Capítulo 43
Astrid
Madre mía, ¿qué acabo de hacer? ¿Por qué he hecho eso? Maldita impulsividad.
—De verdad que perdona —me disculpo una vez más.
—Bueno, bueno, no lo digas como si besarme fuese una tortura. —Ríe Marc.
Su tono de broma me confirma que no está enfadado conmigo, y eso, inexplicablemente, me libra de un gran peso en los hombros. Viendo que volvemos a nuestro tira y afloja de siempre, no me callo:
—Impertinente —susurro.
Él se queda mirando a la nada por unos segundos, luego se recoloca la máscara de indiferencia que ha llevado toda su vida y da una palmada a la vez que exclama:
—¡Bueno! Por lo menos ya sabemos para qué sirven las pastillas… Ahora que contamos con nuestro poder…
Carraspeo con intención de llamar su atención. Él se vuelve, con una ceja alzada.
—Yo sigo sin saber cuál es mi poder. —Junto los labios en una fina línea.
—Ah.
—Ya, así que no sé si voy a ser de demasiada utilidad…
—Cállate —frunce el ceño—, Astrid Wilson no habla así.
Vaya.
Ha acertado de lleno en no sé muy bien qué; pero de pronto ya no me siento tan vacía. Me quedo pasmada por un —vergonzoso— momento.
—Además —irrumpe en la oleada de cosas que no debería estar pensando—. Da igual, ya descubriremos tu poder. Quizá incluso ya lo hayas usado y ni siquiera te hayas dado cuenta. Eso lo vamos viendo —concluye.
Me rasco el brazo, insegura ante una duda que llevo unos días teniendo.
Finalmente, me atrevo a preguntar:
—Una cosa.
—Dispara.
—¿Cuál es la habilidad de Edgar?
Observo al chico morderse el labio y mirar hacia otro lado.
—Creo que sería mejor si se lo preguntaras tú.
—Vamos, no le voy a decir que me lo has contado.
—Si tanta curiosidad te da, pregúntale a él —insiste.
—Vamos, aunque sea dame una pista.
—¿Siempre eres así de infantil?
—Oh, habló Don Boque —salto a la defensiva.
Me recorre con la mirada, para finalmente fijarla en mi cara. Tiene el ceño ligeramente fruncido.
—¿Ese es tu mejor insulto? —farfulla vacilón.
—Técnicamente no es un insulto.
—Ah, ¿no? —me desafía.
Sin embargo, como por aparición divina —eso, o que le estoy empezando a conocer mejor— atisbo la confusión en su mirada.
—¿Acaso sabes lo que significa «boque»?
Él hace una pedorreta, como si yo acabase de decir la estupidez más absurda de la historia.
—Claro que sé lo que es… No soy idiota.
Me cruzo de brazos y alzo la barbilla:
—Ah, ¿sí? A ver.
Él abre la boca. Luego la cierra. Después se vuelve a disponer a decir algo. Pero finalmente se calla. Eso me arranca una carcajada.
—¡Oh, venga! ¡Tenemos mejores cosas que hacer que discutir sobre insultos bobos! ¿Qué tenemos? ¿Cinco años? —se indigna.
Sin embargo, le miro y sigo sin poder borrarme la sonrisa de diversión.
—Bueno… Venga… Vale… Lo dejamos. —Alzo las manos en señal de rendición.
—Eso. Lo dejamos —sentencia—. Y que conste que no soy ningún boque.
—Oh… desde luego que ya no —murmuro entre risitas perversas.
Marc me lanza una mirada asesina que deja claro que no me va a permitir herir su orgullo.
Es como si le pudiera leer la mente desde aquí «¿Por qué dices eso?», «Astrid, ¿qué pretendes?».
Me río para mis adentros ante la perspectiva.
★ ☆ ★
—¿Qué? ¿Te apuntas? —Le sonrió a un anonadado Edgar, que se encuentra sentado, como siempre, en el suelo contra la pared.
Marc y yo le acabamos de explicar lo que hemos descubierto, las cosas que se nos escapan, y las que podemos llegar a tener bajo control con un poco más de apoyo.
—¡Es nuestra oportunidad, Ed! —le anima Marc.
En mi opinión, el rubio no sabe muy bien qué pensar; parece asustado y confundido… No como yo me lo esperaba.
Aunque ya me advirtió Don Boque de que esto podría pasar. Edgar no es tan… abierto. Según lo que me ha contado, tiene más motivos para temerle al fallo que nosotros.
