Capítulo 31
Marc
El corazón todavía me martillea en el pecho cuando deciden que ya me han traumatizado lo suficiente y me escoltan hacia mi cuarto.
Se me aproximan, extrayendo una llave del amasijo que maneja una de las mujeres. Moor ya se ha ido. Parece que solo quería presenciar «el espectáculo».
Ahora mismo mataría a ese capullo… Si me quedasen fuerzas.
Me repito que Astrid es tan lista como para fingir haberse desmayado, como para librarse de esto ella solita. No obstante, cada vez que lo vuelvo a pensar, se me hace menos creíble.
Cuando liberan mis muñecas de los grilletes, las noto doloridas; bajo la mirada y me encuentro con la marca que me han dejado; seguro que en unos días se me hará moretón.
No se esperan a que pueda desentumecerme: me cogen de los antebrazos, me los ponen a la espalda y me empujan para salir de la estancia. En un primer lugar, me veo obligado a entrecerrar los ojos tras el repentino chorro de luz que me azota, que solo consigue incrementar mi dolor de cabeza.
Emito un gruñido cuando me obligan a comenzar a caminar. Ya lo hago resignado, que me lleven a donde me tengan que llevar.
Comenzamos a pasar por el eterno pasillo, repleto de puertas blancas. Pero estas se nublan por un momento, mientras siento las lágrimas agolparse en mis ojos. Me trago mis emociones y me obligo a seguir.
Astrid está bien. Astrid está bien. Astrid… Está… ¿Muerta?
Me atraganto, el pensamiento me arranca un ataque de tos.
—Ya —murmura una de las mujeres, la mayor, sin permitirme siquiera detenerme un segundo.
Vamos por la mitad del pasillo cuando una idea me pasa por la cabeza a la velocidad del rayo.
Una idea peligrosa e imprudente… Como ella.
Giro la cabeza hacia atrás un instante, antes de que me corrijan la postura. Ya estoy bastante lejos de los portones grises que hemos pasado.
Respiro hondo. Barajo mis opciones. Los tobillos me duelen como si me los hubiesen apaleado, pero hay otras cosas que me duelen más.
Vale. Suspiro.
Les echo un vistazo a las enfermeras: la que me lleva no tiene un cuerpo demasiado fornido que digamos y, respecto a la otra… me permito dudar de sus capacidades.
Miro a mi derecha.
Uno…
Miro a mi izquierda.
Dos…
Me armo de valor y reúno todas las fuerzas que puedo.
¡Tres!
Giro mi muñeca hacia el pulgar de mi captora y elevo mis codos en un intento de propinarle un golpe en las costillas. Esto hace que afloje su agarre; aprovecho la oportunidad y me retuerzo con brusquedad, sintiendo sus dedos desprenderse de mis brazos.
Antes de que su compañera me pueda alcanzar, echo a correr, todo lo rápido que puedo, hacia el final del pasillo. Hacia las puertas grises.
Rezo mentalmente porque no salga ningún otro trabajador de cualquiera de las salas que voy dejando atrás; mientras la pared del fondo se hace cada vez menos pequeña.
Los segundos se me hacen eternos, me arden los pulmones y mis tobillos me exigen que pare. Pero algo visceral me impulsa a seguir corriendo. Miro atrás entre jadeo y jadeo. Parecen alborotadas, pero no me pueden alcanzar. Ya no.
Y a pesar de que sus gritos llaman la atención de alguna persona que se asoma, yo dejo atrás a cualquiera que pueda interponerse.
Cuando alcanzo mi objetivo, voy con tanto frenesí que me choco contra el muro para frenar. No pierdo ni una milésima, volviéndome a la derecha. Me tiemblan las manos, pero tras un poquito de forcejeo, abro el portón de metal.
Creo que no estaba preparado para lo que hallo. Astrid, solamente retenida por las correas de cuero, tiene los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos y el brazo derecho en un ángulo que provocaría una arcada en cualquiera que lo viera.
Acto seguido, salgo de mi ensimismamiento cuando un joven y una señora, ambos luciendo bata blanca, abandonan una especie de cuartito con vistas a la habitación.
Dos contra uno, a priori injusto… Mas no van armados. La comisura de mis labios se eleva ligeramente.
Cuando vienen a por mí, lanzo una patada al chico, que retrocede llevándose la mano a la entrepierna; a continuación, me encargo de la mujer.
Ella intenta acorralarme contra la pared y lo consigue, pero cambio el peso de mi cuerpo y, con un giro de cadera, tomo el control de la situación.
Sin pensarlo dos veces, le propino un golpe seco en la nuca que la hace doblarse y caer inconsciente al suelo.
Exhalo.
Un repentino empujón me recuerda que todavía no he acabado; me giro justo a tiempo para evitar un calambrazo de la herramienta que el chaval lleva en la mano.
Alargo el brazo para quitárselo, pero él engancha mi muñeca y tira hacia abajo, para luego propinarme un rodillazo en la tibia, que me hace doblarme.
