Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

Astrid

Profiero un gruñido mientras vuelvo a golpear la pared. Me sangran los nudillos, pero hay otras cosas que me duelen mucho más.

Las lágrimas, inundadas de pura rabia, me resbalan por las mejillas, y yo solo puedo contemplar cómo caen al suelo mientras siento mi garganta escocer.

Cierro los ojos, trato de calmarme.

Me recorren la memoria las imágenes de lo vivido hace unos minutos… Con Marc. Creo que soy mala persona porque me haya gustado, se supone que yo estaba por Nicole…

Esa certeza solo me hace sentirme todavía más pequeñita. Arrastro los pies hasta la cama y me desplomo sobre ella.

Me siento tan impotente en estos instantes.

El tiempo se degrada tanto que no sé en qué momento recobro el sentido común… O termino de perderlo, no sabría decir. Y es que me llega una idea loca, loquísima, con tantas posibilidades de funcionar como de que termine quemándome, por jugar con un fuego cuyo humo aún me ciega a día de hoy.

Me lo pienso unas cuantas veces, repaso mentalmente el plan que yo misma me acabo de formar en la cabeza; y al fin, me levanto, con manos temblorosas, pero con más decisión de la que yo pensé que jamás albergaría.

En un par de zancadas, estoy asomada a la ventana… Está lloviendo.

—Vale —asiento para mí—. Vamos a hacer esto…

La abro y saco una mano para comprobar la intensidad del diluvio, que por el momento no es más que algo de llovizna. Me muerdo el labio antes de hacer algo que no es la primera vez que hago, pero segura de que no será igual. Primero un pie, luego el otro.

El viento y las gotitas de agua me azotan la cara. Hace frío.

Me volteo para sacar el cuerpo por completo, y cuando estoy a punto de apoyar ambos pies en el reborde del ventanal, no soy capaz de mantener el derecho en su sitio, resbalando. El corazón me da un vuelco, y pego un grito que espero no haya llamado la atención de nadie.

Trato de recobrar el aliento y obligar a mis fuerzas a luchar contra la gravedad solo con tal de no caer de no sé cuántos metros de altura.

A la primera, los dedos se me aferran tan fuerte al alféizar que por un momento creo que también se soltarán, pero finalmente consigo puntos de apoyo para todas las extremidades.

Es entonces cuando me permito tomar aire y preguntarme por qué rayos tengo que ser así de idiota.

Sin embargo, yo siempre acabo lo que empiezo, y esta vez no va a ser la excepción.

Me muevo con cautela sobre la estrechísima superficie, hacia el ventanal que hay junto al mío. Cuando llego y hallo la luz apagada, me decepciono momentáneamente, luego recuerdo que la habitación setenta lleva años vacía.

Sigo mi camino.

Me llevo algún que otro susto más hasta que por fin alcanzo la ventana número sesenta y nueve. Doy un par de golpecitos en ella.

Puedo ver a Edgar en su interior. Solo necesito llamar su atención, que me deje pasar y…

Un súbito trueno, seguido de un relámpago, me sobresalta, haciendo que mis temblorosas rodillas fallen y se me deslice un pie hacia el vacío.