Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

Marc

No sé qué me va más rápido, si la cabeza o el corazón.

Me llevo las manos a la testa mientras me siento al borde de la cama a asimilar lo que acaba de pasar.

—Vale… Acabas de abrir tus más oscuros, tristes y patéticos sentimientos a una chica a la que le falta un hervor. Luego han venido unos guardias, se la han llevado, y Moor sabe que algo tramamos. —Otra vez hablo solo.

La casualidad no es una opción que baraje.

Ahora solo queda el presente y la opresora contemplación de un futuro cada vez más cercano. Estoy seguro de que mis amigos se han dado cuenta de que es momento de actuar. No teníamos previsto hacerlo ahora, pero esto ya no es rebelión, es supervivencia.

—Venga, Marc, piensa… —Recorro la habitación en un intento de hallar algo que me pueda servir para escapar; o de calmarme.

No obstante, me detengo al comprobar que la respuesta todo este tiempo ha estado justo en frente de mí:

Exilio miente.

Moor miente.

Es hora de que yo también mienta.

Comienzo a tergiversar, y me paso unos segundos dando golpes fuertes a la pared.

Sé que hay guardias en el pasillo; el idiota del director ha cometido un error al hacérmelo saber.

A continuación, me preparo mentalmente para el golpe, me sitúo delante del espejo, que me devuelve un reflejo roto; y termino de destruirlo.

Acierto directo en la cara seria que me estaba mirando, juzgando mis movimientos, culpándome por acabar aquí.

Siento escozor en el puño, pero creo que el escándalo ha valido la pena cuando escucho unos pasos amortiguados por el pasillo.

Momento del siguiente movimiento:

—¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor! ¡Se ha vuelto loca!

Vocifero.

Y la falta de respuesta me hace dudar de mi plan. Contengo la respiración, y estoy a punto de proferir otro grito de auxilio cuando oigo pasos aproximarse. Rápidamente me agacho a coger el trozo de cristal más afilado que encuentro, y me coloco junto a la puerta.

—¡Para, perra loca! —finjo gritar.

El pulso se me acelera, esperando una reacción, y no puedo contener una sonrisa cuando escucho el matojo de llaves, luego la cerradura girando.

Se abre la puerta, yo trato de esconderme tras ella mientras rezo por que la guardia entre directamente al centro del cuarto, sin revisiones o vistazos.

Avanza un paso, cautelosa. Luego otro…

Sí. Sonrío al ver que cae en mi trampa.

Me muevo rápido hacia el hueco de salida, pero me congelo al darme cuenta de que he subestimado a la mujer.

—Quieto o disparo. —Su voz es tranquila, y eso lo hace todo peor.

Alzo las manos poco a poco, tras meterme el cristal en la cintura del pantalón — por favor, que no se me caiga —, y obedezco. Pero no por ello me callo:

—¿Y si me muevo?

—Te mato.

—¿Y si entonces me estás haciendo un favor?

No puedo ver la cara de la guardia, solo el pasillo vacío frente a mí, la oportunidad de salir corriendo… Cuando me encargue del asunto que ahora tengo a mis espaldas, literalmente.

Me aclaro la garganta:

—¿Sigues ahí, o todavía no puedo escaparme?

—A callar.

—¿O qué?

—O…

—¿Me disparas? —me anticipo a sus palabras. Luego suelto una risotada amarga exageradamente ruidosa—. ¡Vamos! —Me giro bruscamente, lo que la hace tensarse—. ¡Hazlo!

—Estás jugando con fuego, Diferente —pronuncia eso último a modo de insulto.

Qué halago.

—Oh, no, créeme… Eres tú la que no sabe a quién está tanteando.

Soy Diferente, ¿recuerdas? Tú misma lo has dicho.

Y déjame añadir algo: la gente como yo —avanzo unos pasos hacia ella— estamos puto locos.

— Por primera vez en mi vida, sonrío al pronunciar esas sílabas que tanto me han atormentado en el pasado.

Me mira con cara confundida, los nudillos alrededor de la pistola blancos y un dedo sobre el gatillo.

—Así que dime, Tara —le echo un discreto vistazo a su placa—, ¿de verdad quieres seguir con esto? ¿Te vas a… —agarro el cañón de la pistola y me lo pongo apuntándome a la frente— arriesgar?

Ella quita el seguro. Mi pulso se dispara, pero no dejo que se note. Discretamente, deslizo mi mano izquierda hacia el trozo de cristal junto a mi abdomen.

