Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Astrid

Creo que la almohada de Marc es más blandita que la mía.

Sí, sin duda.

También creo que su cama es más calentita que la mía, o por lo menos estoy más a gusto. Aunque quizás tenga algo que ver el hecho de que él está a mi lado.

No sé cuánto tiempo llevamos mirando al techo, no sé cuándo pensamos que tumbarnos de esta forma sería el plan ideal para una tarde de… ¿Qué día es hoy? Da igual.

—Oye —comienzo

—¿Mmm?

—¿Te acuerdas de que…? —Una carcajada sutil me corta.

—Bueno, ya verás lo que me va a decir esta —murmura Marc, su voz teñida de humor.

—¡Calla! —Le doy un golpecito en el hombro—. Para una vez que hablo en serio…

Parece que respeta mi demanda de silencio cuando gira la cabeza para dedicarme una sonrisa ladeada, y susurrar:

—Tú dirás, mocosilla.

Me toma un estúpido segundo recordar qué iba a decir, pero por fin lo hago:

—¿Te acuerdas de que una vez te pregunté qué pasó con tu familia después de que te ingresaran?

Asiente. Se le borra la sonrisa. Tensa la postura.

Dudo si le estoy incomodando, pero me decido a seguir, ¿cuándo he parado por algo tan sutil como un gesto?

—¿Y recuerdas que me contestaste que ya me lo contarías algún día?

Silencio.

—Sí.

Ya está. Me da esa respuesta escueta, sin florituras o rodeos innecesarios. Por lo que yo hago lo mismo, voy directa al grano con una pregunta que me lleva asaltando últimamente:

—¿Cuándo va a llegar ese día?

Al chico le toman unos segundos responder, aunque para la bazofia que dice…:

—No sé, ¿cuándo va a llegar?

—Hablo en serio —aclaro.

—Y yo —refleja mi semblante.

Hay una pausa incómoda, en la que me da tiempo a arrepentirme de haber iniciado esto desde un primer momento.

—¿Cuándo quieres tú que llegue, Astrid?

Sus ojos se clavan en los míos. Esos ojos que brillan tanto como el día en que besé a su dueño… Cielos, Astrid, para. No sabías lo que hacías.

Yo creo que es ese estúpido color verdoso el que me arranca la respuesta:

—Cuando tú quieras.

No es más que un susurro; pero a vista de él parece ser la llave a una puerta que lleva cerrada muchísimo tiempo.

—Bueno, en vista de que estamos a punto de liderar una revolución en la que es posible que muramos… —Se encoge de hombros, bromeando—. ¿Qué tal si ese día es hoy? Ya sabes, por si no llegamos a mañana.

Alzo las cejas un mero milímetro y me giro de tal forma que estoy dirigida completamente hacia él.

Que sepa que le estoy escuchando, que no hace falta que siga gritando en un intento de ser música para los sordos oídos de la realidad.

Porque estoy yo. Está él. Y con eso es suficiente.

—A ver cómo empiezo sin que suene a obra dramática del siglo pasado…

—¿Qué edad tenías? —le ayudo.

Nos miramos, un último instante durante el cual se decide si dar el salto y dejar caer la máscara o no. Y la verdad es que me alegro de su elección final:

—Trece.

Guau, qué pequeño .

Trato de imaginarme a una versión más joven de Marc en un sitio como este, y cuando lo consigo, me arrepiento de haberlo hecho.

Pobre. Aunque no le voy a decir eso a la cara; sé que lo último que quiere es compasión…

Solo a alguien a quien contarle esto sin que se vaya a romper en pedacitos irreparables.

—Acababa de huir de mi casa. Mamá había muerto —relata.

Luego aparta la vista para seguir contándome:

—Mi padre nos dejó a mí y a ella a nuestra suerte cuando yo era un bebé. Ni siquiera recuerdo su cara.

Se me encoge el estómago al recordar a mi familia, impecable a ojos de cualquiera… No había comprendido la magnitud de todo esto hasta ahora.

