Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 1 LAS ALAS DEL PATIO
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CAPÍTULO 1 LAS ALAS DEL PATIO

El dragón se negaba a aterrizar.

Isolde lo supo por el modo en que Rheskan dobló las alas, fingiendo que iba a descender, y volvió a ganar altura en el último instante.

La silla se inclinó hacia un lado. Debajo de ella, los patios del Alcázar de Caleryon se hicieron pequeños, dorados por el sol temprano y llenos de figuras que se apartaban con prudencia cada vez que la sombra de la criatura pasaba sobre sus cabezas.

—No hagas eso —dijo entre dientes.

Rheskan respondió con un resoplido satisfecho. El aire caliente le golpeó la pantorrilla a través de la bota.

—No estoy impresionada.

La mentira habría sido más convincente si no hubiera tenido las dos manos clavadas en las correas.

El dragón viró sobre la torre oriental y dejó que una corriente ascendente los sostuviera.

A sus veinte años, Isolde había volado muchas veces.

Había volado de niña entre los brazos de su madre, cuando el mundo entero cabía en el olor de la capa de Maelia y en una mano firme alrededor de su cintura.

Había volado después como alumna de los jinetes reales, con una mezcla de terror y orgullo que nunca admitiría delante de sus instructores.

Pero Rheskan era joven, imprevisible y muy consciente de que los humanos tardaban más en aprender las cosas importantes.

También era demasiado listo para su bien.

El vasto lomo rojizo bajo sus piernas se tensó. Isolde anticipó el movimiento, inclinó el cuerpo y dejó que él girara en lugar de luchar contra el giro. El viento le arrancó varios mechones del moño y le llenó los ojos de luz.

—Si querías una excursión —dijo, obligándose a soltar una de las correas para palparle el cuello—, podrías haberlo pedido antes de que empezara el desayuno del Consejo.

Rheskan emitió un sonido grave que ella sintió en los dientes.

No era una respuesta, exactamente. Con los dragones las respuestas rara vez eran eso.

Eran pulsos de calor, cambios de peso, una presión detrás de los ojos.

A veces, cuando la criatura estaba de humor, Isolde creía captar imágenes sin forma: un pez que se movía bajo la superficie, una chispa que se multiplicaba, el deseo simple de perseguir una bandada de aves hasta que el cielo se quedara vacío.

Aquella mañana solo recibió impaciencia.

—Claro que no quieres bajar. Yo tampoco quiero entrar a una sala con dieciocho personas discutiendo sobre el precio del grano como si el grano fuera una ofensa personal.

La frase se la llevó el viento. No obstante, Rheskan inclinó la cabeza como si hubiera escuchado.

Abajo, el Alcázar se extendía en terrazas de piedra clara, patios con fuentes de cobre y tejados rojos.

Más allá de las murallas, Caleryon despertaba con la obstinación de las ciudades antiguas: humo de panaderías, gritos de pescadores que subían desde el río, estandartes desplegándose en las torres y el repicar de las primeras campanas.

Hacia el oeste, los campos descendían en franjas verdes hasta perderse en una bruma azul.

Hacia el norte, donde empezaba la Marcha, el horizonte se levantaba gris y áspero.

Isolde no miraba allí demasiado tiempo.

La Cicatriz no se veía desde Caleryon, pero nadie que hubiera crecido oyendo hablar de ella conseguía olvidarla.

Era una frontera de piedra rota, géiseres y ventiscas donde el fuego del sur chocaba con el hielo de Skarde.

Las historias decían que la tierra se había partido cuando los primeros reyes intentaron obligar a los elementos a obedecerlos.

Las historias, pensaba Isolde, solían atribuir a la magia lo que los seres humanos hacían muy bien por sí mismos.

Rheskan descendió de golpe.

El estómago se le quedó arriba durante dos latidos. Isolde apretó las rodillas, no soltó las correas y esperó a que el dragón recuperara el plano. Él lo hizo a escasa distancia de los tejados, con la gracilidad brutal de una criatura que no comprendía por qué el suelo debía ser respetado.

—Eso ha sido una advertencia, ¿verdad?

El dragón bufó.

—Pues recibida. La próxima vez te quitaré los baños de ceniza.

La amenaza provocó algo parecido a una protesta. Rheskan abrió una boca de dientes marfileños y soltó una llamarada breve, medida, que se perdió por encima de una torre sin llegar a tocar la piedra.

Isolde sonrió a pesar de sí misma.

Era imposible no hacerlo. Aquella era la razón por la que los dragones eran tan peligrosos para la prudencia de los hombres: una vez que estabas cerca de uno, todo lo demás parecía una versión pobre del mundo.

El problema era que los dragones nunca venían solos. Traían consigo sangre, política, miedo y una multitud de personas convencidas de saber qué destino debía tener quien lograra que una criatura así respondiera a su voz.

Rheskan al fin rozó el suelo del patio de vuelo con las garras. La grava estalló bajo su peso. El dragón avanzó dos pasos, plegó las alas y se quedó tan quieto como si llevara toda la mañana obedeciendo.

Isolde desmontó de un salto. El golpe le recorrió los tobillos hasta las rodillas, pero no dejó que se notara. Dos mozos de establo, que habían estado esperando a una distancia prudente, se acercaron con cubos de agua y carne. Rheskan los observó como un rey ofendido.

