Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Astrid

Regreso.

Vuelvo a oler el alcohol de la celda, el látex de los guantes, el frío tacto de la pared contra la que estoy apoyada. Un momento…

Abro los ojos y me topo con un escenario completamente diferente al que se postraba ante mí hace… ¿Minutos? ¿Horas? La potente luz me deslumbra, las paredes son todas blancas; salvo por un pequeño rectángulo transparente, que revela a algunas personas con bata blanca.

El estómago se me anuda, precediendo un mal presentimiento.

Me dispongo a girarme. ¿Dónde está Marc?

Noto una presión desgraciadamente familiar rodeándome el cuerpo.

Miro hacia abajo y me topo con las correas de cuero que tan malos recuerdos me traen.

Entonces me doy cuenta de que no estoy contra una pared; me encuentro en una camilla, vertical.

Atada. Tardo un poco más en recobrar los sentidos del todo, pero para cuando lo logro, dos hombres en bata blanca salen de la sala acristalada donde me observan.

Traen algo consigo… ¿Cuerdas?

¿Más me quieren atar?

No. Son cables.

Vale, esto no pinta bien.

Les lanzo una mirada desafiante, retándoles a someterme, a pesar de que ya lo están haciendo.

Uno de ellos se agacha, y siento un repentino contacto frío en el tobillo. La tobillera. Me quitan el aparato, no consigo ver cómo, aunque supongo que, con algún tipo de llave, incluso a pesar de que no he escuchado ningún característico clic.

Luego, siento como si me pegase una moneda a la extremidad. Lo que quiera que sea, está congelado. El hombre procede a levantarme la camiseta un poco.

—¡Eh! ¡Las manos quietas! —protesto.

Mas él me ignora, colocando otro de los parches metálicos a ambos lados de mi cintura.

Me retuerzo, pero no consigo salvarme de otros pocos parches que me colocan en las muñecas. A continuación, él mismo me sube la camiseta del todo, dejando el sujetador con el que salí de mi antigua casa al descubierto. Profiero un gritito ahogado:

—¡¡¡Para!!!

El terror me corre por las venas.

El varón me lanza una mirada, que me asegura que a él le gusta tan poco tocarme como a mí que lo haga. Por lo menos no hay segundas intenciones.

Pega uno de los parches a mi esternón.

Por último, me coloca dos más en las sienes, uno por cada lado.

No tengo ni idea de qué está sucediendo, nunca había presenciado algo así en este sitio, y eso es desolador.

Miro a mi alrededor, tratando de hallar una salida, cualquier posible escapatoria, por muy lejana que sea.

Pero la blanca habitación no parece tener salida; la única puerta da a esa especie de sala de control desde la cual están presenciando la escena; como si de un espectáculo de circo se tratase.

También me percato del segundo hombre: está tomando notas mientras me recorre con la mirada. No parece gustarle lo que ve. Últimamente me pasa mucho. Cada día.

De pronto, su compañero le indica:

—Listo.

Su voz me recuerda a la del padre de un antiguo vecino con el que solía jugar de pequeña.

Me pregunto qué habrá sido de ellos cuando se mudaron.

Vale, no es momento de ponerse melancólica.

Se levanta y se aproxima a su colega para susurrarle algo, no sin antes lanzarme un par de vistazos cargados de escepticismo y sospecha. Tras eso, ambos se encaminan a la sala transparente.

Intento escuchar lo que dicen, pero cuidan que la puerta se haya cerrado cuando comienzan a hablar.

Aprovecho su momento de distracción para intentar liberarme del apretado cuero que me retiene.

Aunque sea, doblo las muñecas sobre sí mismas en ángulos imposibles con el objetivo de poder mirarme —y ya de paso, quitarme— lo que sea que me hayan colocado.

Me rindo a los pocos segundos. En verdad, desde el principio sabía que no lo lograría.

Trataría de pensar en algo, cualquier vana esperanza que me pudiera dar vía libre a escapar. Lo haría, si el sonido de mis acelerados latidos no enmudeciera pensamiento alguno.

Entretanto, las luces, de forma repentina, se atenúan.

Mi cabeza se gira automáticamente hacia el cuarto de observación. Los hombres se han ido, solo quedan una mujer y un joven que no debe tener más años que yo.

Ambos visten bata blanca.

El chico y yo cruzamos la mirada por un instante y lo aprovecho para intentar conectar con él, para buscar un mínimo atisbo de compasión.

Sus ojos azules son tan fríos como el hielo; prácticamente no muestran emoción alguna.

Eso me hace preguntarme si ya sería así antes o si habrá sido Exilio el encargado de deshumanizarlo

Juego al chantaje emocional, y le dedico una mirada triste, lo más apesadumbrada que puedo. Me hago ver como un mártir que está a punto de ver derrumbado su templo; me siento hasta un poco mal por la manipulación a la que estoy recurriendo… Pero el fin justifica los medios.

Un rayito de esperanza asoma cuando su fruncido ceño se relaja lo más mínimo, a duras penas perceptible.

Entonces, un calambrazo me recorre la espalda entera. Fuerte y doloroso.

Profiero un efímero pero ignorado grito.

—¡¿Qué… Qué ha…?! ¡¡¡AHHH!!!

Es fuego, me recorre y me quema por dentro. Noto el corazón palpitándome, lo siento por todo el cuerpo.

No me da tiempo a coger aire cuando un segundo latigazo me azota, más fuerte que el anterior. Me siento convulsionar contra la dura superficie que me mantiene de pie.

No puedo respirar.

Veo borroso.

Otra oleada de dolor me surca, de pies a cabeza, explotando en mi pecho.

Es horrible.

Creo que me estoy muriendo, mientras doy unas cuantas y bruscas sacudidas.

—¡Ya! —ruego que se detengan.

El fuego llega a un punto tan abrasador que me da la sensación de que me está congelando los adentros.

—¡¡¡YA!!! —mi grito se convierte en un lamento tan desgarrador que me da la impresión de haberme roto una cuerda vocal.

Siento cuchillos clavándose en mis tobillos, en mi cintura, en mis muñecas, en mis sienes…

Entre retortijones y súplicas, vuelvo a dar un fuerte espasmo, golpeándome la cabeza en el retroceso.

Mi vista se nubla mientras lucho por que el aire entre en mis putos pulmones.

Me arde todo.

No puedo más.

Vuelvo a sufrir un espasmo, grito tan alto que no oigo el crujido de mi codo cuando lo aplasto bajo mi propio peso.

Pero sí lo siento.

Ya.

Ya está bien.

Creo que este es el final.

Por favor, que sea el final.

Grito tanto que no me oigo.

A estas alturas, se me ha debido desintegrar la piel.

Mi corazón retumba como loco, creo que está intentando sobrevivir.

Pero mi cerebro se da por vencido.

Desconecto. Veo negro.

Ya no siento dolor.

Creo que por fin he muerto.

Ya se ha acabado todo.