Exilio (Legado de Fuego 1)
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PRÓLOGO
Rheskan no dormía.
El dragón tenía la costumbre de fingirlo.
Cerraba un ojo, plegaba las alas contra el cuerpo y dejaba escapar un resoplido tan profundo que cualquier mozo de cuadra habría jurado que la criatura se había rendido por fin al cansancio.
Pero Isolde sabía reconocer la tensión en la punta de la cola y el modo en que las garras se cerraban sobre la piedra.
También sabía que aquella noche estaba mirando hacia el norte.
El patio alto del alcázar permanecía vacío.
A esa hora, las antorchas de las murallas eran puntos quietos sobre la ciudad y el río reflejaba una hilera de luces que parecían haber caído del cielo.
Caleryon dormía detrás de sus puertas, ajena al viento que se había levantado en las colinas.
Desde la torre de los vigías llegaba el golpe lento de una campana, una vez por cada cambio de guardia.
Isolde apoyó la palma sobre el hocico de Rheskan.
—No me mires así —murmuró—. Mañana tengo una audiencia, un desayuno al que llegaré tarde y una madre que fingirá no estar preocupada. No podemos salir a perseguir sombras solo porque tú has decidido que el cielo te ofende.
El dragón ladeó la cabeza. Una hebra de humo escapó de sus fosas nasales y se disipó antes de alcanzar el borde del patio.
—Eso no es una respuesta.
Rheskan inclinó el cuello hacia la muralla norte.
Más allá de las almenas, las montañas eran una masa negra contra un cielo sin luna.
Isolde no habría visto nada de no ser por un destello.
Fue breve, una luz azulada detrás de la loma, demasiado fría para ser una fogata y demasiado baja para una estrella.
Apareció y desapareció antes de que pudiera decidir si la había imaginado.
El dragón dejó escapar un sonido bajo. Era algo más parecido a una advertencia.
—Lo sé —dijo ella, aunque no lo sabía.
Las puertas del patio se abrieron a su espalda.
—Si pretendes escaparte sin mí, tendré que hacer que te arresten por traición a nuestra amistad.
Isolde sonrió antes de volverse. Aelyn llevaba una capa azul demasiado grande sobre el camisón y unas botas mal abrochadas. El cabello oscuro se le había soltado de la trenza y le caía sobre un hombro. En una mano sostenía una lámpara; en la otra, dos vasos de leche con canela.
—No me escapaba —dijo Isolde—. Estaba negociando.
—Con un dragón que pesa como una torre y tiene la paciencia de una tormenta.
—Es un negociador formidable.
—No dudo que gane todas las discusiones.
Aelyn se acercó y ofreció uno de los vasos. Rheskan la siguió con la mirada, pero no mostró los dientes. Eso, en opinión de Isolde, era una declaración de afecto extraordinaria.
—Ha visto algo —dijo Isolde al fin.
La sonrisa de Aelyn se apagó sin desaparecer del todo.
—¿Algo que podamos culpar al vino de la cena?
—No bebí vino.
—Ese es exactamente el problema. La sobriedad te vuelve insoportable.
Isolde recibió el vaso y volvió la vista hacia el norte. El humo de la leche le calentó la cara.
—Había una luz detrás de la loma.
Aelyn siguió la dirección de su mirada. Durante unos segundos no dijo nada. La amistad entre ellas nunca había consistido en prometer que las cosas no eran graves. Consistía, en cambio, en decidir juntas qué hacer cuando lo eran.
—La guardia dice que las patrullas de la Marcha han cambiado de ruta —dijo Aelyn—. Mi padre lo oyó en el consejo y después dijo que no quería hablar del asunto durante la cena. Eso suele significar que lleva tres días pensando en ello.
—Mi madre tampoco quiso decirme nada.
—Tu madre cree que una frase no existe hasta que la pronuncia un escriba delante de seis testigos.
—Y, sin embargo, tú conoces las frases antes que los escribas.
—Tengo talentos discretos.
Rheskan movió una ala. El aire levantó el borde de las capas y apagó una de las antorchas más cercanas. En la oscuridad repentina, Isolde distinguió otra vez el destello azul. Esta vez no venía de las montañas. Parecía latir junto al camino que descendía a la puerta norte.
Las dos se quedaron quietas.
Abajo, un carruaje cruzó la ciudad sin insignias. No llevaba escolta visible. Se detuvo un instante ante la puerta y un hombre descendió con la rapidez de quien no quiere que lo reconozcan. El guardia le abrió después de mirar un sello que Isolde no alcanzó a ver.
—¿Quién llega a esta hora? —preguntó Aelyn.
—Alguien que no quiere que lo reciban.
La figura desapareció dentro del alcázar. Rheskan dejó de observar las colinas y clavó la atención en las ventanas del ala este.
Isolde sintió que la inquietud se le instalaba bajo las costillas. La inquietud carecía todavía de la forma clara y honesta del miedo; se parecía a la certeza de que alguna pieza había empezado a moverse en un tablero que ella aún no podía ver.
—Mañana —dijo Aelyn, con una firmeza que no intentaba disimular el cansancio—, llegas al desayuno. Después, si seguimos pensando que hay algo extraño, buscamos respuestas sin despertar a medio reino.
Isolde asintió.
—Sin despertar a medio reino.
—Y sin montar a Rheskan sobre la mesa del consejo.
—No prometo nada.
Aelyn soltó una risa breve. Por un momento, el patio volvió a ser solo un lugar alto, dos amigas compartiendo una bebida caliente y un dragón demasiado grande para cualquier preocupación razonable.
Luego la campana de la torre sonó por segunda vez.
Isolde dejó el vaso vacío junto al muro y rodeó el cuello de Rheskan con los brazos. El calor de las escamas le atravesó la capa. Bajo ellas, el corazón del dragón golpeaba despacio, inmenso y vivo.
Caleryon respiraba bajo sus pies.
Y, en algún punto entre sus torres y las montañas, una luz que no pertenecía a ninguna estrella acababa de apagarse.