Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 54
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Capítulo 54

Astrid

Nicole me besa. No, espera, es Marc. Sus brazos me abrazan, en medio del increíble dolor que me recorre de pies a cabeza.

—No me dejes… —balbuceo mientras siento cómo empieza a llover. Me agarro más al brazo de Marc—. No te vayas, por favor, te necesito —se me quiebra la voz.

Me abandona.

—Marc… Por favor… Tú también no… —gimo, antes de que todo se torne negro otra vez.

La lluvia cae en picado y sin piedad sobre mi dolorido cuerpo.

Me percato de ello cuando abro los ojos, lentamente y percibiendo un fuerte dolor de cabeza.

Estoy chorreando, y cuando muevo mis ojos para saber dónde estoy, veo el hilo de sangre que desciende hasta el suelo y se mezcla con el agua.

Todo mientras me abrazo a un amasijo de trapos para intentar atenuar el martirio que siento en la pierna.

Tengo sueño, quiero cerrar los ojos. Retazos de la ensoñación que acabo de tener pasan por mi mente… Y suspiro al darme cuenta de que no era más que producto de mi imaginación. Marc no se ha ido…

MARC.

Como si de un chute de adrenalina se tratase, recuerdo cómo he acabado aquí y por qué.

Me incorporo precipitadamente, lo que me provoca un gran mareo…

Pero más me mareo al ver mi pantalón roto, el que revela una amoratada e hinchadísima rodilla, lo que explica la sensación que me acompaña desde hace tanto.

Hago un nuevo amago por levantarme, pero me siento derrotada. Me dejo caer sobre las telas mientras me pregunto si haber sobrevivido a la caída es un milagro o una condena.

Las telas… si no fuese porque las he usado para protegerme la cabeza del golpe, probablemente estaría muerta.

Lucho por no cerrar los ojos y, de verdad, se me está haciendo imposible.

Giro la cabeza, hasta apoyar la mejilla en el mojado asfalto, el que me hace darme cuenta de que, por primera vez en meses, estoy fuera de Exilio .

Podría aprovechar, huir. La idea se me pasa por la cabeza, muy tentadora.

Sin embargo, por mucho que me quiera mentir ahora, sé que no podría vivir sabiendo lo que he dejado atrás.

Además, ¿a dónde iría? Mi familia ya no sabe quién soy, así que mi antigua casa no es una opción, eso sin olvidar que estoy en South, y que por lo tanto…

¡BANG!

El corazón me da un vuelco al escuchar el lejano disparo. Ha sonado amortiguado, pero solo puede proceder del interior del edificio.

Muy en contra de mi voluntad, imagino a quién iba ese disparo, imagino su cuerpo en el suelo, sangrando mientras suelta sus últimos insultos. Porque sé que Marc no moriría llorando, él se despediría del mundo llamando cabrón a…

Oh, mierda.

¡Astrid, muévete, tonta! ¿A qué esperas?

Con un gruñido gutural impropio de mí, consigo sentarme. Me llevo una mano a la cabeza mientras me pongo de pie. Me balanceo hasta que consigo frenarme con la pared gris del edificio, rugosa bajo el tacto.

Me tomo unos segundos, me mentalizo, imagino la sonrisa de Marc, sus labios sobre los míos una vez más; y hago de tripas corazón para comenzar a caminar.

De primeras me topo con la puerta de cristal; que me arranca una carcajada histérica, de la que me preocuparía si no tuviese otras cosas más urgentes en mente.

—¿En serio, destino? ¿Te crees que un cristal es algo? ¡Me acabo de caer de un segundo, hijo de la gran…! Ja, ja, ja, ja, ja…

¿Pero qué estoy haciendo? ¿Ahora también hablo sola, o es cosa del golpe en la cabeza?

Sea como fuere, sé lo que tengo que hacer.

Me doy media vuelta, contemplo el panorama ante mí, la pequeña zona árida justo antes del portón de salida, que obviamente está cerrado.

Repaso mis opciones y, finalmente, me decanto por la piedra más grande que encuentro, que no debe ocupar más que mi mano. Pero bueno, no hay nada mejor.

Me encamino dando tumbos hacia la puerta, cojo unos pasos de carrerilla; me obligo a ignorar el dolor de cabeza, de pierna, de alma… Y lanzo la piedra con todas mis fuerzas, que son pocas.

No consigo hacer más que una pequeña rajita en el cristal. Pero no por eso me paro; quiero decir, si ya he llegado hasta aquí, no me va a parar una puñetera puerta de cristal.

Repito el proceso tantas veces que pierdo la cuenta, a estas alturas creo que incluso la lanzo con desgana, todo por culpa del cansancio que me atormenta.

Una.

Y otra.

Vez.

Una.

Y otra…

Crash.

Abro los ojos con sorpresa y alegría al descubrir el pequeño agujero que he conseguido hacer en el vidrio.

Sí.

Corro hacia las telas, arranco un trozo y me envuelvo el puño, tal y como me enseñaron una vez mis padres en caso de que saliese de fiesta, me secuestraran dramáticamente y tuviese que romper la ventanilla de algún coche.

Una… Dos… ¡¡CRASH!!

Tengo que cerrar los ojos para protegerme de los mil trocitos que salen disparados en todas direcciones.

Puedo notar algunos rozándome la cara, como pequeños granos de arena, pero más afilados.

Cuando los abro, compruebo que el hueco es lo suficientemente grande como para que quepa.

Me meto con cuidado de no tocar ninguno de los cortantes bordes.

A pesar de mis esfuerzos, tengo la vista un poco borrosa, y no calculo bien al introducir el torso; solo me percato de ello al sentir un agudo pinchazo, y luego el calor de la viscosa sangre que sale de la herida a la altura de mi costado.

¿Por qué no llevo camiseta?

Eludo las sensaciones y desafío a mi cuerpo, que me pide que pare.

Comienzo a avanzar por una zona de Exilio que no recuerdo haber visto antes; pero cuento con la certeza de que estoy en la planta baja, por lo que no debo andar demasiado lejos del desastre.

Me dejo guiar por el barullo. Oigo correteos y pasos lejanos que van de aquí para allá. Atravieso un pequeño corredor, que acaba en la zona común.

Tengo la mala suerte de toparme con unos guardas, están de espaldas. Salto a toda velocidad para ocultarme detrás de una columna, conteniendo el aliento y rezando silenciosamente para que no se hayan percatado de mi presencia.

—El chico ha bloqueado las puertas al despacho. Estamos intentando atravesar la entrada, pero la ha bloqueado. —Escucho el sonido estático, proveniente de los walkies de los centinelas.

Marc .

Sonrío. Sigue vivo y dando tantos problemas como de costumbre.

—¿Está el Señor con él? —pregunta la mujer.

Se escucha una interferencia antes de recibir respuesta:

—Sí. Se han quedado a solas. La mala noticia es que el chico lleva un arma consigo. Hay que estar alerta; como le mate, nos exilian de por vida.

Sofoca el compañero al otro lado de la línea.

Y a mí se me acelera el corazón, con una sensación de triunfo anticipada: en un sitio de este enorme lugar, hay un pasillo bloqueado en el que solo están Moor, Marc y la pistola que nos puede dar la llave que necesitamos para salir de aquí.

Por un momento, hasta se me olvidan mis dolencias.

—Vayamos a asegurar la contención de la planta de dormitorios, bloqueemos las puertas, por lo que pueda pasar. —Escucho que el hombre le dice a la mujer. Ella asiente y ambos desaparecen escaleras arriba.

Yo aprovecho y me muevo.

Ya sé dónde buscar.