CAPÍTULO 2 EL ALA SUR #2
La llevó por la galería de las fuentes, donde los naranjos crecían en grandes macetas de barro y el agua caía sobre un canal estrecho.
A esa hora no había nadie salvo dos jardineros en la otra punta.
Darian no le preguntó enseguida. Le habló de cosas pequeñas: de que Telmor había perdido una discusión con un escribano de diecinueve años, de que Rheskan había intentado comerse una bandera de la Casa Teravel, de que la cocina preparaba pastel de almendras para el almuerzo.
Isolde lo dejó hacer. A veces el alivio no era una gran declaración. A veces era que alguien te ofreciera un lugar donde el silencio no se volvía un interrogatorio.
—Voy a Vayren —dijo al fin.
Darian se detuvo.
—Lo imaginaba. Los preparativos se han puesto en marcha.
—¿Vendrás?
—Si tu padre lo aprueba, sí. Mi casa mantiene la ruta de suministros hasta la Marcha. Sería extraño que no enviara a alguien.
—Eso no es lo que he preguntado.
Él la miró. Esta vez no había sonrisa.
—Sí. Quiero ir.
La respuesta fue tan sencilla que a Isolde le costó no apoyarse en ella.
—Hay algo más —dijo.
Metió la mano en la manga y sacó la ficha, pero no se la entregó. Le mostró el borde, lo suficiente para que viera la obsidiana.
—Encontré esto en el ala sur. Tiene el nombre de Vayren.
La expresión de Darian se volvió atenta.
—¿Crees que está relacionado con tu madre?
—No lo sé. Anoche alguien la mencionó. Dijo que no me subestimaran.
—¿Quién?
—No los vi. Llevaban una luz de Skarde.
Darian apartó los ojos hacia las fuentes.
—No todo el que usa artefactos de hielo sirve a Skarde. Los comerciantes de la Marcha los venden desde hace años.
—¿Me estás diciendo que no me preocupe?
—Te estoy diciendo que no dejes que una pieza de información decida por ti lo que significa. Es lo que quieren quienes colocan pistas: que corras hacia la respuesta que han preparado.
Isolde lo observó. No sonaba a alguien que quisiera detenerla. Sonaba a alguien que conocía demasiado bien las trampas de palacio.
—Entonces ¿qué hago?
—Vamos a Vayren. Miramos. Escuchamos. Y no se lo contamos a nadie que no sea imprescindible.
—¿Eso te incluye a ti?
La pregunta fue una broma a medias. Darian no la trató como una.
—Únicamente si tú quieres que me incluya.
La necesidad de confiar en él fue tan fuerte que la asustó. Aun así, guardó la ficha.
—Quiero.
Él tomó su mano. Esta vez no fue un roce discreto. Los dedos de Darian se entrelazaron con los suyos y el contacto hizo que el ruido de las fuentes se volviera algo lejano.
—Entonces vamos a averiguar qué significa —dijo.
En la torre del este, una campana anunció la llegada de una nueva delegación a la ciudad.
El sonido se extendió por Caleryon, claro y brillante. Isolde no podía saber que, mientras las puertas se abrían para recibir invitados al Festival de las Brasas, alguien al otro lado de la muralla ya había empezado a decidir cuál de ellos merecía regresar a casa.
El Festival de las Brasas
Durante tres días, Caleryon fingió que la frontera no existía.
Las calles se llenaron de cintas rojas y naranjas.
Los panaderos hicieron tortas de miel con forma de alas y los niños competían por mantener una llama en la palma sin apagarla ni quemarse.
Los comerciantes sacaron el vidrio de las islas, el azafrán del sur y los cuchillos de hoja azul que nadie necesitaba.
El Festival de las Brasas celebraba la fundación de la ciudad y el primer dragón que aceptó una jinete Valarys.
También celebraba, sin decirlo, que la ciudad seguía viva.
Isolde avanzaba por la avenida real sobre Rheskan, que caminaba con una dignidad ofendida bajo las placas de cobre de su arnés. Aelyn cabalgaba a su lado, azul de la Casa Teravel, saludando a los vecinos por sus nombres.
—La florista pregunta si lo has cepillado —le dijo.
—Dile que se cepilla contra las paredes de la torre. Es una rutina exigente.
—No voy a transmitir eso.
—Cobarde.
—Política.
Darian iba cerca del rey, negro y rojo bajo el sol. Cuando sus ojos encontraron los de Isolde, se llevó dos dedos al corazón. No era un gesto de ceremonia. Ella respondió antes de pensar.
—Discreción impecable —murmuró Aelyn.
—Nadie ha visto nada.
—Tres fruteras ya han elegido el color de los manteles de vuestra boda.
La comitiva llegó a la Plaza de las Llamas. El brasero ceremonial, enorme y circular, ocupaba el centro. Rheskan quedó atrás con sus cuidadores, fingiendo que el mundo entero se había reunido para admirarlo.
El rey habló de cosechas, gremios, soldados y paz. No prometió que no hubiera peligro; prometió que Caleryon no se escondería cada vez que el norte hiciera ruido. Cuando llamó a Isolde, ella subió a la plataforma con la corona de cobre pesándole más de lo habitual.
Telmor le entregó la varilla encendida.
—¿Qué se guarda en la brasa? —preguntó para toda la plaza.
—La memoria del fuego.
—¿Y qué se debe al fuego?
—Medida. Cuidado. Propósito.
—¿Y qué recibe quien lo emplea sin ellos?
La respuesta siempre le había parecido demasiado cruel para una fiesta.
—Recibe aquello que ha querido entregar: ruina.
Isolde acercó la llama a la leña. El brasero prendió de inmediato, azul, naranja y luego oro. La plaza vitoreó. Rheskan rugió con impaciencia.
Entonces el centro del fuego se volvió blanco.
La varilla ardió en su mano sin quemarla.
Una presión le atravesó el pecho y el ruido de la gente se alejó.
Por un instante no estuvo en la plaza. Volaba sobre unas alas inmensas, calientes y desconocidas.
Bajo ella, la Cicatriz era una hilera de dientes negros; algo descendía hacia una grieta encendida.
Sintió un corazón lento, una furia sin nombre y un rugido que no se oyó con los oídos.
El vínculo se cortó.
Isolde cayó de rodillas. Darian llegó primero y se detuvo a un palmo de tocarla.
—Estoy bien —mintió ella, buscando su brazo.
Telmor miraba las llamas como si le hubieran hablado.
—Una resonancia —dijo—. La sangre antigua ha respondido.
—¿A qué? —preguntó Aelyn.
El sacerdote levantó los ojos.
—A un dragón.
Ardan bajó de la plataforma. Rheskan gruñía detrás de los cuidadores, alas abiertas.
—No aquí —ordenó el rey.
Isolde se puso de pie. La plaza entera observaba, esperando que alguien decidiera qué clase de prodigio acababan de presenciar. Si se retiraba, Telmor lo explicaría por ella. Caminó hasta el borde de la plataforma.
—Caleryon —dijo. Le temblaban las manos, no la voz—. El fuego ha respondido porque está vivo. Los rumores de la frontera no nos enseñarán a arrodillarnos antes de que el peligro llegue.
Era una verdad que necesitaba oír ella misma. El aplauso comenzó con una persona y se convirtió en una ola. Los tambores recuperaron el ritmo. Rheskan rugió por encima de todos.
Al otro lado de los guardias, Isolde vio a una mujer encapuchada. No distinguió su rostro. Únicamente la mano que alzó antes de desaparecer entre la multitud.
En la palma llevaba dibujado, con ceniza, el nudo ashai de guardar.