Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 3 DOS CORONAS EN UNA MESA #3
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CAPÍTULO 3 DOS CORONAS EN UNA MESA #3

Eso le arrancó una risa. Darian le ofreció el brazo.

—¿Quieres aire?

—Estamos en la Casa de Invierno. El aire es una amenaza organizada.

—Entonces quizá te sirva.

Salieron al patio de la fuente. El agua caía por una pared de mármol, tan clara que parecía vidrio en movimiento. Aelyn estaba al otro extremo, hablando con Sigrid. No conversaban como amigas; se medían con una atención cortés que Isolde reconoció al instante.

—No sabía que tu amiga negociaba con capitanas de Skarde —dijo Darian.

—Aelyn negocia con cualquiera que crea tener ventaja. Es una cuestión de salud pública.

—Eso explica por qué me interroga cada vez que te llevo flores.

—¿Te interroga?

—La última vez me preguntó qué sé de los préstamos de grano de la Casa Rhyne.

—¿Y qué dijiste?

—La verdad. Fue bastante aterrador.

Isolde apoyó una mano en la piedra fría de la fuente. El agua no se había congelado, pero desprendía un vapor ligero. Una corriente de aire levantó el borde de su capa. Por instinto, llevó los dedos hacia la manga donde escondía la ficha de obsidiana.

—¿Sigues pensando en Vayren? —preguntó Darian.

—Todo apunta allí.

—O alguien quiere que lo haga.

—Lo sé. Pero si mamá encontró algo en la Marcha y la resonancia vino de allí...

—No te voy a decir que ignores una coincidencia. Únicamente quiero que recuerdes que las coincidencias también se construyen.

Ella levantó la mirada.

—¿Crees que alguien prepara esto?

—Creo que hay demasiadas manos moviendo cosas a la vez: los convoyes, las patrullas, las luces de Skarde, la información de tu madre. No sé si todas pertenecen a la misma persona. Eso es lo que me preocupa.

La preocupación de Darian no era teatral. Isolde la conocía lo bastante para verlo: el músculo rígido junto a su mandíbula, la forma en que miraba de reojo los accesos al patio.

—No tienes que protegerme de todo —dijo ella.

—No intento hacerlo.

—A veces parece que sí.

Él respiró hondo.

—Intento estar cuando algo te alcanza. No es lo mismo.

Una respuesta sencilla. Y, sin embargo, ella sintió que se le ablandaba un lugar bajo el esternón.

No llegó a contestar. Cael apareció junto a la fuente sin que ninguno de los dos lo oyera acercarse.

—Lord Rhyne —dijo.

Darian se volvió. Su expresión se volvió formal al instante.

—Príncipe.

Cael miró a Isolde.

—Alteza, necesitaría una palabra con vos.

—Necesitaría, no querría —observó ella.

—Querer es una palabra con demasiadas interpretaciones para una primera conversación.

—Entonces escogeré yo el lugar. Aquí.

Darian no se movió. Isolde agradeció que no lo hiciera, y también que no intentara decidir por ella.

Cael aceptó la condición con un gesto.

—La luz que habéis visto en el ala sur —dijo, tan bajo que apenas se oía por encima de la fuente— es una luz de rastreo. La usan algunos exploradores y muchos contrabandistas. No prueba que alguien de mi reino estuviera allí.

El pulso de Isolde se aceleró.

—¿Cómo sabéis que la vi?

—Porque el hombre que la llevaba fue encontrado esta mañana en la muralla exterior. Tenía una bolsa con marcas de ceniza y un dedo roto. Alguien lo hizo callar antes de que pudiera hablar.

—¿Está muerto?

—No. Pero desea estarlo cuando le pregunten lo suficiente.

Darian dio un paso adelante.

—¿Y por qué nos dais esta información?

Cael sostuvo su mirada.

—Porque la alternativa es que penséis que he enviado hombres a vuestro palacio para perseguir a la heredera. Sería una torpeza incluso para nosotros.

—Eso no responde a la pregunta —dijo Isolde.

El príncipe la observó. En sus ojos grises no había calidez. Tampoco desprecio. Únicamente una honestidad áspera que le resultó casi tan provocadora como la arrogancia.

—Porque si alguien está usando señales de Skarde dentro de Caleryon, quiere que los dos reinos lleguemos a Vayren dispuestos a romper la tregua. Y porque las personas que hacen eso no suelen detenerse cuando consiguen que una heredera mire en la dirección que desean.

—No sabéis hacia dónde estoy mirando.

—No. Pero sé reconocer cuando alguien ha visto una puerta y está a punto de entrar sin preguntar quién tiene la llave.

La rabia le subió al rostro.

—No necesito lecciones de un príncipe que ha llegado con seis guardias a una ciudad que dice respetar.

—No. Necesitáis mejores enemigos que los que os dejan pistas.

Cael hizo una inclinación breve. Antes de irse, añadió:

—Vayren os enseñará que el hielo no siempre viene del norte, Alteza.

Lo vio alejarse hacia Sigrid. Aelyn lo interceptó a medio camino con alguna pregunta. Cael respondió sin perder el paso; Isolde no oyó qué dijo, pero su amiga frunció el ceño.

—Es insoportable —declaró Isolde.

Darian se apoyó en el borde de la fuente.

—No voy a discutir eso.

—También tiene razón, y eso empeora las cosas.

—Eso sí voy a discutirlo un poco.

Ella lo miró. Darian sonreía, pero su expresión tenía una reserva que no llegó a comprender.

En el agua de la fuente, el reflejo de las lámparas azules se confundía con el sol de la tarde. Por un instante, Isolde creyó ver bajo la superficie una sombra con alas. Luego una corriente alteró el dibujo y solo quedó la piedra.