Capítulo 33
Astrid
No estoy segura de en qué momento me empezó a gustar Nicole. Siempre había sido mi mejor amiga, no pensé que pudiera llegar a sentir una atracción real.
Ahora mismo estamos sentadas en un banco del barrio, con Xavier y Yera —que desde hace un par de meses van besuqueándose por cada esquina que encuentran—, mientras vaciamos una bolsa de pipas entre los cuatro.
—Menos mal que los exámenes ya se han acabado, ¿verdad? Prometo que uno más y abandono, me da igual si acabo trabajando en la tienda de mi tío —se queja Yera.
—Ya ves, ha sido lo peor… —responde Nicky. Observo el movimiento de sus labios con cada palabra que sale de ellos.
Llevo una semana llorando todas las noches porque entonces le dije cómo me sentía, y ella me dijo que no le atraían las mujeres.
Se supone que a mí tampoco. Pero es que ella es diferente… Ella es especial.
—¿As? —su voz me saca de mi ensimismamiento. No estoy segura de en qué momento nuestros amigos se han ido, pero nos han dejado a ella y a mí solas.
—¿Estás bien?
Asiento rápidamente con la cabeza.
Se hace el silencio.
Nos quedamos mirando al suelo y una bruma incómoda engulle el ambiente. Jugueteo con el bajo de mi camiseta ajustada, que había elegido especialmente para esta tarde.
—Oye —murmuro.
—¿Sí?
—No quiero que a partir de ahora nuestra convivencia sea así…
—¿Así cómo?
—Así de… —¿cómo describirlo?— rara. Incómoda. Sé que la cagué, pero… No sé. ¿No podríamos olvidarlo? —suelto, reuniendo valor para mirarla a la cara.
No contesta.
Genial, Astrid. En serio, felicidades, lo has hecho peor, pienso.
Ella carraspea, a la par que se vuelve para mirarme.
El contacto visual despierta a las malditas mariposas de mi estómago, las que ni siquiera mis lágrimas han podido ahogar.
No me odies, no me odies, no me odies, no me…
—¿Y si no quiero olvidarlo? —replica ella, con una sonrisa pícara.
—¿Q-qué?
—O sea, fue raro, sí…
Trato de excusarme al segundo:
—Lo sé, lo sé. Y lo siento mucho. De verdad que no sé en qué estaba pensando; debí haberte pedido permiso para besarte, fui una egoísta, una…
Me callo.
O, mejor dicho; un beso de Nicole me calla.
Me congelo en el sitio por unos instantes.
Esto tiene que ser un sueño. Sus labios se mueven febrilmente sobre los míos.
Su lengua recorre mi boca como si ésta fuese algo que llevaba siglos anhelando.
Cuando me hago consciente de que esto es real, muevo mis manos hacia su nuca, para atraerla a mí.
Me recorre un escalofrío cuando siento sus dedos recorriendo la curva de mis caderas; provocando que quiera besarla con más pasión si cabe.
—Te quiero —susurro entre beso y beso.
—Y yo, As… —me responde ella, jadeando, mientras apoya su frente contra la mía.
Suelto una risita nerviosa, no podría ser más feliz.
—Eres lo mejor que me ha pasado, ¿lo sabes?
—Lo que siempre he sabido es que acabaríamos así, mi chica loca —me susurra ella. Siento su suave aliento sobre mis labios y juraría que me voy a desmayar de lo rápido que me va el corazón.
Desde lo de la semana pasada había perdido toda esperanza, ¿Como puede venir ahora y decirme estas cosas?
★ ☆ ★
—Astrid…
—Astrid…
—Astrid…
Siento el calor de Nicole contra el mío, su corazón martilleando contra mi cara… Hace tanto que no lo experimentaba; se siente como estar de vuelta en casa.
—As, venga… —Me da un par de golpecitos suaves en la mejilla, lo que me arranca una sonrisa tontorrona. Espera… su voz ha cambiado, ni siquiera suena a ella.
Abro despacio los ojos, me duele todo, y noto un agudo pinchazo en el codo, además de escozor por prácticamente todo el cuerpo.
Cuando enfoco mi visión, me encuentro con algo que honestamente me hace plantearme si sigo alucinando: Marc Reynolds me sostiene entre sus brazos.
—¡Por fin despiertas! Te ha costado, eh…
No respondo. ¿Qué se supone que tengo que responder?
—¿Q-qué…?
—Oh, de nada por salvarte el culo. De verdad, no me lo agradezcas tanto, que me voy a sonrojar… —comienza él. A pesar de su sonrisa burlona, me fijo en los caminos aún húmedos que descienden por sus mejillas. ¿Marc ha llorado?
