Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 2 EL ALA SUR
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CAPÍTULO 2 EL ALA SUR

Isolde no durmió.

Lo intentó. Se tumbó sin desvestirse del todo, con la ficha de obsidiana escondida bajo la almohada y la lámpara apagada.

Contó las campanadas de las torres, los pasos de la guardia nocturna, los cambios de viento contra los cristales.

Cada vez que cerraba los ojos veía la esfera azul en el ala sur y escuchaba la voz de aquel hombre: No subestimes a la hija de Maelia.

Al amanecer había decidido tres cosas.

La primera: no contaría a nadie lo de la ficha hasta saber qué significaba.

La segunda: incluiría Vayren en cualquier conversación que pudiera acercarla a la fortaleza sin que pareciera que estaba siguiendo una pista.

La tercera: pediría a Aelyn que no volviera a convencerla de hacer algo sensato, porque no estaba segura de poder soportarlo.

—No puedo prometerte eso —dijo Aelyn cuando Isolde se lo comunicó sobre una mesa llena de pan, fruta y dos tazas de té ya frío—. Mi familia me educó para administrar tierras, leer contratos y evitar que tú murieras en lugares absurdos. Si renuncio a lo último, desperdicio una educación carísima.

—No iba a morir en el ala sur.

—Había dos hombres buscándote a ti o buscando algo que tú conoces. Uno llevaba una luz de Skarde dentro de una esfera. Podría haber sido una cosa peor que morir.

Isolde levantó los ojos.

—Eso no tranquiliza nada.

—No era mi intención.

La ficha descansaba entre ellas, cubierta por una servilleta. Aelyn había dibujado en un cuaderno la cadena montañosa y la línea vertical, comparándola con los símbolos que recordaba de los mapas de Vayren.

—Podría ser una torre —dijo—. O una frontera. O un sendero.

—O una línea en medio de unas montañas.

—Gracias por tu aportación técnico-estratégica.

—Siempre ayudo.

La puerta se abrió antes de que Aelyn pudiera responder. Esta vez fue un guardia de la Cámara Interior, no un paje. Traía una expresión tan rígida que Isolde se incorporó de inmediato.

—Su Majestad os espera en la sala de las vidrieras, Alteza. A solas.

Aelyn y ella intercambiaron una mirada.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Isolde.

—No se me ha informado.

Eso significaba que el guardia sabía algo o que el rey no quería que nadie tuviera oportunidad de inventarlo. Ninguna de las dos opciones era buena.

Isolde cubrió la ficha con la palma.

—Guárdala —murmuró Aelyn.

No hacía falta pedirlo. Se la metió en la manga interior, donde el borde duro rozó su muñeca. Después siguió al guardia a través del ala privada del palacio.

La sala de las vidrieras había sido una capilla antes de que los Valarys convirtieran el alcázar en residencia real.

Conservaba el techo alto, los bancos retirados contra las paredes y cinco ventanales que teñían el suelo de colores a cualquier hora del día.

Las vidrieras representaban a los primeros jinetes de dragón.

Armas alzadas, llamas dóciles, rostros hechos para sobrevivir siglos sin una sola duda.

Ardan estaba de espaldas a la puerta.

No llevaba corona. Vestía un uniforme oscuro de campaña, sin bordados, y tenía las manos unidas detrás de la espalda. La luz roja de la vidriera le cruzaba los hombros como una herida.

—Gracias por venir —dijo sin girarse.

—Me han dicho que era una orden.

—Entonces gracias por obedecer una orden.

Isolde se quedó junto a la puerta. Con su padre, el silencio nunca era vacío. Se llenaba de todo lo que ninguno de los dos sabía cómo decir sin estropearlo.

Al cabo de un momento, él se volvió.

—¿Qué estabas haciendo anoche en el ala sur?

La pregunta no llevaba rabia. Llevaba cansancio.

Isolde no tuvo tiempo de fingir sorpresa.

—¿Me han seguido?

—No. Pero uno de los guardias encontró la puerta de hierro mal cerrada. Sabe que te vio entrar con Aelyn. Me lo ha contado antes de que Telmor descubra algo que pueda convertir en un asunto de Estado.

—No estábamos haciendo nada ilegal.

Ardan exhaló por la nariz.

—Eres heredera. Tu vida entera está llena de cosas que no son ilegales y aun así pueden usarse contra ti.

—Eso no responde a mi pregunta.

—¿Cuál?

—¿Por qué cerraste el ala sur después de que Edran me hablara de mamá?

El rey no se movió. Su rostro no reveló nada, pero Isolde conocía la forma en que sus dedos se cerraban cuando una respuesta le costaba.

—Edran cometió una imprudencia.

—Edran murió.

—Edran era un buen soldado y su muerte fue una desgracia.

—¿Fue una avalancha?

La pregunta cayó entre los dos con el peso de algo que ya no podía recogerse.

Ardan se acercó hasta quedar a pocos pasos de ella.

—¿Quién te ha hablado de eso?

—Nadie. Yo estaba allí. Me dijo que mamá había dejado algo en el ala sur. Dijo que había discutido contigo la noche que desapareció. Tú sabías que yo tenía preguntas y lo cerraste todo.

—Eras una niña.

—Tenía dieciséis años.

—Eras mi niña.

El título, pronunciado así, hizo más daño que si hubiera levantado la voz. Isolde apretó los brazos contra el cuerpo.

—No puedes seguir usando eso para decidir qué verdades puedo soportar.

La expresión de Ardan cambió. No a enfado. A una tristeza que ella habría preferido no ver.

