Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Marc

Me relaja la lluvia de fondo. Acalla otros pensamientos.

Estoy tumbado en el suelo, sobre las frías baldosas. Son rígidas, pero me lleva tanto tiempo doliendo todo que me da igual. Suelto un suspiro.

—Bueno, Marc… No estás tan lejos de hacerlo —me encuentro susurrando—.

Quiero decir, estoy seguro de que se te ocurrirá algo, y si no a Astrid, y si no a Ed…

—bueno, a él no lo tengo tan claro. Me lleva inquietando un poco la mirada que me dirigió cuando les conté mi idea...

Su expresión… Me dolió un poco, ¿es que acaso no confía en mí?

Bueno, técnicamente, yo tampoco confío del todo en él.

Ahora que lo pienso, creo que me estoy arrepintiendo de haberles dicho…

Puto sentimiento. Me lleva acompañando tanto tiempo…

, y aun así a veces sigue cortando tanto como el filo del cuchillo que sostengo día tras día contra… ¿Moor? ¿El sistema? ¿Yo mismo?

Giro la cabeza hasta que tengo la vista fija en la puerta corredera de mi armario, ahora cerrada…

Toc, toc, toc.

Me pongo en pie tan rápido como silenciosamente puedo y me meto en mi cama; donde se supone que debería estar. Aprieto los ojos, esperando el momento en el que un guardia abra de un plumazo para hacerme no sé muy bien qué.

Pero no: de repente escucho dos toques, luego una pausa; uno más, otra pausa; y tres últimos golpecitos para finiquitar.

¿Qué coj…?

Tardo un par de segundos en decidir si acercarme a abrir a alguno de mis compañeros, o si puede que sea un guardia demasiado cotilla para nuestro propio bien. Finalmente, me decanto por la primera opción. No sin antes apoyar la oreja para escuchar atento cualquier posible signo de amenaza.

Cuando por fin abro, unos ojos grises destacando en la oscuridad se encuentran a menos distancia de los míos de la que esperaba.

—¿Astrid? ¿Qué coño haces aquí? ¿Y por qué a estas hor…?

—Shhhh… —me chista, entrando en mi cuarto y cerrando tras ella.

—¿Me puedes decir por lo menos que has venido con cuidado?

—¿Por qué? ¿Te preocupa mi integridad física? —bromea, arqueando una ceja.

—Más que eso, me preocupa que te hayan visto y luego me castiguen a mí. —Intento que no se note que estoy pensando en nuestra última aventurita, la cual dejó marcas en ambos… Solo que las mías no se ven.

—En cualquier caso, ¿puedo pasar?

—¿No estás ya dentro? —hago un gesto como si mi querida compañera fuera corta de entendimiento.

—Ja, ja, muy gracioso.

—¿Se puede saber por qué has decidido venir a las tantas de la madrugada a mi puto cuarto? —susurro, curioso.

—Muy romántico, ¿verdad? —bromea soltando una risita. Maldigo la sonrisa que me arranca su roto humor.

—A callar —espeto.

—Cállame, si te atreves —responde ella, tan brava como siempre.

Un silencio denso se cierne sobre la estancia, sobre nuestros hombros y sobre la mirada que compartimos. Inexplicablemente, siento que se me acelera el pulso… O bueno, no es una sensación; debe de ser la intriga por saber qué quiere. Solo es eso.

—Bueno, ¿me vas a responder? ¿Qué quieres? —cuestiono, esta vez menos a la defensiva que hace unos segundos.

—Ah, sí, eso —adopta el tono de niña buena al que siempre recurre después de conseguir sacarme de quicio—. Venía por lo de tu idea.

Vale, ahora sí que se me acelera el pulso.

—Ilumíname.

—¿Puedo sentarme? —pide permiso, a pesar de que ya se está sentando sobre mi cama mientras lo dice.

A eso solo puedo contestar con un bufido divertido.

Tras ponerse cómoda, decide que ya tiene mi atención y se explica—: Verás, ¿te acuerdas del otro día, cuando a esa chica se le cayó el vaso de agua sobre la guardia esa que vino hacia mí?

Bueno, eso en el caso de que lo hubieras visto.

Por supuesto que lo vi, Astrid. Como si tuviese algo más interesante en lo que estar centrando mi atención.

Asiento, haciéndole un gesto para que continúe.

—Pues resulta que… No sé; no creo que fuese casualidad.

A ver, te pongo en contexto: yo llevo unos cuantos días evitando las pastillas…

N-no me fío mucho de lo que puedan ser. —La escucho atentamente, apoyado contra la pared, al lado de la cama—.

Y desde que lo hago, me noto mucho más lúcida, y como que tengo más… suerte.

Abro los ojos y arqueo las cejas.

—¿Y tú crees que tienen algo que ver?

