CAPÍTULO 1 LAS ALAS DEL PATIO #4
La culpa la rozó, discreta y conocida. Ardan había hecho todo lo que sabía para estar presente.
Aprendió a trenzarle el pelo después de la desaparición de Maelia, aunque lo hacía fatal.
Se había sentado fuera de su puerta cuando Isolde despertaba gritando.
Le había conseguido los mejores maestros de espada de la corte y discutido con el Consejo para que la admitieran en los entrenamientos de la Marcha.
Pero también había levantado muros donde antes había respuestas.
—Iremos esta noche —dijo Aelyn.
Isolde la miró.
—¿Sin guardias?
—Sin guardias. Pero no sin ayuda. Conozco una forma de entrar por la cocina y coger las llaves del almacén. Si alguien nos ve, diremos que estás buscando a Rheskan.
—¿Y si nos pregunta por qué Rheskan cabe en un establo abandonado?
—Diremos que la familia real no comparte información táctica con cualquiera.
—Eso sí ha sonado a heredera.
—Estoy aprendiendo de la mejor.
La tarde se volvió insoportablemente lenta.
Lysandra llegó con los vestidos y con una escolta de alfileres. Era una mujer de cabello plateado, mentón firme y capacidad sobrenatural para saber cuándo Isolde estaba pensando en huir por una ventana.
—No os mováis —ordenó mientras ajustaba el tejido verde bajo sus brazos—. Si os movéis, pincharé a la persona equivocada y tendré que repetirlo.
—¿Me estáis amenazando?
—Os estoy dando una explicación estadística.
—A mí me parece una amenaza —dijo Aelyn desde un sillón.
—A vos no os he preguntado, señorita Teravel.
—Por eso respondo tan libremente.
Lysandra las ignoró con la grandeza de quien considera que responder sería rebajarse.
Habló de bordados, de invitados del Festival, de la necesidad de que Isolde usara oro en lugar de rojo porque «el rojo es un grito y lo que necesita la ciudad es una promesa».
Isolde escuchaba lo justo. Tenía la nota escondida en la manga.
Cada vez que el vestido rozaba su muñeca, sentía el borde del papel como una quemadura.
—¿Os ocurre algo? —preguntó Lysandra de pronto.
—No.
—Bien. Porque cuando os ocurre algo, tendéis a conseguir una herida nueva o una discusión internacional. Y este vestido no está hecho para ninguna de las dos cosas.
—Lo tendré en cuenta.
La condesa se quedó quieta. La miró con demasiada atención.
—Vuestra madre decía lo mismo antes de hacer exactamente lo contrario.
El comentario habría pasado por casual si no hubiera llegado justo entonces.
Isolde tragó la pregunta. La nota decía que no preguntara en voz alta.
—¿La conocíais bien? —consiguió decir.
Lysandra no apartó los ojos de ella.
—Lo suficiente para saber que las personas que amamos no siempre nos cuentan todo para protegernos. Y lo suficiente para saber que a veces se equivocan al hacerlo.
—Eso no responde a nada.
—No pretendía responder.
Lysandra ajustó el último alfiler y se apartó.
—El vestido estará listo mañana. No lo ensuciéis antes de que el sol se ponga, por una vez.
Cuando salió, Aelyn esperó tres latidos antes de hablar.
—Ella sabe algo.
—Todo el mundo sabe algo menos yo.
—No. Todo el mundo sabe una parte distinta y se ha convencido de que tener una parte les permite decidir quién merece el resto.
—Eso es casi tan irritante como una amenaza de alfileres.
—Lysandra no amenaza. Lysandra anticipa consecuencias.
Isolde no consiguió reír. Se miró en el espejo alto de la habitación.
El vestido verde le hacía los ojos más dorados, y el pelo, todavía rebelde a pesar de los intentos de una doncella, le caía sobre los hombros con un orden que no reconocía.
Parecía una heredera. Una que sabía qué hacer en los salones, qué palabras pronunciar, qué sonrisa ofrecer a los enviados extranjeros.
No parecía una mujer que planeaba colarse por los pasillos viejos para buscar un secreto que quizá la estaba esperando desde hacía nueve años.
Al caer la noche, esperaron hasta que los corredores se vaciaron.
Aelyn apareció en la puerta vestida con pantalones oscuros, una capa sin emblemas y una expresión de triunfo.
—¿Qué has robado? —preguntó Isolde.
—Qué feo usar esa palabra. He pedido prestadas unas llaves que una cocinera tenía mal guardadas.
—¿Y cómo has conseguido que estén mal guardadas?
—Le he dicho que el ayudante de bodegas estaba hablando mal de sus pasteles de cebolla.
—Eso es cruel.
—Eso es eficiente. Vamos.
Recorrieron el palacio por corredores de servicio, escaleras estrechas y un tramo de galería exterior donde el viento les obligó a pegarse al muro. La noche estaba limpia. Desde los patios llegaba el ruido de las rondas de guardia y el sonido distante de Rheskan moviéndose en su recinto.
Al llegar a la cocina, Aelyn distrajo a un ayudante de guardia con una pregunta absurda sobre los suministros del Festival.
