Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 4 FESTIVAL DE LAS BRASAS #2
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CAPÍTULO 4 FESTIVAL DE LAS BRASAS #2

—Una de las sirvientas de la Casa de Invierno estaba limpiando el vestíbulo. Ha visto al hombre de la luz azul antes. Lo reconoce como un mozo de carga de los almacenes reales. Desapareció hace dos semanas.

—¿Es de Skarde? —preguntó Darian.

—Nació en Caleryon. Su hermana vende lámparas en la calle del río. Dice que empezó a trabajar para una empresa de sal.

Isolde tomó el papel. Había una dirección y el nombre del almacén: Ceniza y Sal, muelle bajo.

—¿Quién es el dueño? —preguntó.

Aelyn frunció el ceño.

—Una sociedad comercial a nombre de tres hombres. Dos murieron el invierno pasado. El tercero trabaja para lord Varek.

La música de la galería seguía sonando al otro lado de las paredes. Abajo, las luces del Festival parecían inofensivas.

Isolde dobló el papel.

—Iremos al muelle mañana.

Darian negó con la cabeza.

—No sin gente de confianza.

—No podemos pedir permiso para investigar a un hombre del Consejo.

—No he dicho que pidamos permiso. He dicho que no irás con una capa y una daga como si fueras invisible.

—A veces soy invisible.

—Isolde.

La forma en que pronunció su nombre consiguió que ella se detuviera. Era miedo.

Miró a Aelyn, que no tomó partido de inmediato. Eso significaba que Darian tenía razón y que su amiga odiaba admitirlo.

—Mañana iremos con alguien que no responda a Varek ni a Telmor —dijo Aelyn—. Y no entramos hasta saber qué hay dentro.

Isolde quiso discutir. En lugar de eso, guardó el papel junto a la ficha de obsidiana.

—Está bien.

No lo estaba. Nada lo estaba desde que el fuego había dicho un nombre que ella no conocía y una mujer encapuchada había vuelto a enseñarle el nudo de su madre.

Pero por primera vez, tenía una dirección.

Ceniza y sal

El muelle bajo olía a pescado, alquitrán y lluvia vieja.

Isolde había recorrido aquella parte de Caleryon de niña, escondida bajo una capa demasiado grande y con Aelyn corriendo detrás de ella para impedir que se metiera en problemas.

De adulta, la ciudad le resultaba distinta porque ahora sabía lo que significaban las persianas cerradas a media mañana, los niños cargando cubos de agua, las mujeres que calculaban el precio de una barra de pan antes de comprarla.

Nadie la reconocía con el pelo cubierto y un pañuelo oscuro sobre la boca. Sin corona, sin guardias, sin el escudo de Valarys en el pecho, era una joven más caminando junto al río.

La libertad de aquello le producía una alegría culpable.

—No te alejes —dijo Darian por tercera vez.

—Estoy a dos pasos.

—Ayer estabas a dos pasos de una emboscada imaginaria en el ala sur.

—No era imaginaria.

—Eso no ayuda a mi argumento.

Iban los tres solos, con ropa sencilla y capas sin colores de Casa.

Aelyn llevaba una cesta con pan y manzanas que hacía creíble su presencia; Darian fingía ser un comerciante joven de paso por la ciudad, aunque su manera de observar las salidas y de mantener la espalda recta lo traicionaba ante cualquiera que hubiese visto a un noble de cerca.

Isolde, por su parte, llevaba una pequeña daga contra el tobillo y la irritación de saber que los guardias de confianza de Darian los seguían desde algún lugar que no había logrado descubrir.

—No sé por qué hemos venido tan temprano —murmuró Aelyn—. Las personas culpables no suelen abrir sus almacenes antes de que salga el sol. Les da un aspecto de mala organización.

—Hemos venido temprano porque a esta hora descargan los barcos de sal —respondió Darian—. Si el nombre de Varek está en las rutas, alguien tendrá que poner un sello en algún sitio.

—Eso ha sonado a argumento de hombre que ha leído contratos por placer.

—He leído contratos por necesidad.

—Es exactamente lo que diría un hombre que ha leído contratos por placer.

La risa de Isolde quedó ahogada bajo el pañuelo. Era fácil olvidar, con ellos, que estaban siguiendo a una red capaz de enviar hombres a los pasillos del palacio.

El almacén de Ceniza y Sal ocupaba una nave baja, junto a una hilera de depósitos abandonados.

No tenía ningún rótulo nuevo; sobre la puerta aún se leía el nombre de un antiguo fabricante de velas.

Dos carros aguardaban en el exterior. Un grupo de mozos descargaba sacos blancos de una barcaza y los llevaba dentro.

—Sal —dijo Aelyn.

—Demasiada para una ciudad que no ha pedido un cargamento —contestó Darian.

Isolde observó los sacos. Algunos llevaban la marca comercial del puerto, una gaviota sobre tres olas. Otros no tenían nada. En uno de los que no tenían marca, distinguió un símbolo hecho con tiza negra: una línea vertical atravesando montañas.

Vayren.

El mismo dibujo que la ficha de obsidiana.

El cuerpo se le adelantó a la razón. Dio un paso hacia el almacén.

Darian le agarró la muñeca.

—No.

—Está ahí.

—Lo veo.

—No, no entiendes. Es el símbolo.

Aelyn se acercó, fingiendo mirar una mesa de pescado.

—¿El de la ficha?

Isolde asintió.

—Necesitamos saber qué transportan —dijo.

—Y vamos a averiguarlo sin que nadie te vea correr hacia una puerta vigilada —dijo Darian.

