Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Edgar

Dos golpecitos.

Otra vez no, por favor.

Me doy la vuelta en mi cama y me tapo con la almohada, mientras la respiración comienza a agitarse por culpa del recuerdo de lo que esos dos toquecitos en la ventana significan.

—¡Edgar! ¡Edgar, por favor! ¡EDGAR!

Ahí está. La voz de esa mujer; la que por más que lo intento, no puedo ignorar.

Agnes está muerta, Edgar. Muerta, muerta, muerta… Por tu culpa.

Aprieto más mi agarre sobre la almohada, igual hago con los párpados.

Solo ignóralo, es tu imaginación; te la está intentando jugar otra vez.

—¡¡¡EDGAR!!!

Pero suena tan desesperada… Tan real…

Estoy paralizado, la respiración agitada, luego me atrevo a entreabrir un ojo, para cometer el error de mirar a través del espejo, hacia esa maldita ventana .

No obstante, no me encuentro con la figura de Agnes rogándome, ni su rostro asustado, ni siquiera una sola mota de sangre.

Me siento al borde de la cama, sobresaltado, es la primera vez que los hechos se alteran, ¿debería asustarme?

Me quedo con la vista fija en el reflejo habitual del cristal. No hay nadie. No hay… Me cuesta, pero entre la oscuridad me parece divisar el contorno de una mano, aferrándose al alféizar como si su vida dependiera de ello.

¿Agnes?

Voy corriendo hacia la ventana, la abro y, aunque dudo, acabo tomando la congelada mano de la chica.

—¡Agnes! ¿E-estás bien? ¿Qué haces ahí? P-pensaba que estabas…

—¡Ayúdame a subir! —me pide.

Y por supuesto que eso hago, saco fuerzas de donde no sabía que las tenía, canalizo toda la energía que me roba llorar para poder salvar a la persona que más quiero en el mundo, la que casi pierdo…

—¡Impúlsate! —la urjo.

—¡Eso hago! —me contesta; y puedo notar su voz modificada a causa del esfuerzo.

Me cuesta mucho, muchísimo, pero por ella tiro hasta que me aseguro de que su cuerpo completo está dentro de mi habitación.

Entonces, ni siquiera me molesto en mirarla a los ojos, la envuelvo en un abrazo. En el más desesperado y profundo que jamás he dado.

—¡Agnes! ¡Estás viva! —comienzo a llorar, hundiendo mi cabeza en su pelo—. Mamá, te he echado tanto de menos, pensé que moriste por mi…

—Edgar —me susurra.

—¡Pero por fin estamos juntos otra vez! —Noto cómo no me devuelve el gesto, es más, comienza a apartarse de mí.

—Edgar…

—Nunca más nos van a separar, te lo prometo, haré que… —mi voz muere cuando me paro a mirarla.

—¿Qué dices?

Y es Astrid quien me habla.

—¿D-dónde está Agnes? —pregunto con un hilo de voz.

—Ehhh… ¿Quién es Agnes?

—Oh, venga, Astrid, no me vaciles.

—Edgar… ¿Qué dices? —Su pecho sube y baja a gran velocidad, pero su semblante está pálido, fijo en mí.

Su pregunta solamente consigue arrancarme una risotada amarga. La agarro de los hombros.

—¡No me mientas! Ella había llamado a mi ventana… ¿Qué has hecho con ella?

—¿Qué dices? He sido yo quien ha dado los golpes, estaba a punto de…

—¡CÁLLATE!

Nos miramos a la cara por unos tensos instantes, hasta que mis ojos se comienzan a aguar, a pesar de estar abiertos de par en par.

—¿Dónde… está… Agnes? ¿Qué… has hecho… con ella? —Mi tono es por primera vez en años amenazante. Prometo que como por su culpa le haya pasado algo…

—Edgar, Edgar, mírame —urge Astrid, sujetando mi cara entre sus manos. El tacto quema.

—Calma… Ed… ¿Qué está pasando?

Puedo ver el miedo en los ojos de la joven ante mí y eso es lo que me devuelve a la realidad.

—La… La mujer de la habitación de al lado… ¿Dónde está? —Se me quiebra la voz.

Entonces comprende.

Y yo me niego a aceptar la verdad otra vez…

—Eddie… La habitación de al lado está vacía, lo sabes. Lleva años así. —Su tono es dulce, nada más lejos de lo que ahora mismo me desgarra el pecho.

—No me llames así —exijo afilado, y arisco con la manera en la que me alejo de ella. La puedo ver retraerse también.

—Lo siento, no me acordaba de que no te gu…

—¡Cállate!

¿Por qué la gritas? Solo te quiere ayudar, estúpido.

Mentira, la gente nunca ayuda así porque sí. Quiere algo de ti, no la dejes que se aproveche, Edgar.

Es mi amiga.

Pero los amigos de verdad no existen. Los amigos son solo aquellas personas que todavía no han encontrado la oportunidad de decepcionarte. No le des opción.

Retrocedo casi a rastras.

—Edgar, ¿qué te pasa? —Su tono preocupado me hace querer bajar la guardia.

—¡Para! —exclamo tratando de hallar aire.

La chica se levanta y camina hacia mí, la veo extender sus brazos; escucho el trueno que suena en el exterior, el corazón me da un vuelco cuando…

—¡No me pegues, por favor!

Estoy llorando.

Ella se queda pasmada, mirando lo ridículo que me veo a sus pies.

—Edgar, no iba a… Yo nunca… Edgar, ¿estás bien?

Se arrodilla para quedar a mi altura.

Sigo temblando, y sé que lo sabe. Solo quiero que se vaya, no necesito que nadie más me vea tan expuesto, tan débil.

Agradece que no te haya pegado; debería haberlo hecho.

—¿Qué? —susurro.

—No he dicho nada, Ed. —Su voz es tan suave como el terciopelo, pero yo ahora mismo siento mis adentros como si alguien me estuviese pasando una lija por ellos.

Un silencio se extiende, haciendo la situación extraña, me mantengo con los hombros tensos; a pesar de que no tengo aparente motivo para hacerlo.

Astrid se arrastra hasta quedar a unos metros de mí, para garantizarme que no pasa nada si ahora mismo no quiero que me toque — o quizá lo hace porque le das asco, niño estúpido —, y eso…

es suficiente para que me vea capaz de agradecérselo con una leve sonrisita.

Una que compensa el dolor que siento en el pecho, porque una vez más, he sido tan tonto como para creer que ella iba a volver, que nada había pasado, que no tengo sangre en mis manos.

La misma que me repite que es cierto que la habitación de al lado está vacía, cierto que ya no hay un Setenta que la ocupe, que jamás lo volverá a haber.

Que desde aquel fatídico día en el que todo cambió, el cielo tiene una estrella más. La más brillante de todas. La que me da luz cuando me pierdo en mi propio ser. La que me ayudó a comprender que hogar no es donde está el alma, sino donde esta quiere ir cuando la noche es tan oscura que da miedo.

Pero desde que ella se fue, también se llevó el último trocito de la mía.