Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 3 DOS CORONAS EN UNA MESA
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CAPÍTULO 3 DOS CORONAS EN UNA MESA

Las celebraciones siguieron sin Isolde.

Desde una ventana alta de la sala de curación, oía los tambores y las voces de la plaza como si pertenecieran a otra ciudad.

El médico real le había obligado a sentarse, le había tomado el pulso tres veces y había preguntado con una autoridad ofensiva si había ingerido «alguna sustancia de procedencia dudosa» antes de encender el brasero.

—Solo pan —respondió Isolde.

—¿Con qué?

—Miel.

—¿Y algo más?

—Frustración acumulada.

El médico, Ser Amon, no sonrió. Era un hombre tan delgado que parecía haber sido dibujado con una línea de tinta, pero tenía las manos tranquilas y la costumbre de tratar a los reyes como si fueran pacientes especialmente maleducados.

—La frustración no deja las pupilas así —dijo.

—¿Así cómo?

—Como si acabarais de mirar directamente al sol y el sol hubiera mirado de vuelta.

Isolde apartó la mano que él sostenía.

—¿Estoy enferma?

—No. Estáis agotada y habéis sufrido un choque de magia. Eso no es lo mismo.

—¿Qué es un choque de magia?

—Algo de lo que no estoy dispuesto a hablar hasta que Telmor deje de merodear como un cuervo en un cementerio.

El Sumo Incendiario estaba, efectivamente, detrás de la puerta. No lo veía, pero podía sentir la paciencia satisfecha con la que esperaba. Aelyn se había sentado junto a la ventana con los brazos cruzados. Cada pocos minutos miraba el pomo, como si estuviera valorando arrancarlo y usarlo de arma.

—Que entre —dijo Isolde.

—No —respondió Amon.

—Es el Sumo Incendiario.

—Y yo soy el médico real. Hoy ganamos por edad y por mal humor.

—Amon.

Él la miró por encima de unas gafas redondas.

—Alteza, no dejéis que nadie os convenza de que una experiencia que os ha asustado debe ser interpretada antes de que vos misma podáis nombrarla. Respira. Come algo. Luego podrá venir medio Consejo si insiste.

La sencillez de aquella defensa la dejó sin réplica.

El médico salió por una puerta lateral, dejando al otro lado del corredor a un guardia y a cualquier persona que creyera tener derecho a reclamarla. Aelyn esperó hasta que los pasos se perdieron.

—¿Qué viste? —preguntó.

Isolde observó el borde de la mesa, donde alguien había dejado una jarra de agua y una bandeja de higos. No quería hablar de aquello porque, si lo hacía, el recuerdo tendría que aceptar una forma. El vuelo. Las alas. La grieta. El rugido atravesándole los huesos.

—Un dragón —dijo al fin.

—Telmor ha dicho eso.

—Telmor dice muchas cosas con la esperanza de que alguien importante las convierta en verdad.

—¿Era Rheskan?

—No.

Aelyn no insistió. Esa era una de las formas en que quería a Isolde: no llenaba los silencios con preguntas para sentirse útil.

—Era más grande —continuó ella—. No sé cuánto. Como si no hubiese terminado de verlo. Volaba sobre la Cicatriz. Vi una grieta, o una cueva, y algo que descendía. Estaba asustado.

—¿El dragón?

—Furioso. Pero debajo de la furia... —Isolde buscó las palabras y no las encontró—. Era como si me conociera.

Aelyn se levantó despacio.

—Eso no tiene por qué significar que te conoce a ti. Quizá reconoce tu sangre.

—No quiero que mi sangre sea una respuesta a todo.

—Yo tampoco. Pero ahora mismo necesitamos saber qué han dicho en esa sala antes de que Telmor convierta una visión en una cadena.

La puerta se abrió sin que nadie llamara.

Darian entró primero, seguido por Ardan y, detrás de ellos, Telmor.

El sacerdote llevaba el mismo atuendo ceremonial, aunque sus mangas ya no parecían tan impecables.

Tenía una pequeña mancha de ceniza en el puño izquierdo.

Isolde se fijó en ella porque era más fácil que fijarse en sus ojos.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó su padre.

—Como si todos quisieran que responda algo que no sé.

Ardan hizo una pausa. Luego se sentó junto a la cama, no en la silla alta que un criado había preparado para él. Darian se quedó de pie detrás, al lado de Aelyn.

—Entonces nadie te obligará a responder hoy —dijo el rey.

Telmor carraspeó.

—Majestad, con el debido respeto, hay asuntos que no pueden esperar. La ciudad ha visto—

—La ciudad ha visto a mi hija caer de rodillas —lo cortó Ardan—. La ciudad no necesita más espectáculo.

El sacerdote endureció la boca. Isolde notó que Darian contenía el aliento.

—No se trata de espectáculo —dijo Telmor—. Los anales de la Casa Valarys mencionan resonancias semejantes. Muy pocas. La última hace más de doscientos años, cuando el último dragón de la llama respondió a la reina Ilyra.

Isolde levantó la vista.

—¿El último dragón de la llama?

—Ydrael —dijo Telmor.

El nombre no era familiar, pero al oírlo una vibración leve recorrió la base de su cuello. No dolor. Reconocimiento.

Telmor lo vio.

—Sí —murmuró, satisfecho—. Ese es el nombre.

—No hagáis eso —dijo Isolde.

—¿El qué?

—Mirarme como si acabara de convertirme en una página de vuestros libros.

El rostro del sacerdote se quedó inmóvil.