—No. No puedo. Y aun así cada vez que miro la forma en que te lanzas hacia lo desconocido, recuerdo la última vez que alguien a quien amaba creyó que podía ir sola contra aquello que la esperaba.

—Mamá no se fue porque yo le pidiera que lo hiciera.

—Lo sé.

—Entonces no me castigues por su ausencia.

El rey cerró los ojos un instante.

La culpa se mezcló con la rabia dentro de Isolde, pero ninguna de las dos alcanzó a deshacer la frase. Era cierta. También era injusta. Eso era lo que la hacía imposible de retirar.

—No quiero castigarte —dijo Ardan, más bajo—. Quiero que sobrevivas a las respuestas que estás buscando.

—¿Qué significa eso?

—Significa que no todo lo que ocurrió entonces puede explicarse todavía.

—¿Todavía? Han pasado nueve años.

—Y hay personas que se han beneficiado nueve años de que nadie haga las preguntas correctas.

Por un segundo, el aliento se le detuvo.

—¿Crees que mamá está viva?

Ardan no contestó.

Era peor.

Isolde dio un paso hacia él.

—Padre.

—No puedo darte una certeza que no tengo.

—Entonces dame todo lo demás.

El rey miró hacia las vidrieras. La imagen de una mujer antigua montada en un dragón le atravesaba la cara con bandas de fuego.

—Tu madre encontró algo en la Marcha. Algo relacionado con viejos pactos que las Casas preferían creer enterrados. Me dijo que necesitaba comprobar una señal. Le pedí que esperara, que lleváramos soldados. No quiso. Dijo que si alguien sabía que estaba buscando, pondría a todos en peligro.

—¿Y la dejaste ir?

—La amaba. No era mi prisionera.

Las palabras la desarmaron. Isolde había imaginado tantas veces una versión en la que Ardan era culpable de no detenerla que no había considerado la otra: una en la que su padre había entendido que amar a Maelia incluía no encerrarla para calmar su propio miedo.

—¿Qué encontró? —preguntó.

—No lo sé. Su mensaje final no llegó a mis manos. Interceptaron la ruta.

—¿Quién?

—No lo sabemos.

—Eso es lo que siempre dices.

—Porque es verdad. Porque un rey no puede acusar a la mitad de su Consejo basándose en una sospecha y porque, cuando intenté averiguar quién movía ciertas piezas, la gente desapareció o dejó de hablar.

Isolde sintió la ficha contra la muñeca. Vayren. El ala sur. La voz que decía que no la subestimaran.

—¿Por qué no me contaste esto?

—Porque no quería que heredases una guerra que no habías empezado.

—Soy la heredera. Heredo todo.

Ardan la miró por fin con toda la intensidad de un padre y un rey a la vez.

—No. Heredas lo que puedas cambiar. No tus cadenas.

Ella quiso creerlo. Quiso dejar la ficha donde estaba y aceptar que su padre había hecho lo que pudo. Pero las cadenas no desaparecían porque una persona buena decidiera que no debían existir.

—¿Qué querías decirme hoy? —preguntó.

La pregunta pareció devolverle a la sala.

—Vayren ha enviado una petición formal. El Consejo de la Marcha quiere que acudas al Festival de las Brasas y después a las conversaciones de frontera. Como heredera de Caleryon.

Isolde mantuvo el rostro quieto.

—¿Cuándo?

—Partiremos dentro de cinco días.

Partiremos. No partirás. Ardan pensaba ir con ella.

—¿Y los mensajeros de Skarde?

—Su delegación también estará en Vayren.

El nombre del príncipe Cael regresó a su cabeza.

Nunca lo había visto de cerca, aunque conocía bien las historias: el hijo menor de Halvar, educado en las fortalezas del norte, famoso por ganar discusiones sin levantar la voz y duelos sin una sola herida aparente.

Las canciones de taberna lo convertían en monstruo o en santo dependiendo de quién pagara la ronda.

Isolde no confiaba en canciones de taberna.

—¿Quieres que vaya porque soy heredera o porque quieres tenerme vigilada? —preguntó.

La boca de Ardan se curvó apenas, sin humor.

—Ambas cosas pueden ser verdad.

—Eso no me gusta.

—A mí tampoco.

El rey se acercó y apoyó una mano en su mejilla, igual que había hecho Darian unas horas antes, pero con un peso distinto. No buscaba permiso. Buscaba recordar. Isolde se quedó inmóvil.

—No vayas al ala sur otra vez sin decírmelo —dijo.

—No puedo prometerte eso.

Ardan soltó una risa rota.

—Eres demasiado parecida a ella.

—Eso depende del día. A veces parece que nadie sabe si es un halago o una amenaza.

—Para mí siempre ha sido ambas cosas.

Se abrazaron entonces, rápido, torpe, con la conciencia de que aún quedaban preguntas. Cuando Ardan la dejó marchar, Isolde entendió que no había ganado una respuesta. Únicamente había conseguido que la puerta dejara de estar completamente cerrada.

En el corredor la esperaba Darian.

No fingió sorpresa. Quizá había sido enviado a buscarla. Quizá estaba allí por otra razón. Llevaba una espada de práctica al cinto y el cabello, normalmente ordenado, se le había soltado sobre la frente.

—¿Ha ido mal? —preguntó.

Isolde pensó en responder que no. Estaba cansada de esa palabra.

—No sé.

Él asintió como si esa fuera una respuesta suficiente.

—¿Quieres caminar?

—¿A dónde?

—A un sitio donde nadie nos pregunte a dónde vamos.