CAPÍTULO 3 DOS CORONAS EN UNA MESA #2
—Es una petición de un hombre que ha visto cómo se te iba el color de la cara y no quiere tener que explicarle a tu padre por qué has terminado inconsciente en un callejón.
—Mi padre te agradecería que lo evitaras.
—Tu padre me atravesaría con una lanza ceremonial si no lo hiciera.
—Eso también.
El toque de una campana marcó la hora del almuerzo. Aelyn se volvió de la ventana.
—Los cocineros han anunciado sopa de garbanzos. Si vamos ahora, quizá lleguemos antes de que Telmor convierta su parte en una alegoría religiosa.
—¿Se puede convertir una sopa en alegoría? —preguntó Darian.
—Telmor puede convertir una piedra en reproche. No lo subestimes.
Isolde se levantó despacio. Todavía sentía el eco del vuelo dentro de sí, una quemadura sin herida. Pero al apoyar los pies en el suelo no se tambaleó.
Antes de salir, volvió la vista al brasero que se veía, lejano, por la ventana. El humo ascendía recto. Por un momento creyó distinguir una forma dentro: dos alas extendidas sobre una montaña rota.
Parpadeó y solo quedaba humo.
Un huésped de hielo
La Casa de Invierno se había construido para que los visitantes de Skarde no pudieran decir que Caleryon los había tratado como enemigos.
Tenía muros gruesos, patios estrechos orientados al norte y una fuente cuya agua descendía por piedra blanca antes de volver a perderse bajo el suelo.
En verano, el sol calentaba el tejado de pizarra hasta volverlo insoportable.
En invierno, según se decía, el edificio era el único lugar de la ciudad donde el frío parecía tener modales.
Isolde nunca había entrado.
—Es fea —dijo Aelyn cuando el carruaje se detuvo delante de la puerta principal.
—Es diplomática.
—Eso no es una respuesta.
—Creo que, en arquitectura, son sinónimos.
La Guardia Real esperaba en dos filas, roja y dorada.
Los delegados de Skarde habían aceptado asistir a una recepción reducida antes del banquete nocturno; Ardan quería un saludo de Estado, Telmor quería una oportunidad de pronunciar palabras solemnes, y Varek quería mirar a cada visitante hasta calcular qué podía usar en su favor.
Isolde sabía que debía hacer lo mismo. Era parte de su educación. Cada casa tenía su gesto de bienvenida, cada emisario una debilidad que aprender, cada sonrisa una posibilidad de trato o amenaza.
No estaba segura de que pudiera hacerlo después de haber pasado la mañana pensando en un dragón que quizá solo existía en las historias.
—No estás obligada a hablar mucho —dijo Aelyn, acomodándole la capa sobre los hombros—. Puedes ser una heredera misteriosa. A la gente le encantan las herederas misteriosas.
—A la gente le encantan las herederas que no hacen preguntas incómodas.
—Esas son aburridas. Y tú no has sido aburrida ni siquiera cuando lo has intentado.
Las puertas se abrieron antes de que Isolde pudiera responder.
El vestíbulo de la Casa de Invierno olía a pino, cuero y una sal mineral que no procedía de ninguna costa cercana. Las antorchas ardían dentro de soportes de hierro, pero entre ellas había lámparas de cristal con una luz azulada. La misma luz que había visto en el ala sur.
El recuerdo le tensó los hombros.
—¿Te encuentras bien? —murmuró Aelyn.
—Sí.
No podía explicarle que una lámpara le había puesto la piel de gallina. No después de que Aelyn hubiera tenido que persuadirla de no llevar tres cuchillos al Festival.
Un mayordomo de cabello blanco las condujo hasta el salón central. Ardan ya estaba allí con Darian, Varek y dos consejeros. Frente a ellos esperaban seis personas con capas gris pálido. El aire era más frío en torno a ellos, aunque las ventanas estaban cerradas.
Isolde reconoció al embajador por los retratos que había visto en los libros de protocolo: Eirik Sorn, primo lejano del rey Halvar, ojos claros y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda.
A su lado había una joven de aspecto severo, con una trenza rubia que le llegaba a la cintura.
La había visto en informes de inteligencia: Sigrid Vey, capitana de la guardia de Skarde.
Y, entre ambos, estaba el príncipe Cael.
No tenía el aspecto que Isolde esperaba.
