Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 4 FESTIVAL DE LAS BRASAS
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CAPÍTULO 4 FESTIVAL DE LAS BRASAS

El banquete de bienvenida se celebró en la Galería de los Espejos, que Lysandra había llenado de flores rojas, velas bajas y suficientes cubiertos de plata para alimentar la ilusión de que los reinos podían resolver sus problemas si se les servía buena comida.

Isolde no tenía hambre.

El vestido verde que la condesa había elegido le llegaba hasta los tobillos y dejaba los hombros al descubierto.

La tela era ligera, pero la sensación de ser observada pesaba más que cualquier armadura.

Desde el incidente del brasero, la gente se volvía hacia ella con una atención nueva.

Algunos sonreían con fervor. Otros se inclinaban demasiado rápido.

Todos parecían preguntarse si aquella era la muchacha que había visto un dragón perdido o el comienzo de un problema que aún no sabía nombrar.

—No mires a la mesa de los consejeros —murmuró Aelyn.

—No estoy mirando.

—Llevas dos minutos intentando matarlos con los ojos. No funciona. Varek tiene una resistencia admirable a la vergüenza.

Isolde tomó un sorbo de agua.

—¿Y Telmor?

—Ha explicado la resonancia a tres duques y a la esposa de un comerciante. Cada versión contiene más destino que la anterior.

—¿Y nadie lo detiene?

—El rey lo intenta. Darian lo intenta. Pero Telmor ha descubierto que todo el mundo le escucha cuando dice «los anales» con voz de funeral.

En la mesa alta, Ardan hablaba con Eirik Sorn. Varek ocupaba un lugar a su derecha; Cael, a la izquierda del embajador, parecía estar allí por una obligación que ya había pagado con creces. Sigrid vigilaba la sala desde una mesa lateral, sin probar apenas la comida.

Darian se sentaba frente a Isolde. No podía hablar con libertad, pero cada vez que ella levantaba la mirada lo encontraba atento. Una vez, cuando Telmor empezó a contar una historia sobre Ilyra Valarys y un pozo de fuego, él levantó su copa y susurró:

—Si el sacerdote vuelve a usar la palabra «predestinada», derramaré vino sobre sus manuscritos.

—Eso sería una tragedia nacional.

—Estoy dispuesto a asumirla.

La risa de Isolde se le escapó. Aelyn le dio un codazo discreto bajo la mesa.

—No alimentes al público —murmuró.

—¿Cuál público?

—Todo el que no está fingiendo comer.

Tenía razón. Era demasiado fácil olvidar que cada gesto entre Darian y ella podía convertirse en moneda de conversación al amanecer.

Parte de Isolde quería retirar la mano cuando él rozó sus dedos junto a la copa.

La otra parte estaba cansada de permitir que el palacio decidiera qué afectos podían verse y cuáles debían esconderse.

Así que no la retiró.

La música empezó después del segundo plato.

Los músicos de Caleryon tocaban con violas, tambores suaves y una flauta de cristal cuyo sonido parecía hecho para colarse entre las conversaciones.

Las parejas se levantaron poco a poco. La primera danza era formal: pasos marcados, distancia respetuosa, una oportunidad para que los nobles fingieran no estar midiendo alianzas.

Darian se puso de pie y le ofreció la mano.

—¿Me concedéis este baile, Alteza?

—¿Es una orden política?

—Una petición desesperada. Si tengo que bailar con lord Varek, terminaré por pisarle el pie a propósito.

—Eso podría iniciar una guerra.

—Entonces será una guerra justa.

Isolde aceptó su mano.

La música los llevó hacia el centro de la galería.

Darian colocó una palma abierta en su cintura, con cuidado de no apretar demasiado, y ella apoyó la mano sobre su hombro.

Durante los primeros compases, siguieron los pasos establecidos.

Giro. Pausa. Desplazamiento. El salón se movía a su alrededor, dorado por las velas y fragmentado en los espejos.

—Te he visto hablar con Cael —dijo él.

—¿Eso es una acusación?

—No. Es una observación llena de curiosidad y una cantidad moderada de desconfianza patriótica.

—Ha venido a decirme que la luz del ala sur no prueba que Skarde estuviera detrás.

Darian frunció levemente el ceño.

—¿Cómo sabe lo de la luz?

—Dice que encontraron al hombre que la llevaba.

—¿Y le crees?

—No lo sé. Pero si miente, lo hace de una forma exasperantemente tranquila.

—Eso no lo convierte en fiable.

—No he dicho que lo fuera.

Él la hizo girar. Al recuperar la posición, su mirada era más seria.

—Ten cuidado con él, Isolde.

—¿Porque es de Skarde?

—Porque es inteligente. Porque ha llegado antes de la delegación anunciada. Porque parece saber más de tu palacio de lo que debería. El lugar de donde viene es un motivo para desconfiar; todo lo demás son razones.

La respuesta era sensata. Tan sensata que ella no pudo reprochársela.

—También tú acabas de describirme a mí —dijo.

El rostro de Darian se suavizó.

—Sí. Y sé lo peligrosa que puedes ser cuando crees que algo te pertenece.

La frase habría sonado posesiva en boca de otra persona. En la suya sonó como admiración. Isolde se sintió ridículamente aliviada.

—¿Me estás llamando peligrosa en una sala llena de diplomáticos?

