Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 4 FESTIVAL DE LAS BRASAS #3
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CAPÍTULO 4 FESTIVAL DE LAS BRASAS #3

—Yo también me lo preguntaba.

Cael.

Isolde se volvió con una mezcla de rabia y la certeza de que el día no podía empeorar sin hacer un esfuerzo extraordinario. El príncipe llevaba una capa gris sencilla, sin el broche real, y Sigrid permanecía a unos pasos, tan discreta como una espada clavada en una mesa.

—¿Nos seguís? —preguntó Isolde.

—No —respondió Cael—. Pero parece que ambos tenemos la costumbre de interesarnos por los cargamentos que no figuran en los registros.

El hombre del anillo retrocedió medio paso. Fue tan leve que casi no se notó. Cael lo vio.

—Vuestra mercancía tiene símbolos de la Marcha —dijo el príncipe—. ¿Para qué se usa sal tratada con ceniza volcánica en pleno puerto de Caleryon?

—No sé de qué habláis.

—Entonces será fácil que nos dejéis revisar un saco.

—No tenéis autoridad aquí.

—Tenéis razón. No la tengo.

Cael miró a Darian, que seguía con el papel en la mano. Darian comprendió antes de que nadie dijera nada.

—Yo sí —dijo, dejando caer la voz de comerciante—. Lord Darian Rhyne, delegado de la Corona para las rutas de la Marcha. Abrid el saco.

El color abandonó la cara del hombre.

Por un segundo Isolde pensó que obedecería. En lugar de eso, golpeó un silbato escondido dentro de la manga.

La puerta del almacén se abrió.

Tres hombres salieron corriendo. Uno llevaba una ballesta. Otro, un frasco de cristal con líquido azul.

—Al suelo —dijo Cael.

La descarga de la ballesta fue hacia el techo de lona que cubría los carros. El virote rompió una lámpara de aceite. El fuego se extendió de inmediato por las telas secas.

La gente empezó a gritar.

—¡Los sacos! —gritó Aelyn.

El hombre del anillo había echado a correr hacia el almacén. Darian lo siguió. Sigrid derribó al de la ballesta con un movimiento tan rápido que Isolde solo vio el destello de su codo y el cuerpo golpeando las tablas.

El frasco azul se rompió cerca de una pila de sal. Una niebla helada se extendió por el suelo, apagando una parte de las llamas y haciendo crujir la madera. Fuego e hielo se encontraron en una nube de vapor tan densa que nadie pudo ver durante un instante.

Isolde oyó a un niño toser.

No pensó en la máscara. No pensó en los rumores.

Corrió hacia el sonido.

La madre y el muchacho que había salvado antes estaban atrapados entre un carro y la barcaza. Las llamas les cortaban el paso. Isolde extendió ambas manos y llamó al fuego para abrirlo. El calor se apartó en dos lenguas torcidas, dejando un corredor estrecho sobre la madera.

—Ahora —gritó.

La mujer corrió con el niño abrazado al cuello. Isolde sintió el esfuerzo subirle por los brazos y clavarse en el pecho. La llama se resistía; el miedo de la gente la alimentaba. Tuvo que recordar la voz de su madre: No luches contra el fuego. Dale otra dirección.

Una mano fría atrapó su muñeca.

Cael.

El hielo de su contacto no quemaba. Era un frío limpio, preciso. Una línea de escarcha recorrió el suelo delante de las llamas, conteniéndolas sin apagarlas de golpe. El vapor se elevó, blanco y espeso.

—Suelta cuando yo diga —ordenó.

—No recibo órdenes de ti.

—Entonces considera que es una sugerencia con urgencia.

Ella habría discutido si la pared del almacén no hubiera empezado a ceder.

—Ahora —dijo él.

Isolde retiró las manos. Cael cerró el puño y la escarcha detuvo el avance del fuego justo antes de que alcanzara el resto de los carros.

Las llamas no se extinguieron del todo, pero los estibadores pudieron atacarlas con cubos. Sigrid tenía al ballestero inmovilizado. Aelyn, pálida y furiosa, dirigía a media docena de hombres para alejar a los curiosos.

Darian salió del almacén con el abrigo rasgado y un rollo de documentos bajo el brazo.

—Se ha escapado por la parte trasera —dijo—. Pero ha dejado esto.

Isolde tomó los papeles. Eran listas de carga. Sal, sí. Pero no para el puerto. Los destinos se repetían: Halar, Vayren, Cendral. Junto a cada envío, una misma rúbrica: V.

No era una prueba suficiente para acusar a Varek. No aún.

Pero era más de lo que tenían al amanecer.

Cael soltó la muñeca de Isolde. Solo entonces ella notó el lugar donde sus dedos habían estado. El frío persistía como una marca invisible.

—Esto no ha sido una casualidad —dijo él, mirando los documentos—. Alguien ha incendiado una red para que no la viéramos entera.

—O para que os viéramos aquí y creyéramos que Skarde estaba detrás —replicó Darian.

Los dos hombres se miraron. Era peor: reconocimiento de que el otro podía ser un obstáculo real.

Isolde dobló los papeles y los guardó bajo la capa.

—Sea quien sea, ya sabe que estamos mirando.

Cael la observó.

—Entonces dejad de mirar sola.

Ella quiso decirle que no necesitaba su ayuda. Quiso recordarle que había llegado a su ciudad como representante de un reino rival y que, tres veces en dos días, había aparecido donde no debía estar.

Pero vio al niño aferrado a su madre, los sacos marcados, el fuego y el hielo trabajando juntos contra una catástrofe que alguien había provocado.

—No confundáis una coincidencia con una alianza, príncipe.

Cael inclinó la cabeza.

—Nunca lo haría, Alteza.