Capítulo 30
Marc
Las cadenas atadas a mis tobillos repiquetean al son del constante sube y baja de mis rodillas.
Sigo teniendo el pelo húmedo, pero por lo menos ya no me gotea; lo que me indica que ha debido de pasar un buen rato desde que nos sedaron.
Astrid no está. Hay tanto silencio que podría pensar que simplemente sigue inconsciente, pero sé que ya no se encuentra a mi lado.
De repente, la bombilla se enciende, haciendo que me tense.
Evito mirar abajo, por miedo a toparme con miles de diminutos cadáveres de ocho patas; no obstante, cuando lo hago, el suelo parece limpio.
Ni siquiera me da tiempo a procesarlo cuando oigo el sonido de un manojo de llaves al otro lado de la puerta.
Aparecen dos mujeres y, precediéndolas, un hombre: Roiman Moor.
—Sesenta y ocho —saluda él con una educación descaradamente falsa.
—Es Marc.
—¿Sabes? Nunca pensé que serías tan egoísta —comienza, ignorando mi réplica.
—Creo que no estás para hab…
—No llegué a imaginar que acabarías provocando daño a esos que llamas, ¿cómo era? Ah, ya… Amigos —habla mientras da vueltas en torno a mi silla; cual buitre al acecho.
—Te juro que como le hayas tocado un pelo a…
—Créeme, crío; no he sido yo. Has sido tú.
Aprieto los puños.
—¿Dónde está Astrid? —gruño en un tono tan gutural que me sorprende hasta a mí.
—Disculpa, ¿quién?
—Sabes perfectamente a quién me refiero —espeto cortante.
—Si no me dices su nombre…
—¿Dónde mierdas está Astrid?
Moor se abalanza hasta quedar a unos centímetros de mi cara.
—Cuida. Tu. Lenguaje. Sesenta y ocho —me susurra, vil como el que más.
Aprovecho la oportunidad y le escupo. Le doy de lleno en la comisura de los labios.
Sonrío triunfal, como si ya por ese simple gesto hubiese ganado.
Sin embargo, la satisfacción me dura poco; un dolor agudo y trazado a cuchillo me recorre la mejilla. Después viene la sangre.
Observo cómo el imbécil ante mí limpia la hoja de su navaja con un pañuelo que debe costar más que el sueldo de todos los guardias de Exilio juntos. Frunzo el ceño y le dedico un vistazo asesino.
—¿Por dónde íbamos? Ah, sí… —Mientras habla, una de las enfermeras se coloca detrás de mí, y por culpa de la silla que me retiene, no alcanzo a ver qué está haciendo para producir esos tintineantes sonidos metálicos.
—¿Qué has hecho?
—¿A qué te refieres?
—A Astrid —respondo secamente.
Moor niega con la cabeza:
—Necesito que me des el nombre.
—Astrid Wilson. —Tengo la mandíbula tan apretada que temo que en cualquier momento se me partan los dientes.
Repentinamente, la enfermera que se había ocultado me pone una especie de palo de hierro, acabado en punta, justo encima de la yugular.
—El. Nombre —exige con toda la tranquilidad del mundo el hombre que mira a sus pies como si el muchacho que tiene delante le debiera algo.
—Astrid. Wil… —siento un dolor punzante y agudo en el cuello—. ¡Setenta y uno, Setenta y uno, Setenta y…!
—Así me gusta. —Ahora, como si nada acabase de pasar, torna su voz en un tono mucho más dulce y condescendiente—. ¿Ves cómo no era tan difícil? En el fondo era consciente de que lo sabías; pero esa pequeña rebeldía tuya, mira a dónde te ha traído.
Y ya no sé si habla del hilillo de sangre que me baja por la garganta, de la celda oscura o de Exilio en general.
Jadeo mientras le veo incorporarse, manos a la espalda cuando le hace un gesto a una de las mujeres —que debe tener más años que mi madre la última vez que la vi—. Esta sale de la estancia para regresar apenas un minuto después con lo que parece… ¿Un atril?
Es plateado, no muy grande, como si su mayor utilidad fuese soportar una partitura.
El estómago se me hace un nudo, a la par que un mal presentimiento me viene desde las entrañas.
Observo todos sus movimientos, con el pincho aún a centímetros de mi piel, atento a cualquier excusa que pueda darle para volver a atacarme.
Mientras, el director se coloca unos guantes de látex igualitos a los que lleva el personal del lugar.
