Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Marc

«¿Por qué me ayudas?».

Parece una pregunta sencilla de responder… No conozco la razón por la que se me dificulta tanto hallarle respuesta.

—¿Por qué no? —replico finalmente.

Ella hace una mueca.

—Pues no sé, quizá porque no me soportas, o…

Me llevo una mano al pecho, haciéndome el ofendido.

—Me hieres, Astrid. ¿De verdad me ves como un asesino?

—A ver, a ver, chaval, aquí nadie ha dicho nada de asesinos…

—Lo has insinuado —rebato, reprimiendo una carcajada.

Mantenemos el contacto visual hasta que los dos nos dejamos llevar por la risa. Es estúpida e incontrolable; pero nos hace tendernos sobre la cama como si fuéramos críos mofándose del paso del tiempo.

Creo que tanta tensión acumulada acaba siendo descargada, y ya cuando me duele el abdomen, el cual me sujeto con ambas manos, murmuro algo que sé que es fruto del momento:

—Aparte… Ya te he dicho que te pareces a mí bastante más de lo que crees…

Se hace el silencio.

Pero no es incómodo. Por primera vez en mi vida describiría la sensación actual como… ¿reconfortante?

Marc, no bajes la guardia.

—¿Eso significa que me quieres? —pregunta ella con una expresión y un tono extremadamente inocentes.

Bufo mientras me incorporo.

—Por supuesto, querida. No me podría gustar más tener a una mocosa sobre mi cama creyéndose la reina del mundo. —Bendito sea el día en que se creó el sarcasmo.

Se ríe.

—Eso que acabas de decir es muy fácil de malpensar, ¿sabías?

Me paro. Me giro. La miro. Con sus oscuros cabellos resbalando por mi almohada. Con esa cara de saber algo que yo no…

Tuerzo el gesto en lo que pretendo que sea una sonrisa discreta. No sé muy bien qué ha querido decir con ese último comentario.

—Relájate, era solo una broma, tonto.

—Ya… ja, ja… —no soy capaz de articular mucho más. Más le vale que fuera una broma. Más me vale a mí que no fuera en serio.

Pasamos un par de segundos sin decir absolutamente nada, y me pregunto qué le rondará la cabeza. Mientras, la mía ahora mismo le da vueltas a una cosa en concreto.

—Oye, Astrid —murmuro

—¿No se supone que me tienes que llamar Setenta y uno? —Arquea una ceja.

—¿No se supone que ya sabes que a mí eso me importa una mierda? —rebato burlón. Caray, ¿realmente he dicho eso en voz alta?

Suelta una risilla y luego dice:

—Como sea… ¿Qué querías?

Vuelvo a poner los pies en el suelo. Me doy cuenta de que mi duda está totalmente fuera de lugar. Es algo demasiado profundo, personal… vulnerable. Y yo no soy así. No puedo.

—Nada. Sería una tontería, ya ni me acuerdo.

En respuesta, ella me lanza una mirada escéptica, que yo ignoro.

Me estiro mientras me levanto del borde del camastro.

—Bueno… ¿Vas a volver en algún momento a tu cuarto o qué? —Tuerzo una sonrisa, desentumeciéndome la espalda.

—Nop —replica ella descarada y con actitud de no haber roto un plato en su vida.

Niego con la cabeza, mientras murmuro para mí:

—Eres irremediable…

Camino hasta llegar a la pared, donde me apoyo y cruzo piernas y brazos.

Veo a Astrid incorporarse también, hundir el brazo bueno en mi colchón a la par que ladea la cabeza, examinándome.

Soy consciente de ello, pero no por eso le devuelvo el escrutinio.

Tampoco se siente mal; es simplemente… diferente.

—¿Crees que Edgar estará bien? —pregunta de repente, casi susurrando.

Se me hace un nudo en el estómago cuando lo menciona, pero rápidamente contesto:

—¿Acaso él se coló en la sección de Archivos a las tantas de la madrugada?

Me da la razón con un gesto.