—Nos las apañábamos para vivir de alquiler en una casa de un barrio de East, y…

—Yo también vivía en East. —Sonrío embobada por la bruma de nostalgia que de repente inunda el cuarto—. Perdón. Sigue.

Me dedica una mirada de… ¿ternura? No, no puede ser. Marc Reynolds no es así.

—Pues eso, estuvimos así toda la vida. Pero las cosas se empezaron a torcer para mí cuando tenía ocho años.

Fue cuando empecé a sospechar de mi poder.

De alguna manera, siempre me las apañaba para desentrañar las mentiras que me contaba mi madre para protegerme.

En su momento no se lo quise contar, pensé que yo podría tenerlo todo bajo control…

Pero era un bobo ignorante. —Niega con la cabeza y suelta una risita amargada y taciturna—.

Me tiré así hasta los once, que no pude contenerlo más y se lo conté a mi madre.

Aunque de primeras no le gustó mucho la idea, no me rechazó, ni dejó de tratarme como siempre lo había hecho.

Le escucho hablar con máxima atención; por primera vez me doy cuenta de que la gente que está aquí no es solo Diferente… Son personas. Somos personas. Con historias y pasado.

—Mi madre trataba de ocultarlo, pero comenzó a beber a mis espaldas, ella creía que no me daba cuenta cuando iba tan mal que no podía ni caminar hacia su cama.

Entonces yo tomé cargo de la casa y empecé a cuidar de ambos.

Pero no pude evitar que mamá empeorara, que se metiera nadie sabe qué, y que acabase a las tantas de la madrugada vomitando de rodillas junto al váter —continúa.

Le veo lamerse los labios, y el brillo de sus ojos invita a mi mano a moverse hacia su hombro.

—Un día —carraspea— todo eso acabó con ella.

Murió. Y yo estaba muy asustado, no sabía qué hacer.

Por si fuera poco, la policía se había enterado de mi diferencia por culpa de unos compañeros de mi instituto que se dedicaban a joderme hasta que ya no podía más.

Me persiguieron coches y sirenas… Cortaron algunas calles, solo para parar a un crío de trece años que no hacía más que huir de él mismo.

—Suspira. Suspiro—. Sabía qué pasaría si me pillaban, por eso corrí todo lo que pude y más.

Pero tropecé. Y me caí. Y me hice esta cicatriz.

—Se señala a la línea que tiene sobre la ceja, esa en la que más de una vez he reparado.

Sé que lo hace para aligerar un poco la situación, y creo que se lo agradezco.

Aun así, no dejo de dedicarme a su voz ni un segundo—: Me pillaron, me subieron a un furgón…

Y ahora estoy aquí. Creo que ya sabes cómo va el resto de la historia.

Tengo los labios entreabiertos, las pupilas clavadas en su rostro, ese que por primera vez me paro a analizar de verdad. El contorno de mandíbula, sus pestañas.

—¿As? —Ríe al darse cuenta de que mi mente está a mil kilómetros de aquí.

—Eres increíble —asiento. Me creo todas y cada una de las palabras que digo. Y así quiero que él haga.

No sé en qué momento nuestras manos se han acercado, pero solo tengo que moverme un centímetro para que mi meñique quede sobre el suyo. Es poco, pero suficiente.

No necesitamos más.

Tengo un nudo en la garganta cuando comienzo a hablar:

—S-Sabes que ya nunca más vas a tener que huir, ¿verdad?

Él me sonríe.

—Eso no es cierto.

—Sí que…

—Lo que pasa es que ya no lo haré solo —me corta.

No contesto a eso, no puedo . Me ha desarmado. Era yo la que pretendía derribar su muro, pero él ha acabado traspasando uno que yo ignoraba. Una lágrima me recorre la mejilla. Ahora me doy cuenta de tantas cosas.

