Capítulo 41
Charlotte
El pecho me retumba cuando pongo un pie en el despacho de mi superior. Esa chica realmente la ha liado. Lo peor es que aun así seré yo quien pague las consecuencias… Sin embargo, tampoco puedo culparla: es una adolescente asustada. Esto no lo ha hecho ella; lo ha hecho Exilio.
A decir verdad, ya era hora de que me despidiera de este lugar. No quiero seguir viendo cómo torturan almas que podrían tener una oportunidad en la vida si se las diera.
—Charlotte… Mi dulce y querida Charlotte… —me recibe el director.
—Roiman —contesto, alzando una ceja. Segura de no sé muy bien qué.
—Me alegra que recuerdes mi nombre… Como también recuerdas el de la chica esa. —Ahí está, la pullita que me veía venir.
—Cómo se me iba a olvidar tu nombre…
Él me lanza una mirada asesina. Luego se dirige con la voz hacia mis compañeros:
—Quitadle las armas y dejadme a solas un rato con ella. Creo que tenemos algunas cosillas que hablar…
Los seguratas con los que comparto uniforme cumplen con su encargo; yo no me resisto. Una vez oigo el característico clic de la puerta al cerrarse, parece que hubiese sido la señal de inicio de una competición… O, mejor dicho, una lucha.
—¿Cuánto llevas haciendo esto?
Sin rodeos. Me lo suelta de una calada.
—Como no te expliques mejor, no…
—SABE. TU. LUGAR. No me hables así, recuerda quién soy, Charlotte —recalca con ponzoña en cada sílaba.
—Perdón. —No soy tan inepta como para sobrepasar los nítidos límites que dibuja entre nosotros.
—Y ahora dime, ¿desde cuándo estás compinchada con esos ? ¿Cuándo perdiste la poquita decencia que tenías?
—Señor, yo no estoy compinchada con nadie…
—No me mientas, bonita. Esa chica lo ha dejado claro: «Confiaba en ti». Algún motivo le habrías tenido que dar para ello.
Enmudezco. No voy a rebatir eso. Sé que será inútil.
—Ahórrate esto; despídeme ya —me resigno, cabizbaja.
De pronto, siento un escozor en la mejilla que me hace levantar la cabeza y asimilar el bofetón que me acaba de propinar el director.
—Mírame a la cara cuando te hablo, ¿entendido? —susurra, con una calma antinatural.
Me limito a asentir, mordiéndome el labio inferior para no expresar el remolino que siento adentro en estos instantes.
—¿ENTENDIDO?
—Sí.
Hago lo que se me pide, ser la mujer sumisa y obediente que llevo siendo los últimos veinticinco años.
Moor sonríe, complacido y condescendiente, como si me acabara de hacer un favor.
—Genial. Ahora recoge tus cosas. Deja tu cuarto libre, por favor. En tres horas vendrá un coche a recogerte
Se me forma un nudo en la garganta.
Marc… Edgar… Todos los demás…
—Y ni se te ocurra interactuar con nadie fuera de la plantilla de empleados, ¿sí?
—Vale.
—Genial. Ya puedes irte.
—Una última cosa, señor —murmuro cuando tengo la mano en el pomo.
—¿Sí?
—No vuelva a tocarme.
Con eso y un portazo, me despido. Cierro otro capítulo de mi vida. Uno que no voy a olvidar.