Capítulo 36
Yarrow
Solo queda un último trago de vino. Es el más caro que tenía, mas no le encuentro importancia a ese detalle; el dinero solo es relevante cuando careces de él.
Hace un par de horas que sobrepasamos el crepúsculo, y mi vigilia sigue en pie. A veces hay que sacrificar algunos detalles por otros que merecen la pena.
Para mi deleite, la sintonía que llevaba esperando tanto tiempo suena; descuelgo el fijo.
—Buenas noches —saludo con cortesía.
—Buenas noches —responde al otro lado de la línea.
—Como le indiqué previamente, recibiría esta llamada con los resultados de los análisis realizados en las últimas semanas.
Hemos mantenido un seguimiento constante ante posibles nuevas influencias sobre nuestros ingresados y hemos evaluado la capacidad de reacción de sus ofensivas.
Con estos datos, podemos afirmar que al menos un tercio de la plantilla podría resultar especialmente valioso.
Emito un sonido de asentimiento. Interesante…
—Además, nuestros últimos movimientos se están basando en detección de estímulos para dichas habilidades en cada uno de los individuos.
Por lo poco que llevamos, podemos llegar a hipotetizar que sus poderes y capacidades de reacción están directamente relacionados con su sistema nervioso central.
Concluyendo que, una vez hayamos profundizado más en la exploración, podríamos llegar a desarrollar potencias capaces de tomar control sobre este.
Hasta el momento, esa sería la recapitulación de las últimas jornadas, señor Yarrow.
Le doy un último trago a mi vaso.
—De acuerdo —emito un suspiro imperceptible.
—¿Necesita algo más, Presidente?
—¿Podría pasarme con el director del centro? —solicito.
—Ahora mismo, señor.
Tras unos instantes de espera, en los que una de las sirvientas de la casa se acerca a preguntarme si quiero más vino; percibo la voz ya familiar que me espera al otro lado:
—Miles —me saluda.
—Roiman —le correspondo.
—Bueno, creo que ya te han puesto al día con…
—Un segundo. ¡María! —llamo a la joven del delantal con voz firme, pero siempre sin gritar. Un hombre no necesita gritar para hacerse respetar. Cuando sus apresurados pasos se aproximan y se pausan a la espera de una orden, procedo—: ¿Podrías cerrar la puerta?
Y así hace. Ahora solo estamos mi despacho cerrado, Roiman y yo.
—Disculpa la pausa. Prosigue —dictamino.
—Como iba diciéndote, supongo que mis trabajadores ya te habrán puesto al corriente de lo que estamos consiguiendo.
—Así es.
Se hace un corto silencio, ¿acaso quiere que le felicite?
—De todas formas —continúa— creo que vamos bastante bien de tiempo.
Carraspeo.
—Hoy he recibido una llamada del presidente de Selness.
Está exigiendo que volvamos a proporcionar a la isla de Ivald el petróleo que les restringimos el semestre pasado.
Han amenazado con un conflicto mayor si no se siguen sus directrices —anuncio—.
Y no pienso renunciar a los movimientos ya ejecutados.
Por lo que más os vale que allí en Exilio os toméis en serio los plazos…
Debemos estar preparados cuando lo peor llegue.
—Miles, creo que estás rozando la paranoia, amigo mío…
—Sabe. Tu. Lugar —pronuncio cortante cada sílaba. Puedo tolerar muchos gestos, pero no que se dirija a mí como si fuera uno de sus enfermos.
Le escucho aclararse la garganta al otro lado de la línea:
—Lo que quería decir, Yarrow, es que no tienes nada de qué preocuparte. Por el momento llevamos un ritmo constante y no pensamos cambiarlo. En todo caso, podríamos incrementar las horas de experimentación y la productividad de estas.
—De acuerdo. Si hay alguna insuficiencia monetaria, simplemente informa al ministro de Economía, que me lo derivará; para agilizar un poco los trámites.
—Sí.
—Por favor, Roiman, tómate esto en serio.
El futuro del país ahora mismo pende de múltiples hilos; y uno de ellos sois tú y tu institución.
No podéis fallar. No me importa si requieres de más brutalidad contra tus internos, simplemente necesito eficacia.
Debemos estar preparados para cuando llegue el momento de enfrentar un país como Selness.
No necesito más palabras para que cale el mensaje que trato de transmitir; por ello cuelgo el teléfono tras una escueta despedida.
La presión me recorre las sienes como un alfiler atraviesa la seda. Suspiro; esta vez me permito escucharlo.
Al volverme en mi silla, tengo cara a cara ante mí el mapa de Dland, que lleva tantos años en el despacho. Observo mi mundo. Me fijo en mi país. Me yergo.
Aún noto el regusto del alcohol en la garganta cuando unos leves toquecitos resuenan contra la madera de la puerta.
—Ahora mismo no puedo. Me encuentro…
—¿Papi?