Capítulo 52
Edgar
Mi memoria no puede parar de reproducir en bucle las escenas con las que llevo soñando días; y un escalofrío me recorre mientras intento no encajarlas con los acontecimientos actuales.
Tengo miedo, mucho miedo. Por Marc, pero también porque si le pasa algo, será mi culpa. Por no avisar de lo que ya sé, pero ¿cómo hacerlo? Ya bastante mal está Astrid como para que encima yo la estrese más.
Me muevo inquieto hasta que alcanzo la ventana, necesito un poco de aire fresco.
Por si fuera poco, estoy seguro de que los guardias la han tenido que oír cuando ha montado tanto barullo, ¿por qué se lo he permitido?
La veo desesperada, y estoy a punto de contarle lo que mi poder me ha mostrado, cuando milagrosamente, una idea de lo más incauta me viene a la cabeza.
—Una cosita… —comienzo.
—Dime.
Dudo antes de formular la pregunta:
—¿A cuántos metros estamos del suelo?
La chica se me queda mirando fijamente y con los labios entreabiertos; debe de estar pensando que soy un cabeza hueca. Probablemente lo sea, pero no sé qué más aportar. Quizá silencio, Edgar, eso es lo mejor que le puedes dar a este mundo me dice mi padre.
—Edgar… ¿Te das cuenta de que…?
—Ya, ya, lo siento, no tengo ni idea de qué estaba pensando… —la interrumpo para excusarme.
—¡Eres un puto genio! —Se levanta con ímpetu.
—Espera, ¿qué?
—Que has tenido una idea genial, gracias. —Comienza a moverse por mi cuarto, comprobando la altura; la cual ahora miro y me da vértigo.
—No estarás pensando en saltar, ¿no? Es peligrosísimo, no sé a…
—Claro que no —me corta—. No estoy tan loca —carcajea.
—¿Entonces?
No me contesta, directamente se dirige a mi armario, abriendo la puerta corredera de par en par. Y a pesar de que soy consciente de que es algo que nos ocurre a todos los internos, me avergüenzo de que en el interior solo haya una camiseta y un jersey verde y viejo.
Astrid los deja sobre la cama.
—Déjame tu camiseta —me pide mientras ella comienza a quitarse la suya, revelando un top deportivo que me hace enrojecer.
—P-Pero ¿qué dices?
—Confía en mí.
Me toma unos segundos descifrarla hasta que veo que comienza a deshacer mi cama y anudar las finas sábanas con la colcha, y esta con su camiseta.
Abro los ojos y la boca por igual al comprender. A continuación, me doy cuenta de que me está mirando, presionando para que me la quite.
—Eh… Esto… ¿Segura de que no queda nada más que puedas usar?
No me contesta, pero comienza a rebuscar en los cajones vacíos. Luego comprueba la longitud de su chapuza.
Como pretenda que baje con eso, me voy a matar.
Suspiro, resignado.
—Está bien. Pero, por favor, no mires. —Me muerdo el labio.
—Sí, sí, no te preocupes.
En cuanto compruebo que se da la vuelta, me llevo las manos temblorosas a la tela, que comienzo a separar de mi cuerpo.
Noto el algodón, ahora ausente, dejar vía libre a que el fresco que entra del exterior acaricie las miles de cicatrices que me recorren la espalda.
Aprieto los ojos, con una mueca del dolor que siento por dentro al recordar cómo se hicieron todas y cada una de ellas.
—Toma… —susurro.
Gracias, la coge sin reparar en las marcas que no le dejo ver. A pesar de que oculte mi peor parte, tampoco me agrada mucho la idea de que vea mi torso al desnudo, tan huesudo y… ¿Cómo decía padre? Ah, ya, «agraz».
Pero la chica no dice nada, seguro que por no importunarme. O quizás ni siquiera quiera desperdiciar su tiempo en prestarme atención, qué egoísta he sido al pensar lo contrario. Desde luego que soy un…
—¿Y eso? —su voz me despierta.
—¿El qué?
—Ed… Tu espalda… —su tono es suave, más de lo que nunca he oído, tan suave como el de…—. ¿Te duele?
Sacudo la cabeza en negación, no quiero hablar de ello.
Ella me mira con semblante de circunstancias, pero debe leer en mis ojos que es innecesario profundizar en el tema.
Simplemente me da un apretón en el antebrazo y vuelve a lo suyo.
—Vale, bueno, yo creo que con esto ya hemos podido reducir la altura hasta casi la mitad… Eso, o soy más optimista de lo que debería; pero bueno, ese no es el caso.
Se me acelera la respiración mientras mi momento de dejar de ser un cobarde se acerca. Camina hacia mí con el amasijo de tela y, cuando extiendo los brazos, se para. ¿Y ríe?
—¿Qué haces?
—Ehhh…
—¿Crees que voy a dejar que seas tú el que salte?
—Ehhh…
—Sí, y después va la «I». Anda, déjame pasar.
Asimilo. Proceso. Y luego, reacciono.
—Te puedes hacer daño.
—Puede que Marc se esté haciendo daño ahora mismo.
Me cuesta mucho aceptar, pero razón no le falta; y un lado de mí que desearía que no existiera, se alegra de que no sea yo el que tiene que jugársela.
—Ten cuidado —ordeno con semblante serio.
—No te preocupes, lo tendré.
Está tirando las telas por la ventana, asegurando los nudos cuando se detiene.
—Ah, y una última cosa… Si por lo que sea consigues salir de aquí, da por empezado El Plan. Es un poco precipitado, y da un poco de miedo, pero hoy empieza La Revolución que tanto llevamos deseando. Buena suerte, amigo.
Me quedo sin palabras. No creo que esto esté sucediendo de verdad.
—¡Bueno! Pues esto ya está. Sujeta este extremo —me pide, entregándome un lado de las sábanas—. Agárralo fuerte, eh.
Asiento con decisión, una que no termino de sentir del todo.
—Vale… —suelta un suspiro pesado—. Allá voy.
—¿Cómo vas? —trato de que me oiga desde aquí arriba.
—¡Bien! —grita encaramada a las telas, a unos quince metros del suelo—. ¡Baja más!
Interpreto su señal y suelto un poco más del improvisado arnés, con torpeza por culpa del temblor que no cesa, el que me repite que no la cague.
Seguimos un rato más así, poco a poco; y es que la lluvia y el viento tampoco están ayudando.
—¡Ya casi se ha acabado la cuerda! —aviso a una Astrid que desde aquí se me hace pequeñita, pero no lo suficiente.
—¡Vale, bueno, tú dale hasta el final y luego ya…!
Se oye un desgarro.
Se calla.
Me callo.
Me mira.
La miro. El contacto visual dura unos segundos, y cuando se rompe, lo hace también una de las camisetas —seguro que la mía—.
—¡Mierda, mierda, mierda! —Astrid se apresura a agarrarse a cualquier saliente, y yo entro en pánico al ver que no queda nada.
Que lo único que consigue agarrar es el montón de telas inservibles.
Y justo después, cae al suelo.