Ella asiente.

—Aún no sé qué hacen exactamente… Pero creo que todo esto tiene que estar enlazado de alguna manera.

—Tiene sentido —cedo.

—Así que… para descubrirlo podríamos colarnos en las cocinas o algo…

—No, no vamos a volver a hacer algo así. ¿O es que se te ha olvidado cómo acabaste la última vez? Porque esa máquina precisamente cosquillas no hacía.

—¿Propones algo mejor?

Me lo pienso por unos segundos.

—¿Cómo lo haces?

—¿El qué?

—Lo de no tomarte las pastillas. ¿Cómo lo consigues?

Ante mi pregunta, se le ilumina la mirada, como si hubiese estado esperando que la formulara.

—Bueno, es un poquito arriesgado; pero cuando me las meto en la boca, las escupo disimuladamente en la servilleta, y luego me lo meto en la goma del pantalón.

Dejo escapar una sonrisa. Qué lista. E imprudente.

Astrid Wilson está loca.

Astrid Wilson me va a volver loco.

Pero creo que hay belleza en la locura.

Al ver mi gesto de asentimiento, ella también sonríe.

Me muerdo el labio inferior, estamos un paso más cerca de poder ser nosotros. Un paso ciego, cierto es; pero uno, al fin y al cabo.

—Probaré yo también… A ver qué sacamos de todo esto.

El gesto de la chica ante mí se ensancha.

—¿Qué? —cuestiono reflejándola.

—Si todo esto sale bien… ¿crees que podré volver a casa?

Inclino un poco la cabeza, mi expresión tornándose un tanto sombría.

—Creo que eso ya quedó hablado. Aunque vuelvas… no sabrán quién eres.

El recordatorio parece resultarle como un puñetazo en el estómago. Cierra los ojos por un breve instante, como si así pudiese atenuar el súbito dolor de una certeza que desearía haber olvidado.

—Cierto —susurra.

Y no sé qué me hace moverme para sentarme junto a ella.

—Pero, eh… Puede que encuentres un nuevo hogar… Una nueva familia… Cualquier cosa es mejor que Exilio.

—Ya, pero dime tú: ¿de qué sirve la libertad si no tengo a nadie con quién compartirla?

Vaya. Eso duele. Nos ha dolido a los dos, lo sé.

Y no sé por qué diablos hago lo que hago. Un impulso eléctrico hace que mi boca se mueva sola, que mis palabras salgan sin pensarlas:

—¿Quién te ha dicho que estarás sola?

Me enrojezco nada más decir aquello. No es propio de mí.

Dios mío, cállate, idiota, me reprendo mentalmente.

Nuestros ojos se encuentran. Un arcoíris peculiar en el que el gris y el verde se vuelven un solo color. Un ambiente extraño en el que de pronto el tiempo no pasa, ni siquiera me late el corazón, no entiendo qué cojones está pasando… Pero creo que me gusta.

Entonces ella hace esa mueca que me agradece más de lo que las palabras podrían. No es hasta ahora cuando me fijo en que estamos muy cerca. Cuando su mano roza la mía sobre el colchón, los pelos de la nuca se me ponen en punta. ¿Qué está pasando?

Una sonrisa temblorosa se dibuja también en mi rostro, una que ni yo mismo puedo controlar. No sé qué clase de habilidad tendrá esta chica, pero me parece cruel la forma en que la usa conmigo: logra que sienta cosquillas entre el pecho y la espalda.

De pronto, un trueno en el exterior hace que los segundos vuelvan a pasar.

—Bueno… —comienza ella—. Espero que te haya servido de algo esto. Veremos cómo va evolucionando la cosa… ¿Y quién sabe? Quizás sí que lleguemos a conseguirlo.

No tengo ni la más remota idea de lo que está diciendo, pero asiento.

—Creo que debería irme. Como me pillen, estaremos en problemas.

Despierto de esta extraña ensoñación y recobro la sensatez.

—Sí, tienes razón. —Carraspeo—. Hasta mañana.

—Adiós —su voz suena suave mientras se encamina hacia la puerta.

Y cuando su mano roza el pomo, a punto de girarlo, se detiene. Se vuelve poco a poco y me susurra unas palabras que creo que guardaré para siempre en mi estúpida memoria:

—Y… gracias, Marc. Me has ayudado más de lo que crees.

Sonrío.

—No, gracias a ti… Mocosilla.

Tras eso, se va. Y con ella, esa sensación extraña de repentina calidez que estaba inundando el cuarto.

Súbitamente, clavo los pies en la realidad, me hago consciente de que es de madrugada, de que debería intentar dormir. Y así hago…

De alguna forma, hoy se siente un poco menos fría la noche; aunque estoy deseando que se haga de día, lo cual no debería estar pasando.

Realmente, Exilio me está trastornando.