Capítulo 32
Edgar
Hace un buen rato nos mandaron a todos a nuestras habitaciones. Oí a los guardias dar órdenes de atrapar a una chica, y sé perfectamente de quién se trata. Últimamente, está dando muchos problemas, aunque supongo que no la puedo culpar.
Estoy sentado en mi cama; no estoy seguro de cuánto tiempo llevo con la vista perdida en el suelo.
Entonces… Me congelo al escuchar un par de golpecitos en el cristal de mi ventana.
Otra vez no.
Mi cuerpo al completo se tensa, y decido hacer oídos sordos, darle la espalda al ruido, a la ventana, a la luz que desprende; que de repente es cien veces más cegadora.
Aprieto los ojos, abrazando la almohada; y en la oscuridad en la que me intento refugiar, vienen fogonazos de aquella maldita escena.
No sé cómo decirle a mi mente que pare de enseñarme eso, que ya lo veo en mis pesadillas, en cada momento que me asomo al ventanal.
Que cada noche, el sonido del disparo traspasa mis oídos, y convierte dormir en un lujo al que yo nunca tendré acceso.
No obstante, probablemente me lo merezca; si tan solo la hubiera parado…
Debiste haberlo visto venir. ¿De qué diablos sirve poder ver el futuro si no puedes frenar los desastres que mañana intentarás olvidar?
No ha pasado ni un minuto cuando otra vez, esos golpecitos en la ventana, como si alguien estuviera pidiendo permiso para entrar, se repiten. Y después el corazón se me para cuando escucho su voz :
—Eddie, déjame entrar
No. No, no, no, no es real. Me tapo los oídos con angustia.
—Cállate. Se supone que estás muerta.
—Ed, ¿qué dices? Por favor, ábreme, necesito esconderme.
Intento ignorar la voz, de verdad que lo intento. Me abrazo a mí mismo, para evitar que vuelva a empezar a temblar. Es humillante cada vez que lo hago. Es humillante cómo cada vez la escucho más a menudo.
—Edgar, ¡por favor! Se están acercando, y no voy a poder aguantar mucho más tiempo agarrada aquí arriba.
—¡Cállate! —Aprieto la mandíbula.
—¡Edgar, por favor! —El pánico tiñe su voz.
—¡CÁLLATE! ¡TÚ ESTÁS MUERTA! ¡YO TE MATÉ!
Ahora… Silencio
Abro los ojos, despertando de esta horrible pesadilla.
Mis pulmones dejan de funcionar cuando veo su corta melena pelirroja reflejada en el espejo de mi cuarto.
Es… ¿Es real?
Mis ojos se abren de par en par mientras me levanto para mirar el espejo. Su expresión está teñida de desolación.
—Edgar… ¿q-qué dices?
Mierda, la he vuelto a liar.
—No, no, no, no me refería a…, yo no quería… —le hablo a su reflejo.
Se hace el silencio, salvo por unos pasos en el pasillo que me hacen reaccionar.
Esprinto hacia la ventana.
—Corre, pasa —apresuro, abriéndola. Estoy terminando de quitar el seguro cuando un estruendo me frena en seco. No me atrevo a alzar la vista.
No mires. No mires. No mires.
Mis ojos se aguan ante la gran mancha de sangre que plasma el cristal. Comienzo a temblar de pies a cabeza.
—A… A… —trato de decir su nombre, pero la voz me sale en un hilo inaudible. El corazón me va a mil cuando estúpidamente me asomo hacia el exterior, aunque sé lo que voy a encontrar. Al abrir por completo la ventana, me mancho un poco las manos, y eso me arranca un patético sollozo.
Me restriego la mano contra la camiseta, inconsciente de que estoy manchando esta.
Oigo los latidos como un auténtico martillo en mi cabeza, golpeando mi conciencia con cada vez más fuerza.
Ni siquiera soy yo quien decide moverse para bajar la vista…
Y encontrarla tendida sobre el suelo, sobre un charco rojo; con sus hermosos ojos avellana abiertos, sin mirar a ningún lugar. Sin brillo.
De golpe vuelvo a mi habitación.
¿Por qué me asomo si sabía el panorama? Es mi culpa.
¿Por qué ella ha tenido que ser la que acabe así? Es mi culpa.
Agnes Denwood está muerta, y es todo mi culpa.
★ ☆ ★
No… por favor, tú no… No… no… NO.
Me estoy arañando los brazos tan fuerte que mi sangre se está mezclando con la suya. Cierro los ojos, e intento hundirme en la pared; refugiarme del presente, del pasado, de esa cárcel llamada «futuro».
Intento controlar mi respiración. Es como si con ella, el mundo también me hubiese llevado a mí.
En esta neblina de pánico, arrepentimiento y algo más que no sabría nombrar; siento como si cien mil ladrillos estuviesen siendo apretados contra mi pecho. Prometo que no quería nada de esto.
Deberías haber sido más rápido. La tendrías que haber ayudado a escapar.
—Eddie, ábreme.
Ahora ya es tarde.
—¡Edgar, por favor! ¡Se están acercando!”
Lo sabías y no has hecho nada. La has dejado morir.
—Me has matado.
Has roto la promesa.
—Pensaba que cuidaríamos el uno del otro… Para siempre.
—¡No! ¡No digas eso! No he roto la promesa. ¡Te juro que quería ayudarte! Yo…
—Sabías que iba a suceder, aun así, decidiste darme la espalda.
—¡¡¡No!!! —el sollozo me raspa la garganta—. Te prometo que yo… No… yo no… —Rompo a llorar mientras me deslizo pared abajo hasta quedar sentado.
—Pero lo has hecho. Ahora estoy muerta…
Sus palabras duelen. Y duelen porque son verdad.
Duelen.
Duelen.
Matan.
—Lo siento… —ahogo un gemido. Me hago pequeñito. Cierro los ojos…
La sangre en la ventana.
El disparo.
Su cuerpo inerte.
Eso solo me arranca unas ganas de llorar que son humanamente imposibles de expresar.
Me quería… Confiaba en mí…
Y ahora, simplemente, ya no está.