—¿Qué te garantiza que mi habilidad no va a hacer que esa bala que tanto temes liberar se vuelva contra ti?

Frunce el ceño. Se mantiene firme.

—¿Crees que puedes intimidarme? —Su voz es plana… Pero a mí no me engaña; puedo sentir el hormigueo recorriéndome el cuerpo, diciéndome que no es que no tenga miedo, sino que tiene una fachada muy bien construida. Pero no es tan buena como la mía.

—Oh… No lo creo —murmuro, con una sonrisa tan fanfarrona que perfectamente puede hacer que todo esto tenga un desenlace fatal—. Lo sé.

Pasa muy rápido, ni siquiera registro mis propios movimientos. Son unas milésimas de segundo lo que tardo en desenfundar el cristal —un tanto descuidado, por lo que me hago un pequeño corte a la altura del vientre— y usarlo para defenderme. Oigo el disparo. Me preparo para el final. La he cagado.

Pero cuando abro los ojos, solo veo a la mujer contemplando horrorizada la sangre que emana de su mano.

Yo también me impacto por un segundo, al fin y al cabo, eso lo he hecho yo. No obstante, el instinto de supervivencia me hace actuar rápido, mueve mis músculos para que le arrebaten la pistola y echen a correr.

Alcanzo el pasillo y, mientras lo recorro, ni siquiera me molesto en guardar un silencio que será inútil a corto plazo.

Lanzo disparos ciegos cuando siento que me pisan los talones; ignoro la manera en la que se me encoge el estómago cuando oigo un gemido de dolor o a alguien deteniéndose. Tengo clara mi dirección, y tengo claro que debo guardarme una bala final para cuando llegue.

Quizá dos.

Me topo con un grupo entero de guardas, que no dudan en disparar contra mí, a lo que en respuesta me muevo un tanto patéticamente, pero logro esquivar las balas.

Entonces se me ocurre una idea… Creo que me ha gustado esto del mundillo del paripé.

—¡Quietos! —exclamo, mientras alzo un brazo, con la palma abierta, apuntando al hombre que se encuentra a la derecha del todo—.

Moved un solo pelo y juro que no dudaré en hacerlo.

He recuperado mi poder, necios, aunque no lo queráis admitir, aquí todos sabemos que no tenéis opción contra un Diferente.

El grupo me mira, perplejo, alguno incluso confuso, rozando el temor.

—¡Tú a callar, niñato! Que lo único que sabes hacer es saber si te están dando gato por liebre

Vaya.

Ahora el sorprendido soy yo. ¿Cómo puñetas saben eso?

Me paralizo y enrojezco; mientras me doy cuenta de que fue una nefasta idea que un adolescente se enfrentara a cinco hombres armados.

Ahora solo me queda una opción.

Salir por patas de esta cacería que yo mismo he iniciado.

Corre, Marc. Corre. No dejes que te atrapen.

Siento la velocidad correr por mis venas.

Aunque te arda cada músculo del cuerpo, aunque te falte el aliento.

Mis piernas se mueven casi automáticamente, sin que piense en ello. Supongo que por puro instinto.

Corre, Marc. No consientas que te cojan.

Me tropiezo al bajar por las escaleras hacia la planta baja.

Mientras me estoy incorporando, de la nada aparecen dos guardias decididas a cortarme el paso.

No pienso, actúo: calculo la distancia a la que debo estar del suelo y, por lo visto, decido que es poca, porque salto por el hueco entre escalera y escalera.

Aterrizo sobre mi costado, donde me juego cualquier cosa a que me saldrá un moretón; pero esta vez, me levanto rápidamente. No vuelvo a cometer el error que cometí hace cinco años.

Y no miro atrás, solo vivo en el presente; porque puede que las cosas cambien, y me quede sin futuro.

Jadeo mientras me zafo de más fortachones, hasta que finalmente alcanzo el pasillo que quería. Aprovecho la ausencia de seguridad ahí para cerrar como puedo los portones metálicos que lo separan del resto de la planta.

Me lleva fuerza y sudor conseguir reprimirlos al otro lado, pero suspiro aliviado cuando escucho el clic del metal garantizándome que la amenaza principal, ya ha pasado.

Es entonces cuando escucho una familiar y peculiar risa fingida tras de mí.

—¿Cuándo aprenderás tu lugar, Sesenta y ocho?