te lo digo porque si una pared cae sobre ti, no hay una decisión correcta que vaya a devolverte a mí.

El dolor en la voz de su padre la dejó sin defensa. Aelyn bajó la vista. Darian miró hacia la ventana, concediéndoles un fragmento de intimidad.

—No puedo quedarme quieta cuando alguien necesita ayuda —dijo Isolde.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Te estoy pidiendo que no confundas ser necesaria con ser invulnerable.

Ella quiso protestar. La frase era justa, y las frases justas eran las más difíciles de combatir.

—Está bien —dijo.

Ardan la estudió, como si supiera que aquello no era una promesa. Después extendió la mano.

—Enséñame los dedos.

Isolde obedeció. Las quemaduras eran pequeñas, líneas rojas en las yemas. Su padre las rozó con el pulgar, con una ternura que habría avergonzado a ambos si alguien la hubiera señalado.

—Maelia hacía esto —murmuró—. Decía que las manos cuentan la verdad antes que la boca.

—¿Y qué dicen las mías?

Ardan levantó los ojos.

—Que estás asustada y sigues avanzando de todas formas.

Era una advertencia y un reconocimiento a la vez.

Esa tarde, mientras el Alcázar se llenaba de sirvientes preparando baúles, sellando provisiones y revisando herraduras, Isolde volvió a la sala de los mapas con Aelyn.

Darian estaba en las caballerizas. El rey se había reunido con los capitanes.

Por primera vez en horas no había nadie mirando cómo respiraba.

—No me gusta Varek —dijo Aelyn, sin levantar la vista del registro de la oficina comercial.

—Eso ya lo sabíamos.

—No, no me gusta de verdad. Hasta hoy me parecía un hombre que se cree más listo de lo que es. Ahora creo que es un hombre que quiere que todos lo creamos.

Isolde apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Has encontrado algo?

—No un nombre. Un patrón. Mira.

Aelyn señaló tres rutas: una desde el muelle bajo, otra desde una cantera en las colinas, una tercera desde un almacén de grano fuera de la ciudad. Todas convergían cerca de Vayren antes de dividirse hacia Cendral y Halar.

—Hay remesas oficiales y no oficiales —dijo—. Las oficiales se registran con la marca de Varek. Las otras usan una letra, una V, pero no es la misma mano.

—¿Qué significa?

—Que alguien quiere que pensemos en Varek, o que alguien dentro de su oficina está usando su inicial sin que él lo sepa.

—O que es Varek y quiere que parezca demasiado obvio.

—Eso sería una forma muy molesta de ser culpable.

—Es una forma muy suya de ser cualquier cosa.

Aelyn pasó otra página. Se quedó inmóvil.

—Aquí.

Era una factura de sal con destino a Cendral. La fecha correspondía a una semana antes de la desaparición de Maelia. El cargamento figuraba como «insumos de contención para fisura menor». El autorizante era la reina Maelia Valarys.

Isolde sintió que las letras se movían.

—Mi madre sabía que había una fisura.

—O creía que la había.

—Y nadie me lo contó.

—Quizá porque no querían que vieras esto.

—O porque ellos mismos no sabían qué significaba.

La puerta se abrió. Las dos se volvieron, sobresaltadas.

Era Cael.

No llevaba escolta. No llamó antes de entrar, lo que confirmó varias cosas desagradables sobre los privilegios de los príncipes y la vigilancia del Alcázar.

—Esto es una sala privada —dijo Isolde.

—Lo sé.

—Entonces deberíais saber que las puertas se usan de otra forma.

—En Skarde, si alguien intenta esconder documentos, normalmente cierra con llave.

—En Caleryon, si alguien entra sin permiso, normalmente termina en una mazmorra.

Aelyn se puso de pie con el registro en la mano.

—¿Qué queréis?

Cael miró el mapa. Después la factura. No fingió no haberla visto.

—Mi capitana ha interrogado al ballestero. No hablará de quién lo contrató. Pero ha repetido un nombre tres veces, quizá porque le han dado algo para resistir el dolor y no ha funcionado como esperaban.

—¿Qué nombre? —preguntó Isolde.

—Círculo de Ceniza.

El nombre no le decía nada. Aelyn sí reaccionó.

—Era una sociedad de estudiosos —dijo—. Desapareció hace décadas.