Capítulo 50
Marc
Mi sangre comienza a bullir a toda velocidad por mis venas. Me giro lentamente, sujetando la pistola con más firmeza de la necesaria.
Aprieto la mandíbula cuando mis ojos se topan con el par más oscuro que jamás he visto.
—¿Cuándo entenderás que ya lo sé? —mascullo.
Él no se altera, no retrocede. Simplemente se limita a sonreír, como si supiera algo que yo desconozco.
—Te recomiendo que sueltes eso. —Hace un tranquilo gesto con la cabeza para señalar el arma.
—Ni de coña.
Se encoge de hombros.
—Como quieras. Pero permíteme hacerte una pregunta, Sesenta y ocho…
—Es Marc —gruño por enésima vez. Aunque esta vez más por rebeldía que por esperar que de veras me hable como a un humano; hace tiempo que me di cuenta de que este hombre no es capaz de eso.
—¿Cuántas veces nos hemos visto en esta situación? —pronuncia.
Frunzo el ceño.
—Exacto. ¿Y en cuántas de esas situaciones has salido airoso?
Juro que me encantaría apretar el gatillo en estos momentos, pero debo ser más inteligente, no caer en sus jueguecitos.
—Más de las que tú crees —aseguro endureciendo el tono.
—Ah, ¿sí? Entonces, ¿por qué sigues entre estas cuatro paredes?
Por primera vez en este enfrentamiento, me tiembla la mano que sostiene la muerte, su muerte.
—¿Qué ocurre? ¿Te he dejado sin palabras?
Maldito narcisista.
—¿Puedo hacerle una pregunta yo, director?
Él hace un gesto accediendo, pero sus rasgos me indican que no espera nada más de mí que palabras vacías e insignificantes.
—Bueno, de hecho, son dos —rectifico, guardando apariencias. El silencio se extiende, y yo tomo vía libre—: ¿Se arrepiente?
Nada. Solo una sonrisa fría y cruel que me confirma lo inhumano que es este ser, porque no le voy a llamar hombre.
—¿Alguna vez lo ha hecho? —Mi voz suena rasposa en mi garganta, mientras me obligo a enderezar mi postura.
—No.
Es corto. Es simple. Escueto. Devastador.
Una respuesta que esperaba.
Lo que no esperaba es lo que esta provoca en mí: un hormigueo me recorre, naciéndome en las entrañas y finalizando en la punta de mis dedos. Eso sí que me deja sin aliento.
Me pilla desprevenido; aunque decido achacarlo a que, por culpa de la tobillera, mis poderes me están fallando. A pesar de eso, la pistola se me resbala y cae al suelo con un golpe seco.
Moor lo observa y ladea la cabeza con lástima. O eso pretende.
—¿Por qué hace todo esto? —Mis labios se mueven solos, no pienso en lo que digo, aunque muy en el fondo, esa pregunta lleva viniendo a mi mente cada instante que he tenido al director de Exilio frente a mí.
Hace como que se piensa la respuesta unos segundos, y entonces…
—Verás. Yo puedo comprender que tú creas que eres inocente, inofensivo y una buena persona.
También llego a comprender que no es tu culpa ser así, que no lo elegiste.
Pero en tu ADN está la diferencia; y aunque no lo quieras aceptar, eso te hace un error, un peligro que debe ser erradicado antes de que sea demasiado tarde.
Aquí en Exilio solo os ayudamos, pero no lo sabéis ver; estáis demasiado ciegos.
—Usted… —comienzo, pero para mi vergüenza, se me quiebra la voz—. Es un cabrón, ¿lo sabe?
—Y tú una decepción. Ni para proteger a tus supuestos amigos sirves. —Se aproxima lentamente.
—¿Qué les has hecho? —murmuro, viendo rojo.
—Yo nada. —Se encoge de hombros a la par que se incorpora—. ¿Qué les has hecho tú? ¿Por qué Setenta y uno ahora le tiene miedo a la oscuridad? ¿Por qué Sesenta y nueve se siente amenazado cada vez que le miras durante más de dos segundos seguidos?
—Eso es tu culpa, capullo —me defiendo; sin embargo, hasta yo puedo percibir la inseguridad en mi voz.
El director chasquea la lengua y niega con la cabeza.
—Me da pena que de verdad lo creas así.
Otra vez siento el hormigueo, regresando a mí como un viejo amigo.
—Mira, no sé qué ha hecho que tu vida sea tan triste, pero no tenemos la culpa.
—Ahí te equivocas. Pero no voy a perder mi tiempo dándole explicaciones a un niñato demasiado egocéntrico como para aceptar cualquier versión del mundo que no sea la suya.
Me encojo involuntariamente, recordando cómo los tíos de mi instituto que siempre solían meterse conmigo me miraban de la misma manera en la que Moor me está observando ahora mismo.
Se supone que esa herida había cerrado. Aunque parece que las cicatrices siguen ahí.
—Cállate —susurro, mirando al suelo.
—¿Es que acaso he dicho alguna mentira? Si es así, no hay nadie mejor que tú para decírmelo, ¿verdad? —pregunta, provocador.
Y entonces ya llego a un punto en el que la palabra «consecuencias» pierde significado para mí.
Me abalanzo sobre el hombre, y no me remuerdo cuando le estampo contra la pared; a pesar de que es unos pocos centímetros más alto que yo, le tengo cogido por el cuello de la camiseta.
—¿Y qué hay de usted? ¿Hay alguna miserable alma que le quiera a usted? —bramo, apretando entre el cemento y su cuerpo.
—Te recomiendo que no hagas eso, Sesenta y ocho.
Le doy una sacudida:
—¡Es Marc!
—Cálmate, muchacho —dice, completamente estoico.
—¡¿O qué?!
—Solo te advierto
¡Ja! Como si de algo me sirvieran sus patrañas ponzoñosas. Alzo un puño, hasta aquí hemos llegado.
Y no lo alzo por mí; lo alzo por Edgar, por Agnes, por Astrid, y por cada Diferente que ha tenido que sufrir por culpa de este malnacido. Por los que vamos a vivir hoy, y por los que ya no están.
Alzo el puño porque es hora de que dejemos de ser invisibles, de que pasemos a ser algo más que «errores», de que seamos personas . Distintos, sí, incluso peculiares, pero personas, al fin y al cabo; con dolor, aspiraciones y miedos…
Estoy dispuesto a devolverle una mínima parte del dolor que nos ha hecho pasar; cuando mi puño se detiene a unos meros centímetros de su rostro. Y es que acaba de colocar la pistola, que no sé en qué momento ha cogido, junto a mi sien.
Puedo sentir el frío metal contra mi piel.
La forma en la que de pronto todo el aire escapa de mis pulmones, sabiendo que no volverá a ellos.
—Te advertí, Marc.
Aprieta el gatillo.