Epílogo
Lute
Solo lo logramos diez. De esos diez quedamos cuatro.
De estos cuatro, ninguno está cuerdo.
Pero esa es la gracia de todo.
No sé cuántas veces me habré arrepentido de salir de aquel lugar, en aquel momento. De tomar la decisión. Antes éramos internos, Diferentes en pleno proceso de corrección. Ahora somos más —pero valemos menos a ojos de algunos—, ahora somos La Perdura.
A primera vista puede que no parezcamos más que una treintañera coja, un musculitos más frágil que el cristal, un pelirrojo internacional y… Bueno… Camden. Dice que, sin él, todo se acabaría. Dice que le necesitamos en cada paso que damos, en cada respiración que nuestro batallado cuerpo toma.
Pero ese no es el tema: lo que tiene La Perdura, que nos falta a nosotros, es normalidad. Porque poco a poco hemos conseguido abrir los ojos de aquellos que han querido ver.
No estoy segura de si, cuando yo muera, ya habremos alcanzado proezas, pero sé que ellos lo harán.
Al fin y al cabo, el cambio toma tiempo. Y el tiempo significa olvido… Pero bueno. Tampoco tengo a nadie cuyo recuerdo me importe mucho; más que el que ya está perdido.
—Oye, Camden, ¿es seguro que este camino lleve a…? —comienza Zoilo.
—Sí —resoplo yo.
—Ni siquiera te estaba hablando a ti —se queja el pelirrojo.
—Lo sé. —Sonrío con sorna.
Me duele la pierna —porque la ortopédica no la noto: Ventajas, ventajas — de todo lo que llevamos caminando, pero no es como si fuese a quejarme de ello.
Al fin y al cabo, tenemos «un propósito».
Atravesar Grayer está siendo más complicado de lo que pensamos. De vez en cuando nos topamos con algún pueblucho abandonado donde descansar, o incluso comer; pero ya.
—¿Podemos volver a repasar de qué va todo esto? —pide Ben. Y sé que, en verdad, lo único que hace es sacar conversación un rato. Porque poco más y nos tatuamos el plan en la espalda.
—¿De verdad no se te ocurre nada mejor? —pregunto, segunda tras el liderazgo de Camden. Las dos vamos más o menos erguidas.
—Lute, ¿puedes dejar de ser una cascarrabias compulsiva por un momento? —Zoilo recalca sus palabras con aspavientos.
—¿Y tú puedes dejar de ser un quejica infantil y ridículo?
Cuando me vuelvo, cortita de paciencia, los chicos están frunciendo el ceño. Exhalo.
—Perdón. Es solo… Sigamos —mascullo.
No entiendo cómo pueden estar tomándose esto tan a la ligera; estamos a punto de vengar a todos los que son, han sido y serán como nosotros… Y lo vamos a conseguir. Hay que conseguirlo.