—No lo miréis a los ojos —advirtió ella—. Hoy se ha levantado importante.

—Con vuestro permiso, Alteza, hoy se ha levantado hambriento —dijo uno de ellos, un muchacho de pelo oscuro que no debía de tener más de quince años.

Rheskan dirigió hacia él una mirada amarilla.

El chico palideció.

Isolde ocultó una risa.

—Eso también.

Al otro lado de la barandilla, alguien aplaudió despacio.

—Qué escena tan inspiradora. La heredera de Caleryon, domadora de bestias y terror de los desayunos oficiales.

Isolde se volvió.

Aelyn estaba apoyada contra una columna, vestida con una túnica azul grisácea que parecía demasiado limpia para el estado de su amiga.

Llevaba el cabello negro trenzado sobre un hombro y una expresión que había perfeccionado a lo largo de años de amistad: una mezcla exacta de reproche, diversión y afecto que conseguía hacer sentir a Isolde culpable antes de abrir la boca.

—Te mandé decir que lo retrasaras —dijo Isolde.

—Mandaste a un paje con cara de susto y una frase que no prometía nada. «Dile a Aelyn que el dragón está teniendo una opinión.» Esa no es una explicación que pueda presentarle al rey.

—Mi padre entiende de dragones.

—Tu padre entiende que su hija llega cuarenta minutos tarde a una reunión donde el Sumo Incendiario pretende convencerlo de que puede decidir cómo se administra la cosecha. No creo que vaya a perdonarte por una criatura con alas.

Rheskan giró la cabeza hacia Aelyn.

—Y tú no ayudes —añadió ella, señalándolo.

El dragón acercó el hocico a la barandilla. Aelyn no se apartó. Extendió una mano abierta y esperó. Rheskan olfateó sus dedos, valoró la posibilidad de mordérselos y, por fin, dejó escapar un hilo de humo.

—Ves —dijo Aelyn, satisfecha—. Él tiene modales cuando quiere.

—Está tramando algo.

—Siempre está tramando algo. Por eso os lleváis bien.

Isolde cogió la toalla que le ofrecía una moza y se limpió el polvo de los guantes. Aelyn se acercó entonces, bajando la voz.

—¿Has dormido?

La pregunta era sencilla. La mirada no.

—Un poco.

—Eso no significa nada.

—Significa exactamente lo que he dicho.

—Isolde.

Había pocas personas capaces de pronunciar su nombre de aquella manera.

Sin título, sin cuidado, sin miedo a que una heredera se ofendiera.

Aelyn había crecido a su lado desde los nueve años, primero como hija de una casa aliada enviada a la corte para aprender protocolo y después como algo mucho menos oficial.

Habían compartido castigos, clases de historia, escapadas al mercado bajo capas demasiado grandes y el tipo de secretos que no sobreviven si se ponen en palabras.

Por eso Isolde no fingió sorpresa.

—Soñé con ella otra vez —admitió.

El rostro de Aelyn cambió apenas. No con lástima. Nunca con lástima. Con atención.

—¿Con tu madre?

Isolde asintió.

—No era un sueño. Ojalá hubiera sido uno de esos. Estaba en la terraza norte, donde guardan las monturas de viaje. Llevaba la armadura ashai y no me miraba. Únicamente decía que no debía seguirla.

—¿Y tú la seguiste?

—Siempre la sigo.

Aelyn suspiró.

—Eso es tu memoria buscando una puerta por la que volver a salir.

—Mi memoria debería encontrar una ocupación menos irritante.

—Tu memoria se parece a ti. No sabe cuándo rendirse.

La respuesta quiso provocar una sonrisa, pero no lo consiguió. Isolde volvió la vista hacia el dragón. Rheskan devoraba la carne con un entusiasmo que habría sido obsceno en una persona y noble en una criatura de su tamaño.

Habían pasado nueve años desde que Maelia desapareció.

Nueve años desde que su madre recibió un mensaje, discutió a puerta cerrada con el rey Ardan y montó a Mhar, su dragón negro, sin escolta.

No dejó carta. No explicó nada. Las patrullas encontraron una pluma quemada en un paso del sur y nada más.

El reino había aprendido a decir «la reina perdida» con una delicadeza que a Isolde le resultaba insoportable.

Ella prefería los hechos: su madre se había ido y nadie le había devuelto una respuesta.

—El consejo no va a esperar a que resuelvas un misterio de nueve años —dijo Aelyn con suavidad—. Vamos.

—¿Darian está dentro?

La pregunta salió demasiado rápida. Aelyn alzó una ceja.

—Sí. Y antes de que inventes algún motivo político para preguntar, lleva quince minutos intentando mantener a Telmor lejos de la jarra de vino. Se ha ganado tu gratitud.

Isolde notó que el nudo del pecho se aflojaba un poco.

—Eso cuenta como un acto de guerra.

—Entonces cásate con él y recompensa su valor.

—Aelyn.

—No he dicho que tengas que hacerlo hoy. Aunque, por la forma en que te mira, quizá él sí tenga calendario.

La heredera le lanzó la toalla. Aelyn la esquivó riendo.