Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Astrid

Estoy saliendo de la zona de tratamiento; no sé si es mi sensación o si realmente hoy ha sido un poquito menos brutal. Simplemente me han sedado, hecho algunos análisis, sacado un par de tubos de sangre… No me quejo. Hasta la semana que viene.

Es por la tarde, me lo dice el sol, que ya se está empezando a ocultar. Por lo que los guardias que me sujetan me llevan directamente al comedor. Todavía no hay nadie, así que me sientan y me observan como si me fuera a escapar de un momento para otro.

Llega un punto en el que te acostumbras. Yo ya lo he hecho. Casi del todo.

En el extremo del banco, junto a mí, observo un hueco. Frente a mis ojos, otro vacío.

—Una cosa —le digo a quien me escuche—. ¿Qué hora es?

Me ignoran. Aunque, si soy sincera, tampoco esperaba que me fuesen a contestar.

Bendito sea el silencio, que se extiende como un gas tóxico, cubriendo la estancia y a todo aquel que hay en ella.

SILENCIO.

Últimamente me acompaña tanto como me aterra. Una vez más — no sé si para bien o para mal — comienzo a cavilar. Recorro las blancas paredes con la mirada. Los bancos, las mesas alargadas… Rememoro la primera vez que vi todo esto. La sensación de soledad en el bullicio…

Por fin oigo el murmullo de los pasos apretados que entran. Busco con la mirada a Marc y a Edgar; que toman su sitio de siempre.

—¿Qué tal el día? —suelto como si fuese una pregunta cualquiera, para un grupo de adolescentes cualquiera.

Marc me mira y me dedica una sonrisa irónica, como diciendo «¿en serio?».

Edgar no responde, ya está centrado tragando su dosis de pastillas, como se supone que todos debemos hacer.

No puedo evitar quedarme embobada viéndole. Marc le imita. Y el de al lado, y la de al lado. Todo el mundo sabe lo que tiene que hacer, y lo hace. Me fijo en sus caras… Todos tan... inexpresivos, si no tristes…

Frunzo el ceño cuando bajo la cabeza y cojo mi dosis. La observo, una pastilla redonda y una alargada sobre la palma de mi mano. Entro en un trance del que solo me saca un golpecito de uno de los guardias al verme hesitar.

—Voy —gruño, metiéndome los fármacos en la boca y cogiendo el vaso de agua. Cuando veo que el hombretón vuelve a su posición, me trago el agua, cojo la servilleta y escupo las pastillas en ella. Hago como que me limpio y me meto la servilleta disimuladamente entre la goma del pantalón y mi cintura.

Cuando levanto la mirada, compruebo que nadie me ha visto. Todos están lo suficientemente ciegos por la monotonía como para no hacerlo.

De pronto, noto un roce bajo la mesa, contra mi tobillo. Sé quién ha sido. Sé lo que significa.

★ ☆ ★

Por decimotercera vez, enfilo hacia mi sitio con el corazón golpeándome las costillas.

Me siento, cojo las pastillas que hay junto a mi bandeja, echo un vistazo a los vigilantes y repito el procedimiento de siempre.

Estoy escupiendo la última cuando observo a una de las mujeres acercarse a mí.

Edgar se tensa; aunque no creo que se haya enterado de lo que estoy haciendo, sabe que no es buena señal ni la más mínima anomalía.

Ella se me acerca por la espalda y yo me apresuro a limpiarme la boca.

No me habla. Solo me agarra la muñeca cuando mi mano se encuentra a unos centímetros del papel.

Mierda.

Intento no temblar mientras me dedica una mirada llena de escepticismo.

No, no, no, por favor, no cojas la servilleta.

Alarga la mano y justo cuando se dispone a agarrarlo…

—Lo siento, lo siento muchísimo —dice la chica sentada a mi lado. Acaba de derramar todo su vaso de agua sobre la mesa. El líquido se expande hasta gotear y mojar el calzado de la segurata, que hace una mueca de irritación y avisa a sus compañeros.

Aprovecho la distracción para coger la servilleta y metérmela a toda prisa en su escondite de siempre.

Contengo la respiración hasta que tanto la segurata como la ingresada abandonan el comedor — pobre chica — , la primera sin indicios de recordar que, en un primer momento, se había aproximado por mí.

La adrenalina deja un cosquilleo que me nace en el centro del pecho, y me recorre hasta las puntas de los dedos.

Cuando salimos, me dispongo a entrar a mi habitación, despidiendo con un gesto a Edgar y a Marc.

Como cada día — cuando no nos toca visitar la zona de tratamiento — ; esperaremos a que los guardias dejen de rondar el pasillo, para entonces juntarnos en el cuarto del de ojos verdes — que, de los nuestros, es el que menos cerca de las escaleras está — y matar el tiempo como Exilio nos mata a nosotros.

Caray, eso ha sonado muy Marc.

Dos toques, pausa, uno, pausa, y otros tres. Me encuentro con que es el rubio quién me abre la puerta.

—Realmente deberíamos inventarnos una señal más corta. Poco más y se van a pensar que esto es un auditorio o algo —bromeo, cerrando tras de mí.

—¿Un qué? —Edgar inclina la cabeza.

Marc está tumbado sobre su cama, en una postura que no deja lugar a dudas de que es suya.

—¿Y tú qué? —le espeto, recorriendo su rezagada figura con la mirada.

—¿Yo qué de qué? —responde.

Suelto una pequeña carcajada mientras me encojo de hombros; y juraría que consigo dibujar medio milímetro de sonrisa en sus labios.