—¿Te… puedo… dar un abrazo? —digo con un hilillo de voz.

—Cursi de mierda. —Se ríe él, mientras atrae mi cuerpo hacia el suyo.

Hundo la cabeza en el hueco que hay entre su cuello y la almohada, siento un pinchazo de culpa al recordar que esto solía hacerlo con Nicole. Pero aun así me permito rodearle también. Huele bien; no sabría cómo describirlo, pero… Huele a hogar.

—Gracias —emito un ridículo gemidito.

Y puedo sentir su pecho vibrar cuando se ríe, menos mal que no me puede ver sonrojarme.

—Gracias a ti, mocosilla —murmura, acariciándome el pelo con la yema de sus dedos.

Disfruto del silencio. Solo acompañado por el sonido de nuestra respiración, y el latido de su corazón contra mi mejilla.

Hacía tanto tiempo que necesitaba esto.

Se siente como un sueño. Hasta tal punto, que, como todas estas últimas noches, se acaba transformando en pesadilla. Unos golpes fuertes a la puerta me hacen abrir los ojos de par en par, luego se abre, y tres guardias fortachones entran.

Mierda, mierda, mierda. Sé de sobra que yo no debería estar aquí. Hago amago de separarme de Marc lo más rápido que puedo; pero no me deja. Al contrario, no deslizamos hasta la esquina más alejada de la cama, y puedo notar su mano sobre mi vientre, arrastrándome con él.

—Ni un paso más —amenaza.

Pero claro, ¿quién va a escuchar a un asqueroso Diferente?

Los tres hombres se aproximan, haciendo que mi pulso se dispare.

—Separaos —ordena uno de ellos, el calvo.

No nos movemos, yo porque estoy paralizada, Marc porque es peligrosamente terco.

—¡Que os separéis! —reaccionamos al ver que sacan las pistolas del cinturón.

—¡Eh, calma! Bajad eso —dice Marc, quien ya me ha liberado, pero sigue tenso a mi lado.

Otro de los hombretones da dos zancadas para llegar hasta mí y me coge de la muñeca.

—¡Suéltala! —vocifera Marc, mientras yo me zafo. Pero el tercero me pilla por sorpresa, y ese sí que me coje.

—¡Como le hagas algo, te juro que te mato! —gruñe el de pelo negro, mientras él mismo está siendo retenido por el hombre calvo.

Entre todo este revuelo, se cuela la voz de Moor, sonando estridente a través de la megafonía del edificio:

—«En las últimas semanas hemos experimentado un incremento en la actividad entre los internos; por ello nos vemos obligados a establecer un toque de queda y recordaros que queda prohibido entrar en habitaciones ajenas.

Perdonad por la molestia, y que descanséis; os hará falta, ya que las visitas a la zona de tratamiento se incrementarán a tres veces semanales, por demanda del gobierno. Buenas noches».

Intercambio una mirada de terror con Marc, mientras me sacan a la fuerza de su cuarto.

—¡No me toq…! —me callan con un rodillazo en la corva.

Se podría decir que me arrastran por el pasillo hasta mi habitación y en cuanto abren, me lanzan dentro. Cierran de un portazo y oigo cómo echan la llave. Me abalanzo sobre la puerta y comienzo a aporrearla:

—¡Eh! ¡No podéis hacer eso! ¡Abrid! ¡AbrID! —Doy una patada de frustración, que me duele más a mí que a la madera.

—No… No… No… —Me llevo las manos a la cabeza mientras me deslizo pared abajo, hasta quedar de rodillas. Todo estaba yendo bien.

Ignoro el hecho de que comienzo a llorar.

Pero el motivo. Y es que estoy HARTA. Harta de que siempre, cada momento bueno, sea compensado con siete malos.

De que la vida, o el karma, o el destino me hayan elegido a mí como víctima de no sé qué castigo.

Estoy harta de todo, había encontrado un refugio, pero por segunda vez, estos cabrones me apartan de mi hogar.