Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 1 LAS ALAS DEL PATIO #2
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CAPÍTULO 1 LAS ALAS DEL PATIO #2

El nombre de Darian seguía flotando en el aire cuando cruzaron el patio.

Isolde no quiso examinar por qué. Había aprendido que algunas cosas se estropeaban en cuanto se les pedía una definición.

Darian era facilidad. Era una voz que no le exigía convertirse en símbolo cada vez que entraba en una habitación.

Era la única persona, aparte de Aelyn, que sabía cuándo una sonrisa suya no significaba que estuviera bien.

También era el heredero de la Casa Rhyne, una de las familias más antiguas de Caleryon, y eso complicaba incluso el modo en que podía gustarle alguien.

—Por cierto —dijo Aelyn mientras subían los escalones de mármol—, he interceptado tres notas esta mañana.

—¿Tres?

—Dos eran del sastre. La tercera de la condesa Lysandra, que considera que una heredera con ceniza en el pelo es una amenaza para el orden natural.

Isolde se pasó una mano por el moño deshecho.

—La condesa Lysandra considera una amenaza todo lo que no haya aprobado ella.

—En eso quizá tenga razón.

—¿Y cuál es la noticia que no quieres darme mientras estoy sentada sobre un dragón?

Aelyn no respondió de inmediato. Aquel retraso le quitó el humor a Isolde.

—Han llegado dos mensajeros de la Marcha —dijo por fin—. Uno pide refuerzos para Cendral. El otro dice que los exploradores de Skarde se han movido más al sur de lo habitual.

El nombre del paso hizo que el aire pareciera más frío, aunque el sol calentaba la piedra bajo sus botas.

—¿Incursiones?

—No lo saben. O dicen que no lo saben.

—¿Mi padre lo sabe?

—Lo sabe todo el Consejo. Por eso Telmor lleva desde el amanecer hablando de presagios y de disciplina divina.

—Entonces el enemigo quizá se retire por agotamiento.

Aelyn la miró de lado.

—No bromees antes de entrar. Ardan está preocupado.

Isolde dejó de caminar un instante.

La frase no era alarmista. Aelyn no usaba las palabras para adornar el miedo. Si decía que el rey estaba preocupado, era porque lo había visto sin su máscara de rey.

—¿Por la Marcha o por mí?

—Por las dos cosas. Eso es lo que pasa cuando eres la única hija de un hombre que ha perdido demasiado.

Isolde apretó la mandíbula.

—No soy algo que haya que guardar en una caja.

—No he dicho que lo seas.

—Lo piensa todo el mundo.

—No. Todo el mundo piensa que eres una corona con piernas. Es distinto y bastante peor.

Eso sí la hizo reír, breve y sin alegría.

Las puertas de la sala del Consejo se alzaban al final del corredor.

Eran de madera oscura, labradas con escenas de dragones alzando vuelo sobre montañas.

Dos guardias se cuadraron al verlas llegar.

Detrás de las puertas esperaba el olor a cera caliente, pergamino y hombres convencidos de que levantar la voz era una forma de pensar.

Isolde enderezó los hombros.

—¿Tengo ceniza en la cara?

—Un poco.

—¿Mucho?

—Lo justo para que parezca que vienes de hacer algo más útil que ellos.

—Perfecto.

Aelyn abrió una puerta antes de que el guardia pudiera hacerlo.

La conversación se interrumpió.

No por completo. Primero se apagaron las voces cercanas. Después las otras. Al final, el silencio atravesó la sala con la rapidez de una flecha.

Isolde detestaba aquel momento. La mirada que recibía encerraba el cálculo de dieciocho personas distintas sobre cuánto de ella pertenecía al futuro y cuánto podía ser utilizado en el presente.

El rey Ardan ocupaba el asiento central de la mesa de piedra, bajo el ventanal que daba a los jardines interiores.

Tenía el cabello oscuro salpicado de plata en las sienes y el rostro de un hombre que había aprendido a gobernar sin abandonar del todo la costumbre de luchar.

A su derecha estaba Telmor, Sumo Incendiario de Caleryon, vestido con capas amarillas que hacían parecer aún más delgado su cuello.

A la izquierda de Ardan, Darian se había puesto de pie.

Fue un gesto pequeño. Nadie más lo hizo.

Pero Isolde lo vio.

Él no sonrió de inmediato. Primero la miró como si estuviera comprobando que había llegado entera.

Después sus ojos descendieron a la ceniza de su mejilla y apareció esa expresión suya, leve y privada, que siempre le hacía pensar que quizá había algo en el mundo que no exigía una respuesta política.

—Alteza —dijo Telmor—. Es un alivio comprobar que los rumores de una catástrofe en el patio de vuelo eran exagerados.

—Los rumores siempre lo son, Sumo Incendiario. Especialmente cuando los cuentan quienes no han estado presentes.

El anciano frunció los labios.

Darian disimuló una sonrisa tras la mano.

Ardan no sonrió. Pero sus hombros cedieron una fracción.

—Siéntate, Isolde.

Ella obedeció. Aelyn tomó su lugar a un paso de la pared, detrás de su silla, como correspondía a una dama de compañía. Era una de las muchas formas en que el palacio fingía que no sabía que Aelyn pensaba mejor que la mitad de los hombres de la mesa.

Sobre el mármol había mapas, pequeñas piezas de madera y cinco cartas abiertas. Isolde reconoció de inmediato el dibujo irregular de la Marcha y el trazo rojo que marcaba la ruta hacia Cendral.

