CAPÍTULO 1 LAS ALAS DEL PATIO #3
—¿Esa es tu gran preocupación después de una posible crisis fronteriza?
—No. Mi gran preocupación es la posible crisis fronteriza. Mi preocupación inmediata es que llevas ceniza en el pelo, has discutido con Telmor y te has pasado cuarenta minutos sobre un dragón que piensa que los hombres son un aperitivo. Necesitas comer.
—Rheskan no piensa eso.
—Rheskan me miró una vez durante una comida y tuve que cambiar de chaqueta.
La imagen era tan absurda que Isolde sonrió.
Darian se acercó un paso. No la tocó. Nunca lo hacía en palacio sin asegurarse primero de que ella estaba de acuerdo, una atención que parecía pequeña hasta que una vivía rodeada de gente que tomaba decisiones sobre su cuerpo, su tiempo y su futuro sin preguntarle.
—¿Qué ha pasado? —dijo él.
La pregunta perdió todo rastro de broma.
Isolde apartó la vista.
—Nada.
—Eso es mentira.
—He soñado con mi madre. No es una novedad.
—No, pero la cara que pones después sí suele serlo.
No tenía una respuesta para eso. Darian esperaba. No exigía. La paciencia era una forma de cariño que Isolde había aprendido a reconocer tarde.
—En el sueño me decía que no la siguiera —dijo finalmente—. Lo cual es una mejora respecto a que se marche sin decir nada.
La mano de Darian se levantó, despacio, hasta rozarle una mancha de ceniza cerca de la sien. El contacto fue tan ligero que podría haber sido accidental. No lo fue.
—Quizá no te pedía que dejaras de buscarla —dijo—. Quizá quería que llegaras viva cuando la encontraras.
El corazón de Isolde hizo algo inoportuno y pequeño.
—Eso suena muy sabio para alguien que sigue intentando que Telmor no beba vino antes del mediodía.
—Es el deber más peligroso de la Corona.
—¿De mi Corona o de la tuya?
La expresión de Darian cambió solo un instante. Un pliegue de sombra, una pregunta que no llegó a formar palabras.
Después sonrió.
—La que tú me permitas proteger.
Isolde quiso contestar algo ingenioso. Aelyn carraspeó desde la mesa, con una contundencia que habría hecho retroceder a un soldado.
—Si ya habéis terminado de miraros como si no hubiera una frontera a punto de incendiarse, necesito a Isolde en sus habitaciones. Lysandra ha enviado tres vestidos y una amenaza escrita a mano.
Darian retrocedió, divertido.
—La condesa siempre vence.
—Eso es porque usa seda como arma —dijo Aelyn.
Isolde se dirigió a la puerta, pero antes de cruzarla se volvió. Darian estaba junto al mapa de Cendral, con una mano apoyada cerca de la ficha negra. La luz de la ventana le dejaba el rostro a medias en sombra.
—Darian.
Él levantó los ojos.
—Ten cuidado con las patrullas.
La sonrisa no le llegó del todo a la mirada.
—Siempre.
Fue una palabra sencilla. Isolde la guardó como si lo fuera.
No sabía entonces que las promesas más peligrosas son las que se pronuncian sin que nadie te obligue.
* * *
El ala sur
La amenaza de la condesa Lysandra resultó ser un vestido verde oscuro, dos doncellas con expresión resignada y una nota escrita con tinta violeta.
Si llegas al ensayo del Festival con botas de montar, haré que anuncien tu llegada como si fueras una mula de carga.
Isolde leyó la frase sentada en el borde de la cama y la volvió a leer para asegurarse de que la letra minúscula y afilada no escondía una segunda ofensa.
—Es capaz de hacerlo —dijo Aelyn, que estaba junto a la ventana revisando una pila de invitaciones—. Y lo peor es que los músicos obedecerían.
—Los músicos me quieren.
—Los músicos quieren comer. Lysandra controla el presupuesto del Festival.
Isolde dejó caer la nota sobre el colchón.
—Estoy rodeada de tiranos.
—Eres la heredera de Caleryon. Te rodea gente que lleva años practicando para sobrevivir a los tiranos.
La respuesta llegó con tanta serenidad que Isolde se quedó mirándola.
—¿Has desayunado tú? Estás especialmente insoportable.
—He desayunado, he contestado cuatro invitaciones, he conseguido que el sastre no te hiciera un escote hasta el ombligo y he mandado a un criado a buscar información sobre los convoyes. Mi día está siendo mejor que el tuyo por razones que prefiero no analizar.
La habitación de Isolde ocupaba la esquina más alta del ala de la heredera.
Tenía paredes de piedra clara, una chimenea demasiado grande y un balcón desde el que se veían los patios de vuelo.
Por tradición, ninguna princesa de la Casa Valarys heredaba una habitación que no tuviera vista hacia el lugar donde dormían los dragones.
Era un gesto antiguo, grandioso y ligeramente absurdo: a Isolde le parecía que una heredera merecía al menos una buena alarma cuando las criaturas decidían discutir.
Rheskan, abajo, acababa de demostrarlo con un rugido que hizo vibrar los cristales.
—Te está llamando —dijo Aelyn.
—Me está reprochando haberlo abandonado con carne suficiente para alimentar a una compañía entera.
—Entonces os entendéis mejor de lo que creía.
Isolde abrió la boca para contestar, pero alguien llamó a la puerta.