Isolde se deslizó tras ella, cogieron la llave del gancho señalado y salieron antes de que nadie notara que dos mujeres de la corte no tenían ningún motivo para estar cerca de las despensas a esas horas.
El ala sur comenzaba después de un pasadizo cerrado por una puerta de hierro. La llave giró con dificultad. Cuando la hoja se abrió, un olor a humedad y paja vieja salió a recibirlas.
—Sigue siendo desagradable —dijo Aelyn.
—La última vez era más desagradable.
—Eso no es tranquilizador.
Avanzaron con una lámpara pequeña entre las dos. Las antiguas cuadras estaban vacías, excepto por cajas rotas, herramientas cubiertas de polvo y telarañas que se pegaban a la cara como dedos. El lugar Parecía evitado, lejos de abandonado de manera natural.
Isolde recorrió el pasillo hasta el tercer compartimento de la izquierda.
—Aquí.
La pared del fondo conservaba la grieta que recordaba. Edran había sacado de ella una piedra negra, pulida, del tamaño de una palma. Isolde la había guardado en un cofre de su habitación durante años hasta que una noche encontró el cofre abierto y la piedra desaparecida.
—¿Qué había? —preguntó Aelyn.
—Una caja de hierro. Una piedra. Nada dentro de la caja.
—No suena a nada.
—No lo era. Pero Edran dijo que era una llave.
—¿Una llave de qué?
—No lo sé.
Aelyn levantó la lámpara y examinó los ladrillos. Había empezado a sacar uno cuando un crujido llegó desde el pasillo.
Las dos se quedaron inmóviles.
No fue el edificio. Isolde conocía el sonido de la madera que se contrae con el frío y de las vigas que protestan por costumbre. Aquello había sido una bota sobre paja.
Aelyn apagó la lámpara con dos dedos.
La oscuridad las envolvió.
Isolde llevó la mano a la daga que ocultaba en la bota. Notó a Aelyn a su lado, respirando una vez, despacio. El pasillo estaba negro, pero una línea de luz se filtraba bajo la puerta del ala sur. Alguien la había abierto.
Una figura cruzó delante del compartimento.
No llevaba lámpara. Únicamente una brasa azul encerrada en una esfera de cristal, luz de Skarde. El resplandor levantó un perfil de hombros anchos y capa larga.
Isolde apretó la empuñadura de la daga.
La figura se detuvo frente a la grieta de la pared.
—No está aquí —dijo una voz baja.
No reconoció al hombre.
Otra voz respondió desde el pasillo, demasiado lejos para que las palabras llegaran claras.
—Entonces tendremos que encontrar a quien se la llevó.
El primer hombre dejó escapar un sonido seco.
—La chica no sabe lo que tiene.
El pulso de Isolde golpeó con fuerza en sus oídos.
—No subestimes a la hija de Maelia —dijo la segunda voz—. Ese fue el error de todos la primera vez.
Los pasos se alejaron.
Ninguna de las dos se movió hasta que la puerta de hierro se cerró otra vez.
Aelyn encendió la lámpara. Tenía la piel pálida, pero la mano no le temblaba.
—Bueno —susurró—. Parece que ya no somos las únicas que buscan una llave.
Isolde se arrodilló ante la pared rota.
La grieta parecía igual que en su recuerdo, pero al pasar los dedos por el borde notó una irregularidad que antes no estaba allí. Una marca diminuta, hecha con ceniza mezclada con aceite. El mismo nudo ashai de la flor.
Guardar.
Siguió la línea de ladrillos hasta encontrar uno que cedió bajo la presión de su pulgar. No salió una caja. Salió un fragmento de cerámica, envuelto en tela encerada.
Isolde lo desenvolvió con cuidado.
Era una ficha de obsidiana. En una cara llevaba grabado el emblema de la Casa Valarys: una llama de cinco puntas. En la otra, una cadena montañosa atravesada por una sola línea vertical.
Debajo, apenas visible, había una palabra.
Vayren.
—¿Es de tu madre? —preguntó Aelyn.
Isolde recordó las voces, la esfera de luz azul, la frase sobre la hija de Maelia. Quiso decir que no sabía nada. Quiso decir que era una coincidencia. La palabra tenía demasiado peso para permitirle fingir.
—No lo sé —dijo—. Pero alguien cree que sí.
Guardó la ficha en el interior de la capa.
En el camino de vuelta no hablaron. El palacio parecía más estrecho que antes. Cada sombra podía ocultar una voz. Cada puerta cerrada podía ser una decisión tomada años atrás sin contar con ella.
Al llegar a su habitación, Isolde se quitó la capa y dejó la ficha sobre la mesa.
Vayren.
El Festival de las Brasas se celebraría en tres días. Después, la Corte enviaría una delegación a la fortaleza compartida de la Marcha para comprobar las acusaciones de frontera.
La pista de su madre estaba en el mismo lugar al que el reino empezaba a mirar con miedo.
Y alguien, en algún rincón del palacio, acababa de descubrir que ella también había vuelto a mirar.
* * *