—Puede que lo que vayas a ver te incomode un poco. Te voy avisando, para que te vayas mentalizando. Pero quiero que sepas, antes de que nos insultes y sueltes soeces por esa imprudente boca tuya… Que esto lo has hecho tú —me habla como si me estuviera haciendo un favor.
Y sus palabras solo sirven para aumentar mis latidos, que corren con una mezcla de anticipación y miedo por lo que «yo haya hecho».
—No voy de farol, como les hayas hecho algo…
—Sigo a Moor con la mirada todo lo que puedo mientras hablo; hasta que se coloca a mi espalda de nuevo.
Tengo el cuello tan girado que se me podría descolocar en cualquier momento, pero no me importa; ojalá ese fuera el mayor de mis problemas en estos instantes.
Me da un vuelco el corazón cuando las manos del hombre se colocan en mis sienes, girando mi cabeza para encontrarme cara a cara con…
No.
La pantalla de una reluciente tableta me muestra desde el ángulo superior una habitación blanca. Es más, la claridad me haría entrecerrar los ojos si no fuera porque estos están clavados en un punto fijo, una mancha en la blancura:
Una persona.
Una camilla.
Y una cabellera castaña que reconocería en cualquier parte.
De fondo, se oye el sonido estático de la cámara que lo está grabando y retransmitiendo todo.
Me da la sensación de que me acaban de patear en la boca del estómago, cuando, el pequeño ventanuco de cristal me hace reconocer la sala.
Solo estuve una vez ahí.
Y fue horrible.
La peor tortura a la que Exilio puede someter. Es más, casi nunca llevan a ningún Diferente ahí. Es un lugar peligroso.
Giro la cabeza para mirar a Moor con una combinación de sorpresa, desolación e ira; pero él me vuelve a forzar a dirigir la mirada al frente.
No obstante, nada sucede.
Astrid mueve ligeramente las manos, pero no consigue nada.
Mira a todos lados, las paredes, las correas… Uno de los chicos que hay al otro lado del cristal.
Es desesperante. Saber que va a suceder algo, pero estar bajo la incertidumbre de no saber cuándo.
—No hagáis eso —murmuro, sin poder quitar ojo.
Entonces ocurre.
Un chispazo salta, y veo a Astrid retorcerse.
—¡No! —Bajo la cabeza para no poder contemplarlo mientras un estremecimiento me hace encogerme.
Pero oigo su grito, y… Dios mío, sé que no me voy a poder sacar semejante plañido de mi cabeza en años.
—¡Ya! ¡Ya! ¡Parad! Ella no hizo nada
—Pero tú sí. —Un violento movimiento vuelve a dirigir mi cara a la pantalla, que se me hace más cercana—. Si la hubieras parado los pies, ninguno de los dos estaría aquí.
Otro grito, esta vez más fuerte, seguido de un violento espasmo, que hace que la chica se golpee la cabeza.
—¡Ya vale, joder! —jadeo.
—Si ambos hubieseis tenido en mente cuál es vuestro lugar…
Ya está. Se me rompe el alma cuando escucho a Astrid perder una parte de su ser. Me rompo. Y no me importa. Lloro, no sé qué más puedo hacer.
Intento zafarme del agarre del director para dejar de recorrer cada centímetro de su abatida cara con la mirada; pero él es más fuerte y, por si fuera poco; cuando aprieto los ojos, me levanta los párpados, sin darme opción a mirar a otro lado.
Intento patalear. Las cadenas me lo impiden.
—¡Di que paren! ¡La van a matar! —Se me desgarra la garganta.
Me retuerzo, pero los grilletes y las enfermeras me lo impiden.
—¡¡¡YA!!! ¡¡¡PARA!!! ELLA NO HA HECHO NADA, POR FAVOR…
Salta un increíble fogonazo. De repente, Astrid ya no se mueve.
—¡¿Qué le has hecho, hijo de la gran puta?! —Siento las lágrimas rodándome por las mejillas.
En respuesta recibo otro corte, este peligrosamente cerca del ojo.
—Respeta. A. Tus. Superiores —advierte Moor, con tono mecánico.
—Ayudadla. —Cuando ya no me sostiene, me giro para mirarle, con súplica.
—¿Por qué deberíamos? Solo ha cometido un acto y está pagando por él. Se llama justicia. ¿No estabas tú tan interesado por esta?
Ni siquiera me detengo a analizar sus palabras. Estoy jadeando, deseando que esa pobre chica fuera yo. No me paro a preguntarme por qué, no hace falta.