Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Edgar

Marc me acompaña hasta mi puerta, donde se detiene justo antes de que yo cruce el umbral.

—¿Estás seguro?

Le miro unos segundos fijamente a la cara. Duro poco, pues ni yo puedo aguantar un contacto visual tan sólido.

Simplemente me limito a asentir. En respuesta, el chico me dedica una sonrisa tímida.

Ya prácticamente estoy cerrando la puerta cuando una mano posada sobre mi hombro me sobresalta. Cuando me giro, sigue siendo el chico del pelo negro el que está junto a mí.

—Ah, y… ¿tú tienes idea de lo que significa boque? —me pregunta.

Inclino la cabeza. ¿Qué dice?

Se recata y hace un gesto para despedirse.

—Adiós —le correspondo.

★ ☆ ★

Ya ha pasado una semana desde que comentamos esta idea de la rebelión. No sé cómo pueden verlo tan claro. Tampoco sé por qué he acabado accediendo yo. Pero lo he hecho. Y ya no puedo fallar a las únicas personas que se molestan en no hacerse los sordos cada vez que me atrevo a abrir la boca.

Estos días hemos estado observando, eligiendo quién queremos que se sume a nuestra causa. Mi rol es sencillo: ver quién puede llegar a tener más posibilidades en una hipotética huida. O quién tiene más cara de querer salir de aquí, de no haberse resignado a una vida en blanco y negro.

Eso sí que me está costando horrores. No es tan fácil saber las intenciones de una persona por su mera fachada. Recuerdo que una vez Agnes dijo algo de la gente siendo como los libros… Portadas pulcras y páginas vacías; y cantos descuidados que aúnan las mejores historias…

—¡Edgar! —Una voz femenina me saca de babia. ¿Agnes? Ah, no, es Astrid—. Edgar, ¿estás bien?

Yo asiento frenéticamente en respuesta.

Se hace un silencio un tanto incómodo.

—Normal que te quedes embobado. Yo también estoy enamorado del suelo. Es tan… apasionante —bromea Marc, consiguiendo sacarnos una carcajada a los tres.

—Más bien diría que es tan oscuro como nuestro futuro… —trato de imitar su habilidad humorística, y aligerar el ambiente.

Pero los dos frente a mí se me quedan mirando. Una con una sonrisa educada pero falsa, y otro con cara de circunstancias.

—¡No! ¡No me refería a…! ¡Yo no…! —emito un suspiro de derrota—. Solo bromeaba. — Aunque parece que ni eso sé hacer.

—Ya. Ja, ja —murmura Marc, echándome un último vistazo.

Y por eso estás mejor calladito, Hart, me recuerda la voz de mi padre.

—Bueno a lo que íbamos —sacude la cabeza la chica, reencarrilando la conversación—. ¿Tenemos ya los primeros a los que les vamos a decir lo de las pastillas?

Marc ni siquiera se molesta en que contestemos todos —cosa que agradezco— para precipitarse a añadir:

—Cincuenta y ocho y Sesenta y dos. Son un chico y una chica, un poco más mayores que nosotros, pero se les ve habilidosos. El otro día estuve hablando con ellos, y ya os digo yo que están deseando salir de aquí —declara.

—Genial, creo que sería buena idea que sea Edgar quien hable con ellos.

—¿Yo?

—Sí, tú pareces más sensato que dos adolescentes sedientos de vida. Tienes veintidós, te acercas más a su edad, y seguro que congeniáis más.

—Ehhh…

—Si no te importa —aclara Marc.

Me lo pienso un segundo. ¿Qué he hecho hasta ahora? Nada. Es hora de que haga algo útil.

—Sí, sí, sin problema… —Fuerzo una sonrisa—. No está mal pensado.

Astrid y Marc sonríen. Nos quedamos en silencio, aunque no sé por qué no se hace incómodo. Este es roto por Astrid, quien sorbe por la nariz unos segundos antes de abalanzarse sobre Marc y sobre mí.

—Ey, ey, ey… —me destenso cuando me percato de que no se trata de nada más que un abrazo.

Muevo el brazo en un intento cutre de devolvérselo.

Y aunque no se siente mal, el hecho de que esté haciendo esto despierta una vocecilla en mi cabeza que me llama traidor.

¿Cómo la has podido borrar a ella de esta manera?

Sin embargo, de pronto la voz se ve atenuada por otra, más tímida de lo que jamás había oído, que dice:

—Llamadme cursi, chicos, pero os quiero mucho.

Se me cae una lágrima.