—Estoy recordándote que nadie aquí tiene derecho a tratarte como un símbolo sin voluntad.

La música cambió a un compás más lento. Al otro lado de la sala, Aelyn bailaba con Sigrid. La capitana del norte no parecía feliz, pero tampoco parecía a punto de matar a nadie. Eso, dadas las circunstancias, era una forma de éxito.

Cael no bailaba. Estaba junto a una columna, escuchando a Eirik y a Varek hablar con dos consejeros. En uno de los espejos, su reflejo coincidió con el de Isolde durante una fracción de segundo.

Él apartó los ojos primero.

—¿Quieres salir de aquí? —preguntó Darian.

Isolde no se lo pensó.

—Sí.

No salieron por la puerta principal. Darian conocía una escalera oculta tras un tapiz de la época de la reina Serath, una mujer que había gobernado antes de que los pasadizos secretos se consideraran poco dignos de la monarquía.

Subieron dos tramos estrechos, cruzaron una galería abandonada y llegaron a una pequeña terraza sobre la torre oeste.

Desde allí, Caleryon era una extensión de luces. Las antorchas del Festival dibujaban una ruta de oro por las avenidas. Más allá de la muralla, las colinas dormían bajo la luna. El aire olía a jazmín, humo y río.

—¿Cuántas veces has escapado de un banquete por aquí? —preguntó Isolde.

—Las suficientes para saber que Lysandra descubrirá que hemos usado esta puerta antes de que termine la noche.

—Entonces deberíamos quedarnos más tiempo. Para que merezca el castigo.

Él rio y se apoyó en la barandilla junto a ella.

Durante unos minutos no hablaron. El silencio no pesaba. Darian nunca parecía tener miedo de él, y eso hacía que Isolde olvidara la necesidad de llenar cada espacio con una broma o una decisión.

—Mi madre odiaba los banquetes —dijo de repente.

—Lo sé. La vi una vez esconder un panecillo en la manga para alimentar a Mhar durante un discurso de Telmor.

Isolde se volvió hacia él.

—¿La viste hacer eso?

—Tenía doce años. Me pareció la cosa más valiente que había visto nunca.

—¿Robar un panecillo?

—Desafiar a Telmor sin elevar la voz. Hay muchas formas de coraje.

El recuerdo era nuevo para ella. Darian no hablaba a menudo de Maelia, quizá porque conocía la clase de dolor que despertaba. La imagen de su madre, joven y desafiante, metiendo comida a escondidas para un dragón negro, le produjo un dolor tan dulce que tuvo que respirar hondo.

—No recuerdo muchas cosas divertidas de ella —admitió—. Recuerdo lo que contaba, las lecciones, el olor de su capa. Pero no sé si recuerdo quién era cuando no estaba siendo mi madre.

Darian miró las luces de la ciudad.

—Era rápida para reírse. Y, cuando alguien la enfadaba, podía hacer que una sala entera se sintiera pequeña sin decir una palabra.

—Eso sí lo recuerdo.

—También era leal. A veces hasta el exceso.

—¿Crees que esa lealtad la llevó a irse?

La pregunta dejó el aire quieto entre los dos. Darian tardó en contestar.

—Creo que cualquiera que diga saber por qué se fue te está vendiendo una certeza que no merece. Pero no creo que se fuera porque dejara de quererte.

Isolde bajó la mirada. Las palabras no resolvían nada. Sin embargo, se quedaron donde caían, cálidas y firmes.

—Cuando era pequeña —dijo—, pensaba que si me volvía lo bastante buena, volvería. Después pensé que si me volvía lo bastante fuerte, podría traerla de vuelta. Ahora no sé qué estoy intentando demostrar.

Darian tomó su mano.

—No tienes que demostrar que mereces que te quieran.

La frase fue sencilla. Precisamente por eso la atravesó.

No se besaron de inmediato. Isolde lo miró, buscando alguna señal de que él decía aquello por compasión o por costumbre. No la encontró. Darian acercó la mano a su rostro y esperó. Ella cerró la distancia.

El beso no tuvo nada de las historias que Aelyn leía a escondidas de adolescente. No cambió el mundo ni hizo que las respuestas fueran más fáciles. Fue lento, cuidadoso, con una calidez que no exigía nada. Cuando Darian se apartó, apoyó la frente contra la de ella.

—No te voy a pedir promesas esta noche —dijo.

—Qué conveniente. Yo estaba a punto de ofrecerte una lista larguísima de condiciones.

—Me gustan las listas. Me hacen pensar que hay una posibilidad de negociación.

—Eso es porque eres un Rhyne.

—Eso es porque me gustas.

Ella sonrió. Lo hizo sin vigilar quién podía verla, porque estaban solos y porque quería recordar la sensación de que su vida le pertenecía.

Un golpe breve en la puerta del pasadizo interrumpió el momento.

—Si estáis ahí arriba —dijo la voz de Aelyn—, más os vale estar tramando la salvación del reino.

Isolde se separó de Darian con una risa ahogada.

—Depende de qué entienda el reino por salvación —dijo él.

Aelyn apareció en la terraza con el pelo un poco suelto y la expresión de alguien que ya había pasado suficiente tiempo fingiendo que no estaba vigilando a dos personas enamoradas.

—He encontrado algo —dijo, y el humor abandonó su voz.

Sacó un trozo de papel doblado de entre los pliegues de la falda.