En el centro del mapa, alguien había dejado una ficha negra.

—Continúa, lord Varek —dijo el rey.

El hombre que se puso de pie era ancho de hombros y tenía una barba cuidadosamente recortada. Lord Varek no levantaba la voz. No la necesitaba. Hablaba con la calma de quien había pasado tantos años cerca del poder que ya no distinguía entre aconsejar y poseer.

—Como decía, Majestad, la patrulla de la fortaleza de Halar ha encontrado tres puestos de vigilancia abandonados al norte de Cendral. No hay cuerpos. No hay signos de retirada ordenada. Únicamente rastros de hielo donde no debería haberlos.

—¿Hielo? —preguntó Isolde.

Varek asintió.

—En pleno verano.

—Skarde puede hacerlo.

—Skarde puede hacer muchas cosas, Alteza.

La respuesta llevaba una suavidad calculada. Isolde la reconoció y decidió no morder el anzuelo.

—¿El príncipe Cael ha respondido al último mensaje de tregua?

Télmor dejó escapar un ruido de desaprobación.

—No deberíamos conceder a los hijos de Halvar la cortesía de pensar que su silencio contiene diplomacia.

—No he dicho que la contenga —replicó ella—. He preguntado si ha respondido.

Darian inclinó la cabeza hacia el mapa.

—Su mensajero llegó anoche. Niega movimientos de sus tropas más allá de las marcas acordadas. También acusa a nuestros exploradores de cruzar las crestas del norte.

—Entonces alguien miente.

—O alguien quiere que los dos reinos crean que el otro miente —dijo Darian.

La sala quedó quieta.

Isolde lo miró. Era una idea simple, incluso obvia, pero nadie la había pronunciado. Varek bajó la vista al mapa. Telmor juntó las manos dentro de las mangas.

—¿Y quién se beneficiaría de ello? —preguntó el sacerdote.

—Quien venda armas a ambos lados —contestó Aelyn desde la pared.

Varias cabezas se volvieron hacia ella. Aelyn no cambió de postura.

Ardan la observó con una expresión en la que Isolde reconoció la diversión que el rey se permitía muy pocas veces.

—Continúa.

—Hay convoyes de sal y hierro que están llegando a los puestos de la Marcha con retraso —dijo Aelyn—. Los arrieros dicen que han pagado peajes nuevos en caminos donde no hay autoridades registradas. Si alguien está creando incidentes, también está preparando el terreno para sacar provecho de ellos.

—Rumores de carreta —dijo Telmor.

—Los rumores de carreta suelen llegar antes que los informes de palacio —respondió Aelyn.

Isolde tuvo que mirar el mapa para que nadie viera cuánto orgullo le producía su amiga.

El rey juntó las manos sobre la mesa.

—Enviaremos una misión de verificación a Vayren antes de mover tropas. Darian, coordina con la guardia de frontera. Varek, quiero los registros de los convoyes. Aelyn, reúne los testimonios de los arrieros y no dejes que nadie los convierta en un sermón antes de que lleguen a esta mesa.

Luego miró a Isolde.

—Tú irás al Festival de las Brasas dentro de tres días, como estaba previsto.

La sorpresa fue una descarga breve bajo sus costillas.

—Padre, si Cendral—

—Si Cendral es una provocación, cancelar el festival es concederle a quien la haya planeado un triunfo sin derramar una gota de sangre. Caleryon no se esconde cada vez que el norte hace ruido.

—No he dicho que se esconda.

—He dicho lo que harás.

La frase no fue dura. Precisamente por eso le dolió. Ardan no hablaba como un rey delante del Consejo; hablaba como un padre que acababa de descubrir que había un límite a lo que podía proteger.

Isolde sostuvo su mirada.

—Como ordenes, Majestad.

El título abrió la distancia necesaria. Durante un segundo, él pareció querer atravesarla. Después asintió y retomó la reunión.

Isolde dejó de escuchar con atención. Anotó fechas, nombres y rutas por costumbre. Por dentro, sin embargo, el mapa se había convertido en otra cosa: una sombra que avanzaba desde Cendral hacia todos los lugares que amaba.

Cuando el Consejo terminó, Telmor fue el primero en salir. Varek recogió sus papeles con parsimonia y le dedicó a Isolde una inclinación demasiado respetuosa para ser sincera.

—La ciudad espera grandes cosas del Festival, Alteza.

—Entonces procuraré no decepcionarla, lord Varek.

Él sonrió sin mostrar los dientes.

—Estoy seguro de que no lo hará.

Al pasar junto a ella, el olor a mirra de sus ropas le revolvió el estómago. No sabía por qué. Lord Varek había sido amigo de su padre durante años. La había visto crecer. Le había regalado un caballo por su decimocuarto cumpleaños y una daga de ceremonia cuando ingresó en Vayren.

No era justo desconfiar de alguien solo porque hablaba como si cada palabra le perteneciera.

—No le gusta que le respondas —murmuró Aelyn cuando Varek se alejó.

—A Telmor no le gusta que nadie responda.

—No hablaba de Telmor.

Isolde la miró, pero Aelyn ya estaba organizando las cartas sobre la mesa.

Darian aguardó hasta que se vació la sala. El rey se había retirado por una puerta lateral con dos capitanes, y los guardias se encontraban demasiado lejos para oír.

—¿Has desayunado? —preguntó él.

Isolde soltó una risa incrédula.