No te lo creas. La gente miente; y «te quiero» es la mentira que menos te ves venir, la que más camuflada de cariño va; pero también la que acaba asestando la puñalada más letal a aquel que se la cree.

★ ☆ ★

Me he pasado toda la noche en vela planeando el discurso más convincente, pero menos desesperado del mundo. Necesito ganarme a esas personas.

Cuando bajo al comedor a la hora de desayunar, esta vez no me siento donde lo suelo hacer —sin darme cuenta, eso levanta alguna sospecha entre algún que otro guardia—, sino que voy a la mesa de enfrente, donde los objetivos se sientan cada día a comer en silencio.

Me acerco a su mesa, y…

¡BANG!

Miro a mi alrededor. No ha pasado nada. A pesar de que dudo, finalmente doy un paso hacia delante.

Sangre.

Me detengo, asustado y con hormigueo en las entrañas. ¿En qué momento accedí a recuperar mis poderes?

Intento borrar todo eso de mi mente, recordando que Marc me dijo que, si no estamos libres de la tobillera, nuestras habilidades no funcionan al cien por cien. Es eso. Solo estoy paranoico.

Me desplazo unos pocos metros hasta que llego a la pareja. Carraspeo para llamar su atención.

La chica vuelve la cabeza con gesto curioso.

—¿Hola?

Aquí en Exilio no estamos acostumbrados a socializar mucho.

—Ho… hola. Perdonad que os interrumpa, serán solo unos segundos…

—¿Qué pasa? —interviene el chico, interrumpiéndome.

—Sí, bueno, eh… Que… ¿Creéis que podríamos hablar un ratito después del desayuno? En la zona común, por ejemplo —bajo la voz para decir lo siguiente—. ¿Junto al hueco bajo las escaleras?

Ellos se miran entre sí, como buscando confirmación el uno en el otro.

—¿De acuerdo?

—Genial. —Alzo los pulgares y sonrío patéticamente mientras me alejo de vuelta a mi sitio de siempre, que ya bastante he llamado la atención por hoy.

Una vez en las escaleras, les explico el plan palabra por palabra como me lo contaron mis amigos a mí.

Durante el minúsculo pero eterno rato de silencio que se forma, ando deseando que, por favor, hayamos dado con gente que se una a la causa; no tanto por conseguir ser más, sino por no ganarnos más enemigos.

—¿Y estás diciendo que las pastillas sirven para eso? ¿Y que si las dejamos podremos recuperar nuestras capacidades?

Asiento, un poco inseguro ahora que lo escucho en boca de otro.

—¿Y dices que una vez las volvamos a tener, iniciemos una rebelión contra Moor y su institución?

—¿S-sí? —Me encojo de hombros.

Fruncen el ceño. Ojalá supiera qué se les está pasando por la cabeza.

—Sé que suena loco, pero lo hemos estado pensando y meditando durante mucho tiempo. Nosotros mismos lo hemos hecho por una temporadita… Y ya os digo yo que funciona.

—¿Nosotros? ¿Alguien más está en el ajo?

No contesto. ¿Debería contestar?

Finalmente, me decanto por la fantasía de que la esperanza en sus ojos no es fingida.

—Sesenta y ocho. Y Setenta y uno. —Tengo seca la garganta.

A la chica se le ilumina la mirada. Hay algo en uno de los que he nombrado que la hace sonreír y mirarme como si fuese algo lo suficientemente digno de admirar.

—Nos apuntamos —determina, con entusiasmo tiñendo su voz.

Les dedico una sonrisa ladeada, y el espíritu de Marc se apodera de mí para hacerme pronunciar las siguientes palabras:

—Gracias. Lo vamos a conseguir, ya veréis.

★ ☆ ★

Tres semanas y muchas pesadillas después, ya somos veinte.

Suficientes, según Marc. El plan ahora mismo es esperar unos quince días a que todos recuperemos, aunque sea, un tercio de nuestras facultades.

Se nota en el ambiente que algo está pasando: los pasos ya no son tan pesados, las miradas que se intercambian por fin tienen incluso un destello de brillo.

Aunque esto ha sido más bien gracias a Astrid y su increíble habilidad de persuasión. No sé cómo lo hace, pero todavía nadie le ha dicho que no.

Todo va viento en popa… O eso se supone.

Y es que yo no entiendo por qué no lo siento así, por qué cada noche tengo sueños más nítidos de la sangre, de la huida fallida, de la lluvia impactando contra ese cadáver que no consigo identificar, pero sobre el que lloro…

No lo quiero entender.