Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

Astrid

Estoy en la otra punta de la habitación de Edgar y me dispongo a decir algo cuando escuchamos un disparo.

Me levanto en cero coma.

—¿Eso ha sido…? —comienzo, con los ojos abiertos de par en par.

Mi amigo asiente.

No termino de asimilarlo cuando escucho otro fuerte ¡BANG! Pego un bote en el sitio.

Lo que más me asusta no es el disparo como tal, sino contra quién puede ir dirigido… Es entonces cuando siento una arcada seguida de una sola palabra o, mejor dicho, un solo nombre que me recorre la mente.

—¡Marc!

Me abalanzo sobre la pared izquierda del cuarto y comienzo a aporrearla, esperando respuesta desde la habitación Sesenta y ocho.

—¡Marc! ¡Marc! ¡¿Estás ahí?!

Golpeo histérica la pared, recibiendo solo silencio al otro lado.

Ni siquiera reparo en Edgar, quien se ha encogido en la otra punta de la estancia y trata de llamar mi atención:

—Esto… A… Astrid… —murmura cauteloso.

—¿Qué? —Me giro bruscamente, con el corazón a mil, la respiración acelerada y los ojos desorbitados.

—Ehhh… Nada —se arrepiente el rubio.

—No. Ahora me lo dices, Edgar. Si sabes algo que yo no, te ruego me lo digas. Esto es muy serio. —Me sorprende el tono imperativo que adopto.

Él me observa sobrecogido.

—No es nada. Solo… Seguro que Marc está bien.

Hubiese preferido el silencio antes que estas palabras huecas, que solo sirven para avivar la incertidumbre.

Automáticamente, me vuelvo hacia la puerta de entrada y comienzo a darle patadas. Pienso abrirla cueste lo que cueste.

—Astrid, para.

El chico rubio adopta cara de miedo. Pero no me frena.

—¡Astrid! ¡Para! ¡¿Qué estás haciendo?!

—Mira, puede que estén intentando matar a nuestro amigo; y no sé tú, pero yo no voy a permitir que eso ocurra.

—No, ¡no! Seguro que está bien, de verdad. Solo… ¡Para! Te vas a hacer daño o vas a llamar demasiado la atención. Como vengan los guardias…

Le propino otra patada a la puerta. Oigo un crujido y me llevo las manos a la rodilla. Con un gruñido de dolor.

—¿Qué has hecho?

Puedo ver las lágrimas de pánico recorrer la cara del chico. Pero es que me da igual. Solo pienso en que no voy a dejar que me vuelvan a quitar algo tan preciado como un amigo, ahora que por fin he conseguido volver a creer que lo mismo mi vida sí tiene sentido.

A pesar del pinchazo que me recorre la pierna, vuelvo a intentarlo. Al comprobar que es inútil, lo dejo. Solo voy a conseguir hacerme más daño. Lloro de pura frustración. Y parece que le contagio el nerviosismo a Edgar, quien comienza a hiperventilar.

—Eh, oye, ¿estás bien? —Me acerco a él con todo el cuidado del mundo y a paso lento.

Él asiente mientras trata de atrapar el aliento.

—Ey, respira, Ed.

—Es… Estoy bien… —jadea.

—Escúchame, escúchame. Ed, calma, mírame.

No lo hace y le entiendo, sé por lo que está pasando… Sé cómo lo sobrellevé yo.

—Ed…

—Di… Dime.

—¿Sabes de qué color son mis ojos? —Siento una punzada de culpa al repetir las palabras que Charlotte usó en su día para calmarme a mí. Ahora tampoco está ella. Qué egoísta he sido.

—A… Astrid, no tiene gracia.

—No, no, te lo digo en serio.

—¡¿Azules?!

Chasco la lengua y meneo la cabeza.

—Casi…

—Marrones.

—No…

Comienzo a dudar de la eficacia de esto que en su momento me sirvió a mí; al fin y al cabo, cada uno tiene sus cosas.

—Ya, ya, verdes —murmura con la cabeza gacha.

—No, Ed. —Siento un pinchazo en el estómago ante la mención de los ojos verdes—.

¿Por qué no me miras y lo compruebas? —digo con toda la dulzura que soy capaz, mientras me doy cuenta de que Edgar no me ha mirado a los ojos directamente en la vida.

Y seguro que tampoco a los demás. Qué triste…

pienso, rememorando cómo se ha encogido antes, cuando pensaba que, por levantar una mano, esta iba a acabar contra él.

El chico me hace caso, aunque dubitativo, y finalmente coincido con sus iris marrones, sin brillo, pero en los que se puede llegar a percibir una mota dorada.

—Grises —murmura, más tranquilo, con una pequeña sonrisa en los labios—. Gracias, As.

Me lo replanteo, pero dejo que la impulsividad me invada una vez más y le atraigo hacia mí en un abrazo.

A pesar de que él es bastante más alto que yo, rodeo mis brazos alrededor de su torso, haciendo que se le erice la piel…

Sin embargo, tras unos segundos consigue aceptar que está bien tener frío, igual que aceptar un fuego que te cure.

He de admitir que el gesto no solo consigue apaciguarle a él. Creo que yo también necesitaba un poquito de confort, poder parar un segundo, respirar y tratar de enfriar la mente.

★ ☆ ★

—Vale —suspiro—. Hay que encontrar la manera de salir de aquí.

Me pongo a pensar como una loca, pero los ecos del miedo retumban más fuerte. La puerta ya no es una opción…

Reviso en busca de algún tipo de rejilla o conducto de ventilación, pero a los de Exilio no les basta con hacernos sentir aislados, también tienen que hacer que sea algo literal.

Camino hacia la cama, y me agacho, en busca de algún posible recurso que pudiésemos utilizar a modo de herramienta o para… ¿Para qué?

Vuelvo a tomar aire.

Astrid, para. Piensa. ¿Qué haría Marc? Él es listo.

Cierro los ojos, tratando de que me llegue la divina inspiración.

—Una cosita… —la voz de Edgar me saca de mi pensamiento.

Me vuelvo hacia su figura, que está asomada a la ventana.

—Dime.

—¿A cuántos metros estamos del suelo?