Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

Marc

La veo subir las escaleras a toda prisa, prácticamente apartándome de su camino. Pero oh, caray, la forma en la que sus ojos me han dicho tanto en un solo segundo…

Voy detrás de ella, intentando ignorar el peso que me deja saber que puede ser que echen a la única persona que me entendió cuando llegué.

Subo los escalones de dos en dos, incluso me tropiezo, pero rápido recobro el paso. Llego a la planta de arriba y me abalanzo sobre su puerta justo cuando está a punto de cerrarse. Me pilla el pie; pero comparado con otros, ese es un dolor menor.

—¿Me puedes explicar qué coño acaba de pasar? —Intento abrirme paso a su habitación.

Ella suelta un chillidito ridículo mientras concentra sus fuerzas en retenerme fuera de su habitación.

—Astrid Wilson, déjame pasar. —Intento que no se me note la rabia en el tono de voz.

Tras unos segundos más de forcejeo, consigo hacerla ceder —otra cosa es que sea a su voluntad o no—. Y entro. Ambos nos tomamos un segundo para coger aire; el suficiente para que la sangre me suba hasta la cabeza:

—¡¿Se puede saber por qué has hecho eso?! —exclamo.

Ella se vuelve para encararme, con lágrimas en los ojos, pero con todo el carácter del mundo:

—¡Es una traidora!

—¡¿Pero qué dices?!

—¡Si no fuese por ella, no habría tenido que exponerme a la mierda esa! ¡No me habría dolido! ¡No…!

—Egoísta… —susurro.

Ella suelta una carcajada que roza lo maquiavélico.

—¿PERDONA? ¿La egoísta soy yo? ¡Lo único que hizo esa mujer fue ganarse mi confianza para reírse en mi cara cuando la necesité!

—No te atrevas a decir eso de Charlotte. ¿Tú sabes todo lo que ha hecho por nosotros?

—Oh, sí, ayudar a que nos torturen —se defiende con sarcasmo. Ja, ja, eso lo ha aprendido de mí. Marc, concéntrate.

—P… Pero… ¿Qué dices? Mujer, estás paranoica.

—No, estoy siendo realista. Marc, aquí no te puedes fiar de nadie, ¡menos de gente que trabaja para el guarro de Moor!

¿Cómo se atreve a decirme a mí lo que yo descubrí hace años? Tengo la mandíbula tan tensa que temo que me raje un diente.

—Estás de coña, ¿no? Yo ya sé que aquí no te puedes fiar de nadie. Pero ella era buena, ella veía en nosotros algo más que simples «Diferentes». —Hago comillas con los dedos para recalcar la palabra—. Y ahora a saber qué la van a hacer por tu culpa —murmuro.

—Pues yo qué sé, entonces el problema era yo y me tenía manía.

—Que no , Astrid. Hazme caso, esa mujer nunca ha estado contra ti, de verdad —le digo, esta vez, sin gritar.

Ella me mira fijamente, con los brazos cruzados y el pecho subiendo y bajándole a gran velocidad.

—¿Y por qué debería creerte? —aclama finalmente, con el mentón alzado, como retándome a quitarle la razón.

Dejo que pasen unos segundos.

Me pienso la respuesta.

No sé si atreverme a preguntar:

—¿Es que no confías en mí?

Las paredes nos observan, manteniendo la tensión que de pronto se ha elevado sobre nosotros como un muro. El corazón me palpita, y apostaría a que a ella también.

—Tú mismo lo has dicho. Aquí no se debe confiar —declara, susurrando. Luego alza la cabeza, recompone su expresión y sentencia—: Así que no. No confío en ti.

La mezcla de sensaciones que me recorren el cuerpo en este momento es tal, que me pregunto si esto es real, o simplemente se trata de una ensoñación.

En el pecho, siento una repentina presión que casi duele. Pero se ve enmudecida por el cosquilleo que me invade las entrañas, desplegándose hasta la yema de mis dedos.

—Mentirosa —declaro, y mi voz refleja que estoy más dolido de lo que me gustaría mostrar.

Astrid se me queda mirando. De pronto descruza los brazos, y abre los ojos como platos.

—¿Qué has dicho? —tartamudea.

—Que estás mintiendo, eso he dicho. Que no me creo que…

—Sí, Marc…

—¿Sí qué? —reprimo las lágrimas, porque Marc Reynolds nunca llora delante de nadie—. ¿Qué estás diciendo ahora?

—Sí, Marc, he mentido —balbucea, y no entiendo por qué se le dibuja una sonrisa en el rostro mientras tanto.

Tuerzo la cabeza, ¿qué está pasando?

—¡Marc, he mentido! ¡Y tú lo has sabido! —Pega un brinco que me sobresalta. Luego me hago consciente de sus palabras.

HOS-TIA.

Toda la ira que sentía se esfuma como por arte de magia; por mi mente pasan las imágenes de las pastillas que llevo días escupiendo como si de un fotograma se tratara.

—¡Astrid, has mentido! —Sonrío yo también, sin creérmelo.

Ella asiente.

—Vale… Vale… Vale… A ver, vamos a calmarnos, a lo mejor no…

—Marc, te odio —irrumpe, eufórica.

Y otra vez lo siento. Ese cosquilleo en lo más profundo de mí, las puntas de mis dedos hormigueando. Incluso paso por alto sus palabras. Solo puedo sentir la energía dentro de mí que hacía años que no sentía. Aunque la recordaba más fuerte.

—¿Tú crees que…? —comienza.

—¡Las pastillas! —asiento, reflejando su gesto.

Nos sostenemos la mirada durante un par de segundos que parecen eternos. Instantes en los que no sé si me desprecia, o cualquier cosa ha pasado a segundo plano; y solo queda el descubrimiento; la llave a nuestra libertad.

Tras ese instante, ella ahoga un grito y, en la velocidad que dura un parpadeo, de repente noto sus labios sobre los míos.

Me quedo paralizado. ¿Qué está pasando? ¿Esto es real? ¿Por qué respiro tan rápido? ¿Por qué le devuelvo el beso? ¿Por qué me está gustando?

El mundo desaparece, solo está su boca sobre la mía. Noto mi espalda contra la pared, sus dedos por mi pelo.

Si se supone que yo no sé besar…

Muevo las manos, que tenía caídas a los lados como un pasmarote, y las desplazo hasta su nuca para atraerla hacia mí. No quiero que se separe. Quiero estar así para siempre; aunque el corazón me vaya tan rápido que me pueda estallar de un momento a otro.

Sin querer la muerdo e intento balbucear una disculpa, pero me falta el aire para hacerlo.

Bravo, Marc, estás quedando genial.

Cuando se separa, noto la ausencia de su calor contra mi cuerpo como un jarro de agua fría. Abro los ojos —no me había percatado de que los tenía cerrados—, y me la encuentro enrojecida. Con la mano sobre la boca y los hombros tensos.

—Perdón —balbucea contra su piel—. Perdón, no sé qué ha sido eso.

Sonrío.

—La adrenalina del momento. —Alzo un hombro y hago un gesto para quitarle hierro al asunto, lo último que quiero es incomodarla. O que se arrepienta.

Aunque bien sé yo que ni en mil vidas me voy a olvidar de esto que acaba de ocurrir… Y lo peor es que lo agradezco.

No, espera, lo peor en verdad es que ahora soy yo quien quiere besarla.