No fue uno de los golpes suaves del servicio. Fueron dos toques secos y un tercero más espaciado, como si la persona al otro lado quisiera que supieran que no estaba allí por accidente.
—¿Quién es? —preguntó Aelyn.
—Un paje, mi señora.
Isolde se levantó.
El muchacho que esperaba fuera tendría unos doce años. Llevaba el uniforme rojo de los mensajeros de palacio y sostenía una bandeja pequeña. Sobre ella descansaba una sola flor de ceniza, gris y quebradiza, junto a una tira de papel doblada.
—¿De parte de quién? —preguntó Isolde.
El niño tragó saliva.
—No lo sé, Alteza. Estaba en la hornacina del corredor. Me han dicho que os lo trajera.
Aelyn miró la bandeja con el interés que otras personas reservaban para las serpientes.
—¿Quién te ha dicho?
—El señor de la puerta norte. Dijo que era para la heredera.
—¿Y quién lo dejó en la hornacina?
El paje pareció debatirse entre decir la verdad y no meterse nunca más en asuntos de nobles.
—No lo vi.
Isolde tomó la tira de papel. No olía a perfume ni a incienso. Únicamente a humo frío.
La nota tenía cuatro palabras.
No preguntes en voz alta.
El corazón le dio un golpe demasiado fuerte.
Aelyn leyó por encima de su hombro y extendió la mano para coger la flor. No llegó a tocarla. Isolde cerró los dedos sobre el papel.
—Gracias —dijo al paje.
El niño hizo una reverencia desmañada y se marchó con la rapidez de quien espera sobrevivir a la mañana.
Cuando la puerta se cerró, Aelyn volvió la bandeja del revés sobre la mesa. La flor cayó sin romperse. En el tallo había una cinta estrecha, ennegrecida por el fuego, que Isolde reconoció antes de entender por qué.
Era un nudo ashai.
Su madre los hacía en las empuñaduras de las dagas, en las correas de las alforjas, incluso en los cordones de las botas.
Decía que cada nudo debía recordar una promesa: volver, guardar, perdonar, luchar.
De niña, Isolde se había aprendido las formas por orgullo.
De mayor, había intentado olvidarlas porque saberlas no traía de vuelta a nadie.
El de aquella cinta era el nudo de guardar.
—¿Sabes quién lo ha enviado? —preguntó Aelyn.
Isolde negó despacio.
—Pero sé que no se usa por casualidad.
—Podría ser cualquiera que quiera que lo creas.
—Sí.
—¿Y vas a hacer lo prudente?
Isolde levantó la vista.
Aelyn cerró los ojos un instante.
—Lo sabía.
—No he dicho nada.
—No hace falta. Pones la misma cara que cuando tenías trece años y decidiste que podías atravesar la muralla oeste con una cuerda de tender ropa.
—La atravesé.
—Te quedaste colgada de una gárgola hasta que el capitán de guardia te bajó.
—Técnicamente, salí de los muros.
—Técnicamente, el capitán tuvo que mentirle al rey para que no te castigara un mes entero.
La memoria les arrancó a ambas una sonrisa breve. Después la flor de ceniza volvió a ocupar todo el espacio.
—No quiero ir sola —dijo Isolde.
La sinceridad sorprendió a Aelyn más que cualquier desafío.
—Eso es una mejora. ¿Adónde?
—No lo sé todavía. Pero alguien conoce las señales de mi madre y quiere que deje de preguntar delante de la Corte.
—Quizá porque piensa responderte.
—O quizá porque quiere llevarme a una trampa.
—Esa es la parte que me alegra oír.
—No te alegra nada.
—Me alegra que por una vez no confundas valor con falta de imaginación.
Isolde enrolló la cinta entre dos dedos. El nudo era pequeño. Perfecto. Había tardado menos de un minuto en abrir una puerta que ella se había pasado nueve años intentando no mirar.
—La pista del ala sur —murmuró.
Aelyn se volvió.
—¿Qué?
—Cuando tenía dieciséis años, el instructor Edran me dijo que conocía a mi madre. Me citó en los establos viejos del ala sur. Me habló de una discusión que tuvo con mi padre la noche en que se fue y de algo que dejó escondido allí.
—¿Y qué encontraste?
Isolde tardó en contestar.
—Nada. O eso pensé. Una piedra negra, una caja vacía y una pared rota. Edran dijo que no entendía qué buscábamos. Al día siguiente lo enviaron a una patrulla y no volvió. Dijeron que cayó en una avalancha.
El azul de los ojos de Aelyn se oscureció.
—Nunca me contaste lo de Edran.
—No quise que pareciera importante.
—Isolde, un hombre te cita en secreto, menciona a tu madre y muere al día siguiente. Parece importante incluso si eres tú y estás intentando convencerte de que no.
—No murió al día siguiente. Murió tres días después.
—Eso cambia todo.
Isolde se dejó caer otra vez sobre la cama. Aelyn se sentó a su lado.
—¿Por qué no dijiste nada a tu padre?
—Porque él se enfadó cuando le pregunté por Edran. Más de lo normal. Me dijo que dejar de hurgar en historias viejas era lo único sensato que podía hacer. Después mandó cerrar el ala sur durante meses.
—Tu padre tenía miedo.
—Mi padre tiene miedo de muchas cosas desde que ella se fue.
—No lo digo como reproche.
—Yo tampoco debería decirlo así.