Las canciones lo describían como un guerrero enorme, cubierto de pieles y cicatrices, o como un muchacho hermoso y cruel que podía congelar una copa con la mirada.
El hombre frente a ella no era ninguna de las dos cosas.
Vestía de negro, sin adornos salvo un broche de plata en la garganta.
Era alto, sí, pero no tanto como los relatos decían, y llevaba el cabello oscuro en lugar del blanco casi mítico de los reyes del norte.
Lo que llamaba la atención eran sus ojos.
La quietud llamaba la atención por encima del color gris pálido. Cael miraba como si estuviera acostumbrado a que el mundo entero hablara antes de que él decidiera qué parte merecía ser escuchada.
Cuando Isolde entró, la atención de todos se concentró en ella. El príncipe no hizo una reverencia inmediata. Primero la observó con esa calma insoportable. Después inclinó la cabeza.
—Alteza —dijo.
Su acento era leve, más profundo que el de los emisarios de Skarde que había oído antes.
—Príncipe Cael.
No se miraron durante más de un segundo. Aun así, Isolde tuvo la extraña impresión de que él sabía que no había dormido.
Ardan empezó las presentaciones. Las palabras correctas, las fórmulas de cortesía, el deseo de que las antiguas treguas fueran base de nuevas colaboraciones. Isolde las habría recitado de memoria, pero aquel día escuchaba los huecos entre una frase y otra.
—Skarde lamenta lo ocurrido ayer durante el ritual —dijo Eirik Sorn—. Nuestros observadores informaron de una perturbación de fuego visible desde la muralla norte.
—Fue una revelación —respondió Telmor de inmediato—.
—Las revelaciones suelen depender de quién las cuenta —dijo Cael.
El salón quedó quieto.
Telmor sonrió con una cortesía tan afilada que Isolde casi pudo oírla.
—Quizá en Skarde se haya olvidado el idioma de la fe.
—En Skarde hemos descubierto que la fe no detiene una avalancha —respondió Cael—. Los hombres sí, si llegan a tiempo.
Varek carraspeó. Darian dio un paso leve, como si estuviera preparado para intervenir, pero Isolde habló antes.
—En Caleryon usamos las palabras para más cosas que cubrir un silencio incómodo, príncipe. Ayer ocurrió algo que todavía investigamos. No vamos a permitir que un incidente se convierta en pretexto para una acusación.
Cael volvió la mirada hacia ella.
—No he acusado a nadie.
—Todavía.
—Tampoco he venido a pedir permiso para preocuparme por una descarga de magia junto a una frontera ya tensa.
—La preocupación es muy cómoda cuando se trae con escolta.
Detrás de él, Sigrid Vey no se movió. Pero sus dedos descansaron más cerca del pomo de su espada.
Cael no pareció ofendido.
—Entonces coincidimos en algo. Yo también prefiero que los desconocidos armados expliquen por qué están cerca de los míos.
El comentario era tan razonable que Isolde lo odió un poco por ello.
—Basta —dijo Ardan, sin elevar la voz.
El rey miró a su hija primero y al príncipe después. Ambos inclinaron la cabeza, aunque Isolde tardó un latido más de lo correcto.
La conversación pasó a los convoyes, a la patrulla de Cendral y a la próxima reunión de Vayren. Eirik habló de mapas. Varek habló de inspecciones. Telmor habló de los peligros de la magia sin disciplina, lo que era una forma elegante de volver a mirar a Isolde sin nombrarla.
Cael no dijo casi nada.
Cuando lo hacía, era para pedir datos concretos: cuántos puestos habían sido abandonados, en qué fechas, cuánta sal habían perdido los convoyes, qué clase de marcas había en el suelo.
Las preguntas eran mejores que las de la mayoría del Consejo.
Isolde se dio cuenta con fastidio de que no podía decidir si aquello lo hacía más peligroso o menos.
Al terminar la audiencia, el mayordomo anunció que los invitados serían acompañados al patio de la fuente mientras preparaban el banquete. Ardan se retiró con Eirik y Varek. Telmor desapareció por otra puerta, probablemente para escribir una versión del encuentro en la que él hubiera ganado.
Darian se acercó a Isolde.
—Ha sido una entrada suave —murmuró.
—No he empezado yo.
—No he dicho que lo hicieras.
—Lo has pensado.
—He pensado que Cael parece tener el don de decir cosas razonables con una cara que provoca incendios.