—A ver… —se aclara la garganta el de ojos marrones—. Yo no digo que sea mala idea. Pero es muy peligroso.
—Exacto, es peligroso si nos enfrentamos nosotros solos; pero lo único que tenemos que hacer es asegurarnos de que conseguimos la confianza de los demás como para poder revelarnos de una vez por todas. Es muy sencillo, solo… No te tomes las pastillas.
Edgar parpadea.
—¿Me podéis explicar otra vez por qué? —susurra, un poco encogido.
Entonces intercedo yo, porque ya veo por el rabillo del ojo el gesto exasperado de Marc:
—Básicamente, hemos llegado a la conclusión de que las pastillas atenúan nuestros poderes. Y lógicamente será mucho más sencillo enfrentarnos a Moor y los guardias así, que si estamos indefensos.
—Pero ellos tienen armas.
—¡Y nosotros poderes, Eddie! —Marc pronuncia las palabras como si le estuviese hablando a un niño pequeño.
De repente, Edgar tensa su postura, y frunce el ceño mientras mira al suelo.
—N-No me llames así.
Marc suspira.
—Cierto. Perdona.
La tensión es palpable. Me atrevería a preguntar qué está sucediendo, si la situación fuera distinta.
—¿Y si no quiero que mis poderes regresen? —murmura Edgar, cabizbajo—. Al fin y al cabo, si no fuera por ellos, no estaría aquí. Son el problema, ¿por qué querría que volvieran?
Se hace el silencio.
A continuación, Marc suaviza la mirada y se acerca a nuestro amigo.
—Edgar —se pone de cuclillas para poder hacer contacto visual en condiciones—, nuestro poder es parte de nosotros, de lo que somos.
El problema no somos nosotros. Otra cosa es que el sistema se haya encargado de tachar lo distinto como peligroso.
¿Por qué crees que hacen todo esto? Miedo, Edgar, miedo.
Siempre ha sido ese el peor enemigo de los humanos.
Pero basta con mirarlo a los ojos y decidir abrazarlo de una vez por todas.
¿O es que nunca has pensado que quizás el miedo está harto de que huyamos de él continuamente?
Vamos a darle una oportunidad. Vamos a darnos una oportunidad.
Le escucho embelesada, veo cómo alza la barbilla de Edgar con la yema de sus dedos para mirarle más fijamente antes de declarar:
—El problema no somos nosotros, nunca lo hemos sido.
Confía en mí, confía en ti; confía en el putísimo regalo que te ha hecho la vida de ser especial.
Porque lo eres, Edgar. Por eso estamos aquí; ¿o es que acaso no son siempre las flores más bonitas y destacables las que la gente arranca para poder conservar como un tesoro?
Guau. Sorbo por la nariz y me limpio la lágrima silenciosa que llevo ignorando no sé cuánto tiempo. Así que este es Marc…
Edgar le mira tan profundamente como lo hago yo, aunque, sin previo aviso, la magia se rompe: el rubio vuelve a dedicar su atención al suelo.
—Todo eso que dices es precioso, pero no vivimos en una película. Date cuenta.
Marc no lo expresa, pero cuando se endereza, sus cejas se juntan un mero milímetro.
—Pues yo creo que tiene razón —intervengo, colocándome detrás del de pelo negro—. Edgar, tío, no puedes vivir constantemente eclipsado por el temor. Sé valiente, enfréntate al miedo, no dejes que tome control sobre tu vida.
Él nos mira como pidiéndonos que le perdonemos la vida.
—¿Q-queréis dejar de decirme qué hacer con mi vida? Ya tengo veintidós años, no necesito que unos niños me digan cómo comportarme.
¿¿¿¿¿Perdona?????
Hacemos contacto visual y, aunque no lo pretendo, creo que le atravieso con la mirada.
Por unos segundos, el ambiente se vuelve tan denso que hasta lo noto en el fondo de mis entrañas.
Un cosquilleo… me recorre entera. Supongo que será la frustración.
La frustración de que un chaval como él se dé tan por perdido…
Pero de repente sus facciones hacen clic y alza las cejas.
—¿Sabéis qué? Creo que por intentar no pierdo nada. Tampoco es que tenga nada que perder —se decanta finalmente.
Le dedicamos una sonrisa de aprobación; Marc, con brillo en los ojos, y yo, con el corazón acelerado y los dedos hormigueándome.