Capítulo 40
Astrid
La zona común está tan abarrotada como siempre. Por lo visto, la gente prefiere estar amargada en compañía.
—As… ¿Te puedo llamar As? —comienza Edgar.
—Sí, claro —bufo una risita.
—¿Te puedo preguntar una cosa?
—Dime.
—¿Dónde crees que está Marc? —duda al hablar, como si lo hiciera inseguro.
—Estará en su cuarto. O con Charlotte. —Pongo los ojos en blanco mientras pronuncio estas últimas palabras.
Se hace el silencio. Pero no es incómodo. Por lo menos, no con el rubio al lado.
—Últimamente me tiene preocupado su complejo de héroe —murmura, con la vista fija en un punto que no sabría determinar.
—¿Por qué dices eso? —Frunzo el ceño, un tanto extrañada—. ¿Es que no confías en él?
—No es eso. Es simplemente que…
Se calla, como si temiera que lo reprenderé cuando termine la frase. Intento darle un poco de margen para que finalice él solo, pero al ver que no lo hace, le doy un empujoncito:
—¿Es simplemente que qué?
Me mira.
Luego responde:
—Me preocupa que todo esto nos venga grande. Marc tiene mucha motivación de cara a salir de aquí; ¿pero no crees que, si fuera tan fácil, alguien habría escapado ya?
Su afirmación me deja cavilando. Tiene razón, pero al poco me encuentro contestándole:
—Esa es la cosa. Creo que lo difícil no es salir de aquí, sino sentirte capaz de hacerlo.
—Astrid, el mundo no es una película. El mundo real es cruel, y da miedo. Y daña. Y no le importa lo inspirado que estés; siempre hará lo que quiera contigo.
Me quedo pasmada mirándole, y de pronto suelto:
—¿Quieres hablarlo?
Edgar se sobresalta.
—¿Hab-hablar? ¿El qué? N-no hay nada que hablar. —Sus mejillas adoptan un sombreado rojizo.
—Yo creo que sí… —le presiono con la mirada, y parece que consigo que se sienta intimidado.
—N-no me mires así —murmura.
—Cuéntame qué te pasa.
—No… me… No pasa nada.
No le creo. ¿No ve que solo quiero que se sienta mejor?
—Ed, lo único que quiero es que tengas claro que tienes una amiga en la que confiar. Puedes desahogarte conmigo, no te voy a juzgar. Solo pretendo ayudarte. —Le dedico una sonrisa honesta.
Él me contempla durante unos instantes y entonces deja escapar un suspiro leve.
—No… No sé por qué, pero en general me cuesta confiar en la gente. No puedo confiar en la gente
Le miro con el ceño fruncido por lástima.
—¿Quién te ha metido eso en la cabeza?
—La vida.
—Ed… —Clavo mis ojos en el mar marrón de los suyos, son tan oscuros que casi parecen vacíos.
—Mi padre siempre decía que…
Han sido unas pocas palabras, pero cómo las ha pronunciado; y, sobre todo, cómo ha enmudecido sin finalizar la frase, me delatan al culpable —en parte— de que esos ojos tan jóvenes no brillen ya más.
De pronto, se cruza de brazos —aunque más bien diría que lo que hace es abrazarse a sí mismo— y desvía la mirada, que tiene empañada.
—No… No quiero seguir con esto. Deja de meterte donde no te llaman —masculla antes de levantarse y huir escaleras arriba.
Bravo, Astrid. Reza por que se le pase o estarás más sola todavía.
Este pensamiento también me lleva a preguntarme si, en caso de que Edgar le contara lo sucedido a Marc, él también se enfadaría conmigo.
Ahora me siento un poco culpable… Pero bueno, no es cosa mía que sea tan susceptible. No es mi culpa lo que quiera que su padre le haya hecho.
Jugueteo con el bajo de mi camiseta, encaramada al sillón azul que nada sigue la estética del edificio. Estoy absorta en mis pensamientos. Que no me lo hubiera dicho si no quería que lo supiera , cuando noto una presencia alzada sobre mí. Subo la cabeza y…
Ufff… Ahora soy yo la que quiere salir por patas.
—¿Puedo? —pregunta Charlotte antes de sentarse en el hueco vacío junto a mí, ya frío tras la marcha de Edgar.
Me encojo de hombros sin decir nada, es un movimiento tan imperceptible que perfectamente podría dar apariencia de que la estoy ignorando.
—Setenta y uno, escúchame… —trata de razonar.
Pero yo no la respondo de ninguna forma.
—Déjame explicarme…
—Tengo nombre —la interrumpo con un refunfuño.
Ella deja escapar un suspiro, antes de susurrar:
—Lo sé, Astrid. Solo estoy siguiendo las normas.
—No te hagas ahora la víctima —murmuro. De pronto me escuecen los ojos, al recordar cómo sentía que me ahogaba y lo máximo que hizo esta señora fue entregarme, aprovecharse de mis condiciones y traicionarme.
—No me estoy haciendo la víctima, créeme. Ni siquiera quería que ese guardia apareciera —me está hablando en voz baja, y como si estuviese tratando de razonar con una niña pequeña; lo cual solo hace que apriete los puños.
—Déjame.
—Yo te intenté ayudar y llegó ese hombre. Rompí las normas por ti. —Casi ni se la oye decir esa última frase; que recalca llevándose una mano al pecho.
—¡Déjame! —No estoy de humor para excusas.
—Estás actuando de forma un poco inmadura. Razonemos y…
—¡QUE ME DEJES! —exploto.
Unas pequeñas arruguitas se dibujan en su frente y sus labios se juntan a presión, formando una fina línea.
—¡ME DAN IGUAL LAS NORMAS QUE TE HAYAS SALTADO!
ERES UNA TRAIDORA ¡Y LO SABES! ¡YO CONFIABA EN TI!
¡Y CUANDO PEOR ESTUVE, LO MÁXIMO QUE HICISTE FUE ENTREGARME A LOS MIERDAS DE TUS COMPAÑEROS!
ASÍ QUE NO ME VENGAS AHORA CON DISCULPAS VACÍAS.
PORQUE NO ME VAN A BORRAR LAS PUTAS CICATRICES QUE DEJARON LAS DESCARGAS.
¿TÚ SABES LO QUE DOLIÓ ESO? ME. QUERÍA. MORIR.
—No soy consciente del momento en el que me he puesto de pie.
Tampoco de toda la gente que tiene las miradas clavadas en nosotras.
No me fijo en la cara de terror de Charlotte; ni en la forma altiva de acercarse que tienen los guardias que se dirigen hasta donde estamos.
Cuando clavo los pies en el presente, me doy cuenta de hasta qué punto acabo de comprometer a la mujer.
—Yo… Yo no… —se me rompe la voz cuando comienzo a disculparme.
—¿Qué has hecho? —susurra ella, y me sorprende que no haya ni una mota de rencor en su mirada.
Las manos, que antes tenía apretadas en puños, comienzan a temblar. Acabo de meter a esta mujer en un apuro de los gordos. Y, por si fuera poco, unos ojos verdes observan el numerito desde la escalera, abiertos de par en par.
Se llevan a Charlotte, no sé si entre el barullo me ha parecido entender que al despacho de Moor. Como si no bastara, tengo decenas de miradas penetrándome.
Me siento acorralada. Huyo escaleras arriba de la misma forma que Edgar ha hecho hace unos minutos.
Tengo un mal presentimiento.