El muy capullo aprovecha la ocasión para estamparme contra el suelo y ponerse a horcajadas sobre mí.
Le paro cuando siento la corriente eléctrica tan cerca que me cosquillea.
Aprieto los dientes mientras intento alejar el aparato de mí, luchando con todas mis fuerzas contra las de un hombre que seguro aspiraba a algo mejor en su vida que acabar aquí.
Hago de tripas corazón y suelto un manotazo cargado de fe, que por suerte manda el arma volando a unos metros de nosotros.
Hago amago de rodar hacia ella, pero antes de que pueda siquiera idear frenéticamente un plan, un puñetazo me impacta de lleno en la nariz.
Se me corta la respiración ante el agudo dolor que experimento.
—Capullo —mascullo, con la sangre colándoseme en la boca.
Trato de devolver el golpe; pero siento un segundo impacto. Y un tercero. Me golpeo la cabeza contra el suelo y, por unos segundos, me parece ver puntitos negros a mi alrededor.
Parpadeo, necesito enfocar la mirada. ¿Dónde está?
De pronto ya no siento el peso del chico sobre mí, y aprovecho la oportunidad para arrastrarme hacia no sé muy bien dónde.
Finalmente, soy capaz de localizarlo cogiendo el arma que yacía a unos centímetros de nosotros.
Me levanto torpemente mientras se aproxima.
Escupo sangre a un lado, antes de reunir fuerzas que no estoy seguro de que me queden —a estas alturas diría que es terquedad más que otra cosa—, y correr directo al fuego.
Esquivo el filo eléctrico por milímetros, y esta vez soy yo el que le agarra la muñeca. Con la otra mano, le hago un gancho que le hace tambalearse. Le empujo; haciéndole chocar contra el cristal que separa un cuarto de otro. Este se rompe. Parece que la suerte decide hacerme el favor.
No desperdicio ni un segundo y voy directamente a arrebatarle el artilugio.
No tengo ni la más remota idea de cómo funciona; por lo que, de improviso, lo utilizo para propinarle una serie de golpes que lo dejan igual de herido que yo.
Ahora me tomo unos segundos para inspeccionar el aparato y el corazón me da un vuelco cuando hallo un botón bajo el que reza la inscripción «POWER».
Lo aprieto y un pequeño chorro de electricidad lo hace vibrar.
Ya está.
Le pongo la terminación de la máquina al cuello y pulso el botón, que al instante hace que se agite para, finalmente, caer al suelo con estrépito.
Trago saliva al ver que ese podría haber sido yo.
Me quedo observándolo, en silencio, pero enseguida me viene a la cabeza el motivo de todo esto.
—¡Astrid! —Me vuelvo enseguida hacia su figura, atada contra la camilla vertical.
En dos zancadas estoy a centímetros de ella, y lo primero que hago es llevar una mano a su mejilla.
—Por favor, no estés muerta —susurro mientras desplazo mi mano hacia su cuello, tratando de encontrar un pulso.
Dejo escapar una carcajada frenética, casi maniaca, cuando noto el ritmo de su vida contra mis dedos.
Es increíble la forma en la que se me destensa el pecho.
—Vale… —asiento—. Voy a sacarte de aquí —le digo, aunque sé que no me puede escuchar.
Miro a mi alrededor, en busca de algo que me pueda ayudar en mi misión. En primer lugar, voy a la habitación contigua y cojo una de las sillas; la cual utilizo para atrancar la puerta, por si acaso.
A continuación, comienzo a luchar contra el cuero que la retiene, sin embargo, lo único que consigo es hacerme más daño en las manos que el que le pueda estar haciendo al material. Suelto un suspiro frustrado mientras recorro la estancia de un vistazo.
Poso la mirada sobre el chico tendido sobre cientos de trocitos de cristal.
Eso es.
Troto hacia él y rebusco un poco el trozo más grande, o el más afilado. Encuentro uno que creo puede servir. Lo utilizo para cortar las gruesas tiras; no sin llevarme yo algún tajo. Pero no me importa mancharme las manos de sangre. Ni mía ni de nadie. Esta vez no.
El peso del cuerpo de Astrid hace que prácticamente caiga sobre mí; yo detengo el impacto con sumo cuidado, rodeando su cuerpo con mis brazos, y cuidando no moverle demasiado el codo lesionado.
—Ey… —susurro con un tacto impropio de mí, acomodando su espalda contra mi pecho para que apoye la cabeza en mi hombro—. As, ya estás bien, te lo prometo. No te van a volver a tocar —le digo al oído mientras siento una lágrima resbalar por mi barbilla hasta mezclarse con su pelo despeinado.
Me duele mucho verla así, tiene algunas quemaduras en la piel.
La atraigo hacia mí con cautela y suavidad, como si por cualquier mínimo zarandeo ella pudiera romperse. Siento su calor contra el mío, y espero que ella también lo pueda sentir.
Que sepa que no está sola. Ya no.
Y que nunca más lo va a estar.