Capítulo 56
Astrid
Todo gira. Me pesan las piernas, y la rodilla me duele horrores. Me muevo con una mano apoyada en la pared.
Me he desorientado, no sé en qué parte de Exilio estoy. Fuera está tan oscuro a causa de la tormenta, que, si no fuera por los fluorescentes que titilan en el techo, no podría ver nada.
De cuando en cuando paso junto a alguna ventana y puedo observar el exterior. Se están formando charcos en el barro. Un repentino movimiento del portón metálico me sobresalta. Lo veo abrirse lentamente, y sé que estoy alucinando.
Pero entonces recuerdo lo que hago, lo que planeamos hacer durante semanas. Y tuerzo una débil sonrisa.
Lo ha conseguido.
Ni siquiera me espero a ver al resto de Diferentes escapar; intento correr, tropezando sobre mis propios pasos mientras hallo la puerta más cercana.
Recorro un corredor que lleva a una especie de cuarto, decorado con los planos de Exilio. El perfil, su alzado… Lo analizo, en un intento de ubicarme entre esta neblina mental que me embriaga.
Unos pasos me sobresaltan, haciéndome girar como un resorte, tambaleándome en el acto.
Estoy preparada para encontrarme cara a cara con un guardia, o peor aún, con Moor. Pero no podría estar más equivocada. Me llevo la alegría de mi vida cuando reconozco la mirada verde que se posa sobre mí, con una mezcla de sorpresa y recelo.
No importa el dolor, no importa el mareo; estoy segura de que es él; y ni el más fuerte de los golpes me podría hacer olvidar el brillo en sus ojos.
—M… ¡Marc! Lo… ¡Lo hemos conseguido! —Me tambaleo hasta llegar a él, y necesito apoyar una mano en su hombro; no solo para estabilizarme, sino porque lo necesito a él.
El estómago me da un vuelco cuando se aparta.
Quizás le haya hecho daño.
—No… —Carraspea—. No te atrevas a mirarme así, mentirosa —me espeta.
Mis ánimos se desploman de golpe.
—Q… ¿Qué? ¿Qué dices? —balbuceo.
Ni se digna a contestarme, camina hacia la cristalina salida, empujando la puerta, sin molestarse en cerrarla a su paso. Lo veo encaminarse decidido hacia el portón exterior; y a pesar de que mi cuerpo me ruega que no lo haga, voy detrás de él.
—Marc, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
Me ignora. Continúa caminando.
No puede ser.
—¡Marc! —Hago un esfuerzo ridículamente inmenso por agarrarle la muñeca, aunque no sé para qué, ya que él se suelta de un tirón.
—¡¿Qué?!
Le miro con las lágrimas comenzando a amontonarse en mis ojos.
—Marc… ¿Qué pasa? —susurro.
Él resopla con amargura y continúa su camino.
Yo lucho contra el dolor, me obligo a ir más allá y sigo sus pasos.
—¡Marc, no me ignores! ¡Dime algo! ¿Qué ocurre? ¡Háblame!
Él se detiene a unos metros y luego se gira, con toda la frialdad del mundo. De repente, cuando clavo mis pupilas en las suyas, un escalofrío me recorre toda la columna vertebral.
—¡¿Qué narices te pasa?!
Silencio.
—¡Marc! ¿Estás enfadado? ¿He hecho algo? —Me desespero al ver que no me contesta, que ni el más mínimo gesto es reflejado en su rostro—. No seas cobarde, contesta, joder.
Le toma unos segundos, pero ahora sí reacciona.
—Oblígame —murmura estoico. Yo alzo una ceja—. Adelante, oblígame —prosigue—, vuelve a jugar conmigo.
—Marc, ¿qué dices? ¿A qué te refieres?
Aprieta la mandíbula.
—Lo sabes perfectamente.
Me quedo sin habla; tanto por sus palabras como por el dolor, que cada vez se hace más intenso y retumbante dentro de mi cabeza.
No me percato de que vuelve a comenzar a caminar, de que cruza la salida; y cuando lo hago, tengo ganas de morir, pero más de saber qué he hecho mal.
—¿Dónde vas? ¿Y los demás?
…
—¡MARC!
—¡¿Qué?! ¡Astrid, déjame! ¡No te me acerques!
¡No me vas a volver a usar como puñetero entretenimiento!
Si te sientes sola, ese es tu problema; a mí déjame en paz.
Huye tú también si quieres, pero no me sigas; vete, y asegúrate de que no te vuelvo a ver jamás.
—Explota—. Aprovecha, escápate, no puedo ni quiero impedirte la libertad, pero de corazón espero que te acuerdes de lo que has hecho.
¿Quieres saber algo? Yo también te quería, o eso pensaba; porque ya no estoy seguro.
Podríamos haber tenido una oportunidad, si no lo hubieses forzado todo.
—Marc… ¿De qué hablas? —susurro, perdiendo la voz; tanto por culpa del llanto que me asalta como por la debilidad que siento, creciente a cada segundo que pasa.
Una vez más, solo recibo silencio. Y esta vez me da la espalda, saliendo de Exilio, cumpliendo nuestro sueño… Pero yo no podría sentirme peor.
Cuando voy tras él, aprieta el paso, y ya no le puedo alcanzar. Las rodillas me tiemblan, el suelo pierde estabilidad… Y caigo.
—Marc… Vuelve… Te quiero, vuelve, por favor… —susurro; sin embargo, me cuesta oírme hasta a mí misma.
Intento levantarme, pero no puedo. Me siento tan impotente…
Con el cuerpo tendido sobre el barro, mis lágrimas entremezclándose con las gotas de lluvia…
Y el chico por el que me he jugado la vida, y sin duda alguna lo volvería a hacer; dejándonos atrás a mí, y a la cárcel en la que lleva años…
Ah, también tengo otra cosa: un corazón roto.
Me permito cerrar los ojos, ya no tiene sentido que siga luchando contra el cansancio.
Mi mente me da el lujo de mostrarme la sonrisa del Marc que ahora me odia, y ni siquiera sé por qué. Deben de tratarse de esos siete segundos de los que habla la gente, en los que ves aquello que más feliz te ha hecho en vida.
Ahora solo queda oscuridad.