Me pregunto a qué se refiere con eso de «haberme salvado el culo»; pero yo solita me contesto cuando mis sentidos me devuelven a la realidad; haciéndome recordar, provocando que el olor a alcohol y quemado de la sala me embriague, desencadenando que vuelva a sentir el dolor.
Me escuece todo. Me reviso por si tengo alguna herida y hallo varias marcas rojas.
Pero lo peor de todo es el brazo… Me duele horrores; cuando bajo la vista para contemplarlo, me topo con el hueso en una posición que apuesto lo que sea —que tampoco es mucho, porque no tengo nada— a que no es normal.
Abro los ojos como platos y estoy segura de que el chico me ve palidecer, porque la expresión de su rostro se frunce por un milisegundo.
—Duele mucho, ¿eh? No te preocupes, te lo puedo arreglar…
—Ehhh… No, gracias.
—Confía en mí.
—¿Cuántos huesos has colocado para poder decir eso con seguridad? —murmuro aún con el mundo dando vueltas bajo mis pies.
Él suelta un bufido que más bien diría yo que se acerca a una sonrisa.
Le replicaría, le provocaría, le haría reír o tener ganas de pegarme… Sin embargo, no estoy en condiciones, siento la cabeza a punto de estallar.
Dolor…
Recuerdos…
Dolor…
Recuerdos…
—No va a ser nada… —Siento sus manos ásperas contra la piel de mi brazo.
—¿Q-qué haces?
Se queda paralizado y me mira perplejo.
—Ayudarte.
—¿Te he pedido ayuda?
Se me queda mirando sin saber muy bien qué responder.
—Deja de ser tan testaruda.
—Oye, no soy una damisela en apuros.
—Eso ya lo sé.
—Pues no me trates como tal.
—Solo… quería… ayudarte… —Esa última parte la dice susurrando, cosa que hace que me apiade de él. Además, no me siento con fuerzas para discutir ahora.
Suspiro.
—Está bien… Pero que sea rápido —me resigno.
Él me dedica una mirada anticipatoria, luego me agarra el brazo con una delicadeza sorprendente.
—¡Espera! —digo, cuando veo que está a punto de hacer lo que sea que va a hacer, pero que sé que me va a doler.
—Tendré cuidado.
—Ya, bueno… Es solo que…
—¿A la de tres? —emplea un tono de voz que bien podría usar para una niña pequeña, y eso no me gusta, pero me doy cuenta de que lo único que quiere es que deje de sufrir por culpa del codo.
Trago saliva y asiento. Le doy luz verde para que comience a contar:
—Uno… dos… —No espera a llegar a tres antes de recolocarme la extremidad de un tirón, provocando un crujido horripilante.
Profiero un alarido.
—¡¿Tú eres idiota o qué te pasa?! ¡Dijiste a la de tres!
Tuerce la comisura de los labios ligeramente:
—El problema es que, si hubieses sabido que lo haría a la de tres, te habrías apartado justo en ese momento.
Me quedo con la mirada fija en él, quiero insultarle, pero a la vez sé que tiene razón… Y en el fondo, creo que se lo agradezco.
★ ☆ ★
La habitación de Marc ya no tiene cristalitos por el suelo.
Su cama es aparentemente igual que la mía, pero se siente distinta. Huele a él.
Cielos, Astrid; cállate.
Observo, tumbada, cómo saca un rollo de venda de su armario. ¿Debería preguntar por qué yo no tengo eso en mi cuarto?
—Anda, incorpórate, mocosa —dice cerrando la puerta del mueble.
Emito un gruñido parecido a los que solía hacer cuando no me quería levantar los fines de semana, a pesar de ser casi las dos de la tarde.
—Oh, venga, exagerada. ¿A que te echo de mi cama?
Me río como una boba:
—Eso ha sonado raro —señalo.
Siento su peso hundir el colchón cuando se sienta al borde del camastro. Lo interpreto como una señal para que en serio me siente. Así hago.
—A ver, no es gran cosa, pero algo ayudará… supongo. No soy médico —deja escapar una risilla nerviosa.
—Por lo que sea, me lo he imaginado.
Dejo que me enrolle la venda alrededor del codo; le da un par de vueltas más y se asegura de que quede bien sujeta.
—Cuando necesites más, ven.
Me quedo mirándole.
—¿Qué? —Asoma de su boca una sonrisa ladeada.
No respondo.
—¿Te has olvidado de hablar, o qué? —me presiona.
Yo sigo con la misma expresión estoica. Por una vez me gusta ser la que le tiene preguntándose qué estará pasando dentro de mi cabeza en estos instantes.
Y entonces, saco un movimiento que sé que le va a pillar desprevenido.
Me aseguro de sonar suave, y resulto más delicada de lo que esperaba:
—¿Por qué me ayudas?