Capítulo 55
Marc
Aprieta el gatillo contra mi sien.
Ya está, se acabó. Adiós, mundo, adiós, Marc.
Cierro los ojos con ímpetu, con el corazón acelerado por última vez.
Ha disparado.
Estoy muerto.
Aunque sigo notando el pulso repiqueteándome contra las costillas.
—¡Joder! —grita la voz de Moor, a la vez que me suelta, haciendo que me caiga hacia atrás.
¿Qué está pasando? Abro los ojos… ¡Abro los ojos! ¡Estoy vivo! Miro encandilado la pistola que el director sostiene entre sus dedos. No me lo explico, ¿cómo ha podido ser?
El hombre vuelve a dirigir el cañón hacia mí, esta vez, hacia el pecho, y cuando aprieta el gatillo, solo se escucha un tenue clic. Y nada más.
Sonrío al comprender que la recámara está vacía; que todavía no es mi turno de morir; que hice bien en disparar al azar en los pasillos.
Junto el entrecejo y me levanto con determinación, tanta que me mareo un poco.
—¿Ahora qué, capullo? —Esbozo una sonrisa.
Sin embargo, esta se me borra rápido cuando siento un fuerte impacto contra mi cabeza. Me caigo de lado y, por unos instantes, no puedo escuchar nada más que un fuerte pitido dentro de mí. Abro los ojos, enfoco la vista y mi mirada se posa en el ahora ensangrentado mango del arma. Ato cabos.
Pienso rápido; y justo a milésimas de recibir un segundo golpe, muevo las piernas, tirando de las de Moor y haciéndole caer.
La pistola se escapa de su agarre y resbala por el suelo hasta quedar a unos metros de distancia. No lo dudo, me arrastro hasta ella, alargo la mano para cogerla… Y alguien me tira del pelo hacia atrás.
Gruño y trato de zafarme de su agarre, mientras noto la sensación tirante de algunos cabellos desprendiéndose.
Nos enzarzamos: él pretendiendo volver a asestarme un golpe y yo defendiéndome.
Un rodillazo en el estómago me hace toser y me roba el aire de los pulmones. Me muevo desesperadamente, como un gamo entre las fauces de un león; y entre cabeceos y puñetazos al aire, mi puño impacta con su boca.
Una arcada me recorre al sentir su saliva entre mis dedos. No obstante, no desperdicio la oportunidad, tomo impulso apoyando los pies contra la pared y propulsarme por los azulejos, resbaladizos por culpa de la sangre; hasta que consigo agarrar la pistola.
No me va a servir tanto como si estuviese cargada, pero poco es mejor que nada. Me incorporo y al hacer amago de levantarme, mi tobillo acaba aprisionado por la mano del director, haciéndome caer y golpearme la cara en seco contra el suelo.
La nariz me duele horrores. Escupo un poco de sangre a la par que pateo sus dedos. En un movimiento rápido, que ni siquiera consigo registrar, la cabeza de Moor se estrella contra el suelo, desorientándolo.
Cuando lo veo cerrar los ojos, me permito aflojar el aire. Estoy tendido en el suelo, el pecho agitado, la garganta abrasada y la nariz sangrando hasta teñirme la boca. Miro mis manos: también están manchadas. Y yo, temblando.
Camino torpemente hasta el despacho al que tanta manía he cogido.
Se lo ha dejado abierto, el muy bobo. Cuando entro, voy directamente a su mesa; comenzando a rebuscar en la misión de encontrar las llaves del centro de mando.
Abro cajones, esparzo documentos sobre la mesa, sin importarme dañarlos. Ahora solo tengo una prioridad.
Mientras fuerzo uno de los cajones laterales, sin querer me suelto, y acabo impactando contra un armario a mis espaldas. Me muevo para no ser aplastado por un gran archivador encuerado.
Sin poder resistir la curiosidad, lo abro y comienzo a ojear.
Nada me llama la atención, son simples informes sobre nuestro «Tratamiento».
Estoy a punto de dejarlo cuando, al llegar a la última página, me topo con una carpeta igualita a las que hay en los Archivos.
Tiene un gran «71» escrito en la portada.
Trago saliva mientras la abro; y me encuentro cara a cara con el informe que en su día no encontramos.
NOMbrE: Astrid Wilson
N.º de registro: Setenta y uno
HABILIDAD: Manipulación mental
Dejo de leer.
Cierro el fólder lentamente, mientras lo asimilo.
Entonces me doy cuenta: aquella chica que derramó el agua sobre una guardia cuando estaban a punto de pillar a Astrid, toda la gente a la que ha convencido para unirse a nosotros… Nunca fue ella, fue su habilidad.
Por lo tanto… ¿el beso…?
Al parecer, las mariposas que siento al verla, las ganas de estrecharla entre mis brazos, de protegerla como si fuera la obra de arte más sagrada del mundo… ¿Es todo mentira?
Nunca me llegó a dar tiempo de que me gustase nadie antes de ingresar, y cuando por fin me topo con la oportunidad de descubrir qué es el amor… ¿Resulta que es mentira?
Creo que estoy condenado. O quizás solamente estoy pagando por todos mis errores.
Me quedo con la vista perdida en la pared un rato, con una sensación de vacío que hacía tiempo que no sentía.
Me ha utilizado.
Aprieto los puños al recordar cómo hace tan solo unas horas, me hallaba contándole de mí, de mi pasado, de mis heridas, de mis miedos… Ahora recuerdo por qué en su día me prometí no volver a confiar ciegamente en nadie.
Al fin y al cabo, solo es una chica que conocí hace casi un año; ni siquiera nos caíamos bien. ¿Cómo he podido acabar así?
Una lágrima de frustración me rueda por la mejilla. Tenso la mandíbula mientras me la limpio con el dorso de la mano.
Será hija de… no me siento capaz de insultarla. El nudo que se me ha formado en la garganta no me deja.
Cuando mi mente vuelve a focalizarse en el presente, en mi objetivo; de repente se me han quitado las ganas de ayudar a nadie. ¿Por qué siempre tengo que ser el salvador al que nunca salvan?
¿Por qué me estoy jugando la vida por proporcionarles libertad a esos que me han mirado por encima del hombro, y no dejarán de hacerlo?
Por primera vez tras tantos años, abro los ojos; me doy cuenta de lo necio que he sido, y me digo que, si nadie va a cuidar de mí, entonces lo haré yo solo, como siempre he creído hacer.
Me levanto y voy a la sala de mando.
Pero esta vez no es para hacerme el héroe.
Lo tengo delante de mí. El botón rojo, el que reza «apertura principal».
La visión se me nubla por culpa de las lágrimas que no me permitiré derramar. Alzo la mano, con la respiración contenida; y acaricio su superficie con la yema de mis dedos manchados, cuyo peso no lograré quitarme por mucho que me los lave.
No lo demoro más. Lo hundo; aprieto el botón que me lleva a la libertad.