Un grito al final del muelle cortó la discusión.

Un niño había resbalado sobre las tablas húmedas y colgaba de una cuerda rota, suspendido sobre el río. Su madre corría hacia él desde un puesto de redes. Dos hombres intentaron alcanzarlo, pero la cuerda seguía deshilachándose.

El mundo se redujo a ese cuerpo pequeño y al agua oscura bajo sus pies.

Isolde se movió antes de pensar.

—¡Isolde! —oyó a Darian detrás de ella.

Se abrió paso entre los carros. La madre del niño sollozaba, agarrada a una tabla. El muchacho, de no más de ocho años, no gritaba. Eso era peor. Tenía los ojos tan abiertos que parecían no comprender todavía que podía morir.

—No tires —le dijo Isolde, arrodillándose junto al borde—. Mírame.

El niño no podía.

La cuerda crujió.

Había un bote amarrado a unos metros, pero ningún remo cerca. Un estibador corría desde el otro extremo. No llegaría a tiempo.

Isolde extendió la mano.

El fuego no era una cosa obediente. Su madre se lo había enseñado desde antes de que pudiera montar: no se pedía como un sirviente; se invitaba, se medía, se guiaba. Nunca lo usaba sin guantes de práctica ni fuera de los patios de instrucción. Nunca, además, de ese modo.

Pero el miedo del niño fue una chispa dentro de ella.

Una hebra de calor salió de sus dedos, fina como un hilo de luz. No tocó al muchacho. Rozó la cuerda a un palmo de sus manos, endureciendo las fibras húmedas durante un segundo. El tiempo suficiente.

Darian se lanzó al suelo junto a ella y alcanzó la muñeca del niño. El estibador llegó detrás. Entre los tres lo subieron a las tablas.

La madre cayó sobre él, llorando y riendo a la vez. La gente empezó a hablar, primero en murmullos y después con ese volumen extraño que tiene el asombro cuando no sabe si debe agradecer o temer.

Isolde escondió la mano dentro de la capa.

—¿Estás herida? —preguntó Darian, muy bajo.

—No.

—Eso no ha sido una respuesta suficiente desde que te conozco.

—Estoy bien.

Él la miró. La preocupación en su rostro era algo más complejo: miedo por ella y orgullo de ella mezclados de una forma que le costaba sostener.

La madre del niño se levantó. Tenía las manos llenas de escamas de pescado y lágrimas en la cara.

—Gracias —dijo—. No sé quién sois, pero gracias.

Isolde no sabía qué responder. Una heredera habría hecho una promesa. Una desconocida solo podía inclinar la cabeza.

—Que no vuelva a pescar solo —dijo Aelyn con firmeza.

La mujer soltó una risa rota.

—No volverá a hacer nada solo en su vida si puedo evitarlo.

Mientras la multitud se disipaba, Isolde vio que uno de los hombres del almacén la observaba. Era un hombre con abrigo gris y un anillo de cobre en el dedo índice, lejos del mozo que descargaba. Había visto la llama.

Ella bajó la mirada, pero era tarde.

—Tenemos que irnos —dijo Darian.

—No sin averiguar lo de los sacos.

—Nos han visto.

—Entonces actúa como si fueras el comerciante que finges ser.

—¿Y tú?

—Voy a actuar como una mujer que no tiene nada que ocultar.

Aelyn emitió un sonido de desagrado.

—No sé si alguna vez has oído las cosas que dices antes de decirlas.

—A veces. No ahora.

Isolde cruzó el muelle hacia el almacén. Darian la siguió con la mandíbula tensa. Aelyn tomó una manzana de su cesta y la mordió, como si todo aquello fuera un paseo normal.

El hombre del anillo los esperaba junto a los sacos.

—¿Buscáis algo? —preguntó.

—Sal para la cocina de mi tío —respondió Darian, sin vacilar—. Le han dicho que aquí llega de las montañas, no del mar.

El hombre examinó su ropa. Sus botas limpias. La manera en que Aelyn sostenía la cesta. La mano de Isolde escondida en la capa.

—Aquí no vendemos al por menor.

—Mi tío compra mucho —dijo Darian—. Tiene una posada en la carretera de Vayren.

La referencia provocó un parpadeo en el hombre. Breve. Suficiente.

—¿Qué posada?

—La Posada de las Tres Coronas.

Isolde conocía el lugar. A una jornada de la fortaleza, lo regentaba una viuda llamada Selma que le había enseñado a beber cerveza sin hacer muecas cuando tenía diecisiete años. Darian no podía saberlo. O quizá sí, porque Darian sabía demasiadas cosas útiles.

—No la conozco —dijo el hombre.

—Entonces vuestro negocio no es tan grande como dicen —replicó Darian.

El anillo de cobre golpeó un saco.

—La sal viene de donde tiene que venir. Si buscáis suministros, dejad el nombre y volveremos a hablar.

—Claro.

Darian sacó un papel y fingió escribir. Mientras lo hacía, Isolde se inclinó como si ajustara el borde de su falda. Vio el sello de tiza más de cerca. La línea vertical no atravesaba unas montañas: atravesaba un círculo roto. Era una grieta.

En la costura inferior del saco había una segunda marca, casi borrada: una llama rodeada por una cadena.

El hombre la vio mirar.

—¿Algún problema? —preguntó.

—No —dijo Isolde, poniéndose de pie—. Únicamente me preguntaba quién tiene tanto miedo de que su sal se pierda.

Los ojos del hombre se estrecharon.

Una voz habló desde detrás de ellos.