—Igualmente, me parece exagerado… Todo lo que nos han hecho… ¿solo por esa chiquillada?

—No es solo por eso, y lo sabes…

—No es mi culpa ser Diferente —usa las palabras a modo de escudo, como tantas veces he hecho, como tantas veces seguiré haciendo.

Alzo las cejas.

—Felicidades.

—¿Qué?

—Por fin aceptas lo que eres. Bienvenida al mundo, querida Wilson.

Veo cómo se muerde el labio inferior, descendiendo la mirada hasta algún punto perdido de mis finas sábanas. Puede que la haya cagado con tanta brutalidad, pero es que no le viene mal un golpe de realidad, está en Exilio, y aquí no se le va a dulcificar nada.

—¿Cuál es tu poder? —pregunta súbitamente.

—¿Perdona? —Noto cómo todo el cuerpo se me tensa.

—Me has oído. Que cuál es tu poder. Todos los Diferentes tenéis uno.

—Tenemos — puntualizo.

—Sí, bueno, tenemos… Pero no me cambies de tema.

—¿Y si no te lo quiero decir?

—Pues vale.

Y esas simples dos palabras hacen que algo en mi cerebro conecte, o desconecte; con esta chica no sé muy bien. Hacía años que no se me daba la opción de negarme a hacer algo; de evitar algo que me incomodara. Y precisamente eso… Hace que me sienta como si me acabaran de abrir una puerta.

Fuera hace demasiado frío.

Puede que sea una trampa, pero voy a entrar.

—Adivina —le reto, con una sonrisa triste.

—Buah, yo qué sé… ¿Vuelas?

Estallo en carcajadas.

—¿Quién te crees que soy? ¿Un superhéroe? —Cuando me termino de reír bajo su mirada indignada, prosigo—: Los poderes de los Diferentes son… diferentes.

—Guau, ¿en serio? —me corta.

Le lanzo una mirada asesina para que me deje continuar:

—Como iba diciendo, nuestras capacidades van más allá de lo físico.

Entramos en lo que sería el campo psíquico, por eso les interesamos tanto a estos idiotas; controlamos más bien aspectos de cosas relacionadas con la mente.

Cada uno tiene su capacidad… Hay quien ve el pasado de las personas, otros que son capaces de adivinar tus miedos… Un poco de todo.

Me doy cuenta de lo atenta que está a mi explicación.

—¿Y tú? —me pregunta.

—Yo… Digamos que… —carraspeo— hablo bastante bien el idioma de las verdades a medias.

Me decanto por decir.

Se hace la calma en la habitación, pero sé que por la cabeza de la chica que hay sentada en mi cama hay una tormenta ruidosa.

—A ver. Te voy a decir dos cosas y una de ellas es mentira, intenta adivinar…

Bufo.

—Eso no funciona así.

—Ah, ¿no? ¿Y por qué? —Tiene las mejillas un poco coloreadas por el golpe al orgullo que le acabo de propinar.

A modo de respuesta, me limito a levantar la pierna con una tobillera enganchada al final.

—Cancela nuestros poderes —no hace falta añadir nada más para que me entienda.

—Ah —emite un sonidito casi inaudible.

—¿Decepcionada? —Inclino la cabeza.

—No —se encoge de hombros—, simplemente que no sabía para qué servía este cacharro.

—Pues ahora ya lo sabes… —suspiro, mientras me siento en el suelo.

Me mira. Tuerce la comisura de sus labios en algo parecido a una sonrisa que no le alcanza los ojos.

—¿Por qué te sientas en el suelo? Sabes que tienes una cama más calentita y cómoda a un metro de ti, ¿no?

—No lo sé. Soy raro, déjame. —Imito su gesto.

—En fin. Supongo que lo serás si prefieres unas baldosas tan duras y frías…

—Por supuesto que ibas a decir algo así —farfullo fanfarrón.

—¿Algún problema?

—No, es solo que sabría que soltarías algo así. La gente tiende a elegir la comodidad antes que la rigidez del suelo.

Y entonces, los dos sabemos que ya no estoy hablando solo de baldosas.