—No deseo reduciros a un texto, Alteza. Deseo evitar que os reduzcáis a un accidente. Ydrael es el primer dragón de fuego. El más antiguo de la estirpe.

—Los dragones son criaturas, no símbolos.

—Pueden ser ambas cosas.

—Eso es lo que decís quienes nunca han tenido que montar uno.

Una sonrisa mínima rozó la boca de Darian y desapareció al instante. Ardan, en cambio, miró a Telmor con un aviso claro.

—¿Qué más dicen esos anales?

El sacerdote apartó los ojos de Isolde.

—Que Ydrael se perdió cuando la Cicatriz se abrió por primera vez. Algunos creen que murió. Otros, que duerme bajo los pasos de la Marcha. Y que, si despertara, la persona que oyera su llamada tendría la responsabilidad de decidir qué clase de reino merece su fuego.

—Eso es una amenaza escrita con mejor caligrafía —dijo Aelyn—.

Telmor la ignoró.

—La corte debe ser informada.

—La corte ya ha visto suficiente —dijo Ardan—. No habrá anuncio. No habrá ceremonia adicional. En dos días partiremos a Vayren y allí se investigará con la discreción que este asunto exige.

Isolde no necesitó mirar a Darian para saber que él también había escuchado la coincidencia. Vayren. La ficha de obsidiana. La visión de la Cicatriz.

Telmor abrió la boca para protestar, pero el rey se puso de pie.

—Eso es todo.

El sacerdote se inclinó. Antes de salir, sus ojos volvieron a Isolde.

—Ydrael no llama por capricho, Alteza. Tened cuidado con lo que responda en vos.

Cuando la puerta se cerró, la habitación pareció recuperar aire.

—Quiero que mantengas esto lejos de la plaza —dijo Ardan a Darian—. Los rumores son inevitables. Las interpretaciones no.

—Me encargaré —respondió él.

—Y tú —el rey miró a Isolde— vas a descansar.

—Padre.

—No es una discusión.

—Nunca lo es contigo cuando estás asustado.

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Ardan no respondió enseguida. Parecía más viejo, con el enfado ausente.

—Tienes razón —dijo por fin—. Estoy asustado.

No se disculpó. No tenía que hacerlo. Después le besó la frente, rápido, y salió.

Darian esperó hasta que quedaron solos con Aelyn. Entonces se acercó a la mesa y cortó un higo en dos con la pequeña daga de fruta.

—Amon ha dicho que comas.

—Amon es un tirano.

—Amon tiene razón con mucha frecuencia. Es una cualidad insoportable.

Le ofreció una mitad. Isolde la aceptó.

—¿Crees que estoy conectada con un dragón perdido? —preguntó.

Darian se tomó su tiempo.

—Creo que has visto algo y que Telmor va a intentar convertirlo en una herramienta. Lo primero no puedo explicarlo. Lo segundo sí.

—No has respondido.

—Porque no quiero darte una certeza falsa solo para tranquilizarte.

Ella mordió el higo. Estaba demasiado dulce.

—Eso es casi una respuesta.

—Entonces quédate con esa.

Aelyn se alejó hacia la ventana. Estaba ofreciendo intimidad, pero también vigilaba el corredor en el reflejo del cristal.

Darian bajó la voz.

—La mujer de la plaza. ¿La viste?

Isolde se sobresaltó.

—¿Tú también?

—Vi la capa. Cuando intenté acercarme, desapareció entre la gente. Mis hombres preguntaron en los puestos; nadie recuerda haberla visto entrar.

—Llevaba el nudo de mi madre.

—Aelyn me lo ha contado.

Isolde dirigió a su amiga una mirada que habría sido de reproche si Aelyn no hubiera alzado ambas manos sin volverse.

—No le he contado lo de la ficha —dijo Aelyn—. Únicamente que una mujer te dejó una señal.

—Está bien —dijo Isolde.

Y lo estaba. Más de lo que esperaba. Darian no había usado la información para interrogarla ni para apoderarse de ella; solo había mandado buscar a una desconocida en medio de una plaza abarrotada.

—He encontrado otra cosa —continuó él—. La delegación de Skarde ha llegado antes de lo anunciado. No entrará en el palacio hasta mañana, pero sus emisarios están instalados en la Casa de Invierno, junto a la muralla norte.

—¿Cael está con ellos?

—No lo sé. El manifiesto no menciona su nombre.

La idea del príncipe de hielo en Caleryon le produjo una inquietud difícil de separar de la curiosidad. Le habían enseñado que Skarde y el fuego no compartían nada salvo el deseo de vigilarse. Ahora las voces del ala sur y la esfera azul empezaban a ensuciar esa certeza.

—¿Qué dice el manifiesto? —preguntó.

—Que vienen a honrar el Festival y a asegurar la paz de la Marcha.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que viene a hacer lo contrario.

Darian sonrió apenas.

—Es por eso que siempre hay que leer hasta los márgenes.

Isolde miró hacia el exterior. La plaza continuaba llena de gente. Desde allí no podía distinguir las caras, solo el movimiento de los colores, las banderas y el humo elevándose hacia un cielo limpio.

Ydrael.

El nombre volvió a su mente con la fuerza de una palabra que había estado esperando ser pronunciada. Por primera vez desde que su madre desapareció, una pista no le hablaba solo de pérdida. Le hablaba de algo vivo, escondido y herido en alguna parte del mundo.

No sabía si debía alegrarse o temerlo.

—Tengo que encontrar a esa mujer —dijo.

—Lo harás —respondió Darian—. Pero no hoy.

—No me gusta que me den órdenes.