¿Por qué puñetas me fijo en eso? Lo cierto es que llevo las últimas semanas haciéndolo.

—Oye —murmura Edgar. Volvemos la cabeza hacia él, que al principio enrojece un poco por el súbito gesto—. ¿Creéis que la chica de antes estará bien?

Hago una mueca. Silencio.

—Bueno, es lo que hay. Por eso no nos podemos permitir bajar la guardia en este lugar… —suelta dramáticamente el dueño del cuarto.

—¿Sabes? A veces me cuesta diferenciar cuándo hablas en serio y cuándo solo te dedicas a tomarnos el pelo. —Edgar asiente ante mi afirmación, con la boca reducida a una línea fina y apretada.

Aun así, lo único que conseguimos es arrancarle una sonrisa de orgullo al idiota de Marc.

Edgar ya se ha sentado en el suelo, abrazándose las rodillas.

Yo me apoyo contra el armario; que, al ser corredero, se abre en un desliz que me hace llevarme un golpe en el codo.

Menos mal que la sarta de periódicos que Marc acumula amortigua la caída, aunque luego me hagan resbalar y caer del todo al suelo.

Bufo:

—¿Hasta cuándo piensas seguir guardando esto?

—Hasta que deje de necesitarlo.

—Como te pillen… —interviene Edgar—. O a Charlotte.

Me cruzo de brazos ante su mención. Tenemos una charla pendiente; la última vez que nos vimos no acabé precisamente contenta.

Qué traidora.

—Ah, por cierto —dice Marc, saltando de su cama y dirigiéndose hacia mí. Bueno, hacia el armario. Me aparta suavemente para rebuscar entre los folios. Hasta que da con uno en concreto—. Necesito vuestra ayuda para algo —murmura las tres primeras palabras como si le quemara decirlas.

Arqueo una ceja.

—Veréis; he tenido una idea. Hace bastante que no mencionan a La Perdura en las noticias; y no me parece casualidad. Me apuesto cualquier cosa a que Moor sabe algo.

—Ajá… ¿Y qué es lo que se te ha ocurrido esta vez, genio?

—Cállate, mocosa —me espeta, con fingida ofensa.

Frunzo el ceño.

—¿De qué se trata? —pregunta Edgar, y puedo notar un deje de temblor en su voz.

—Vale. —El aludido se vuelve hacia nosotros y gesticula como si fuese a hacernos la revelación del siglo—. Mi objetivo es averiguar si hay alguna manera de volver a recuperar nuestras habilidades.

Edgar pega un bote en su sitio. Yo siento un nudo formarse en la boca de mi estómago.

—No os preocupéis, solo sería yo el que tendría que hablar con Moor.

Así conseguiría sonsacarle algo de información de lo que pueda saber y aprovecharla para…

Bueno, eso ya lo vería luego. Pero lo he estado pensando, y creo que no es tan mal plan —declara con un entusiasmo que solo le invade cuando hablamos de cualquier cosa relacionada con la libertad.

Escucho a Edgar suspirar antes de susurrar:

—Te vas a meter en problemas…

—No os estoy pidiendo nada, solo que penséis. Lo hago por nosotros, para que algún día podamos estar juntos sin necesidad de tener que estar… encerrados.

—¿Eso que acabo de escuchar ha sido una declaración de amor, Reynolds? —vacilo. Porque sé que Marc es muy orgulloso para decir que, si no es con sus amigos, no se quiere ir de aquí.

Él opta por ignorarme y deja su sugerencia en el aire.

—Quiero decir, no es nada… Y por fin podríamos estar más cerca de hacer lo que nos venga en gana —se pone en pie sobre la cama— sin preocupaciones por castigos o normas estúpidas.

Hay veces, como esta, en las que cuando le miro y le veo ahí subido, con toda la motivación del mundo; pienso que quizás no sea una locura lo que propone. Que de verdad tenemos una posibilidad.

Cuando me quiero dar cuenta, estoy sonriendo ante la perspectiva… Y él se percata. Me señala con un dedo:

—Tú sabes que no es mala… Te ha gustado la idea. —Sonríe pícaro.

—No, yo no he dicho que…

—Pero lo estás pensando —me reta.

—¿Y tú qué sabrás? —hago un gesto vago.

—Pues bastante, créeme… —suelta una risita que cualquiera que escuchara pensaría que está tratando de buscar la paz mundial.

—Tú solo eres un bobo, con extremada autoestima y planes para matarnos a tod… ¡Oye! —Suelto una carcajada. Se ha bajado de la cama para abalanzarse frente a mí y pincharme con un dedo en un costado. Me contraigo ridículamente.

—¡Para! —trato de esquivar su ataque, entre risotadas escandalosas.

—Shhhh… Nos van a pillar —advierte Edgar, tan cauteloso como siempre.

—No, no… Venga, ¿qué estabas diciendo? —me provoca, ignorando el comentario del chico.

Forcejeamos un poco, hasta que tropiezo con el rubio, que no se había movido de su sitio.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Cuidado! —nos reprende cubriéndose con los brazos la cabeza.

No sé cómo, pero al final acabamos los tres en el suelo. No puedo evitar reírme aún más por nuestra caída tonta, y parece que le contagio el sentimiento a Edgar, que relaja la postura y deja escapar unas tímidas carcajadas.

Hasta Marc tiene una sonrisa dibujada en la cara.

Este es el panorama: tres adolescentes despeinados y rotos por dentro, riéndose como tontos, el uno junto al otro, sobre un suelo que recordaban bastante más frío.