Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 28
51%

Capítulo 28

Marc

Empapados.

Las gotas de agua y nuestras lágrimas se han mezclado hasta quedar imposibles de diferenciar las unas de las otras.

Vaya dos. Me río amargamente para mis adentros.

De alguna forma, he abandonado la cúspide de angustia en la que me encontraba. Ya no siento ese nudo en la garganta, ni un temblor vergonzoso en cada extremidad del cuerpo.

Tengo la cabeza reposada en el incómodo respaldo del peculiar asiento cuando Astrid decide hacer lo mismo. El contacto de su pelo contra el mío no me ayuda en esta lucha que libro ahora mismo contra el cansancio que deja sufrir. Suspiro.

Realmente, no entiendo por qué antes estaba tan histérico, ¿a qué le tenía miedo? ¿De qué me sorprendía? Exilio no es nada nuevo. Exilio es así.

Cierro los ojos, me permito un poco de tregua tras el caos. No me quedan fuerzas para nada más.

Entonces escucho un sollozo.

Luego otro.

—Eh —susurro.

—No es justo —se le quiebra la voz.

—¿El qué no es justo?

—¿Por qué yo?

Aunque no la veo directamente, imagino la lágrima resbalando por su mejilla hasta fundirse con los restos de agua.

—Me da a mí que vas a tener que ser algo más elocuente si pretendes que te entienda —mascullo vagamente, ajeno a la sonrisilla irónica que se dibuja en mis labios.

—Es solo que… No lo entiendo. Yo siempre me he portado bien, no he hecho mal a nadie; desde pequeña he sido obediente, amable a más no poder; y sí, la he cagado un par de veces, pero… ¿Qué he hecho para merecer ser…? —Se le hace imposible acabar.

Por eso lo hago yo por ella:

—¿Diferente?

Percibo que asiente a la par que oigo un gimoteo escapar de lo más profundo de su garganta.

—Bienvenida al mundo real. —Se estira un silencio que en estos instantes se me hace imposible soportar.

Emito otro suspiro:

—La vida a veces es muy injusta, Astrid.

—Ya, pero…

—Normalmente castiga a las personas que menos lo merecen… En otras ocasiones, a las que en lugar de penitencia solo necesitan un perdón para cambiar —me veo susurrando. Ni siquiera sé si lo habrá oído.

¿Por qué diablos he dicho eso?

—Yo no necesito que nadie me perdone nada. Solo quiero volver a casa.

—No lo entiendes, ¿verdad? Eres Diferente, eres un peligro.

Eres rara, una entre un millón, pero en el peor de los sentidos.

Tu existencia no es más que una equivocación de la naturaleza.

Eres un error y necesitas ser corregida —las palabras me salen de forma automática, sin pensarlas, arrastradas por esta especie de bruma que me nubla el cerebro y me hace flotar entre el sueño y la pesadilla.

—Yo no quiero hacer daño a nadie, ni siquiera sé cuál es mi poder —murmura tan torpemente como yo. Parece que el llanto ya ha cesado.

—Ya lo sé, Astrid. Lo sé.

—¿Entonces? ¿Por qué me dices todo eso? Ya me ha quedado clara «la verdad».

—Simplemente te crees su verdad.

—¿Qué dices? —sofoca una risita ahogada.

—No sé; cuando estoy cansado, me pongo en plan filosófico de la nada —imito su risa.

Compartimos un momento que alivia la tensión, pero esta no tarda demasiado en acercarse.

—Lo que quiero decir —me aclaro la garganta— es que no deberías dejar que te hagan creer que eres un error. Sé que dadas las circunstancias es imposible, pero no veas tu poder como una maldición. Como he dicho, eres una en un millón…

—¿Y si no quiero?

—¿Y si todavía no sabes lo que quieres?

Pausa. Solo interrumpida por nuestra atenuada respiración.

—Pero puedo saber lo que no quiero. Y llámame loca, pero preferiría no repetir algo como lo de hoy. —Baja la voz para proseguir—: Yo solo quiero despertar en mi cuarto y que todo haya sido una pesadilla, y que mi familia esté ahí para asegurarme que no se repetirá.

—Sabes que eso no va a pasar, ¿verdad?

Las palabras que pronuncio salen con pesar; pero es que la realidad pesa; y si es la primera vez que te cae encima, cuesta el doble sostenerla.

Al ver que ella no contesta, me decanto por seguir yo:

—No creo que vuelvas a ver a tu familia, pero…

—¿Te he pedido opinión? —se pone a la defensiva.

—Espera. Ni siquiera me has dejado acabar. —Me tomo su ausencia de respuesta como precedente para continuar—: Lo que quería decir… Es que tal vez tu familia, como la has estado conociendo, ya no vuelva a ser la misma. Pero quizás… No sé, encuentres una nueva.

¿De dónde sale tanta delicadeza? ¿Desde cuándo yo hablo así?

No obstante, en el fondo sé la respuesta.

Se toma unos cuantos segundos para replicar.

—¿Cómo lo haces?

—¿Uh? —No sé si la he escuchado bien, estoy impropiamente adormilado.

—¿Cómo eres capaz de olvidar tan fácilmente? A veces eres… No sé; cínico, y me pregunto por qué no estás como yo. Siempre con tu sarcasmo y actitud… ¿Por qué no se te quiebra la voz al pensar en dónde estás, y todo lo que nunca harás por culpa de ello?

—No te confundas. ¿Sabes una cosa que aprendes en Exilio? A esconder tus emociones… Al final, ni siquiera te tienes que esforzar por ello.

Pasan un par de minutos, y esta estúpida neblina que me nubla el pensamiento, es culpable de que siga hablando, incapaz de soportar el sobrepensar que tanto tiempo me lleva acompañando:

—Yo también tenía una familia. Ahora ha cambiado. Yo también vivía con mi madre y éramos más o menos felices… Pero entonces… En fin, la vida.

—¿A qué te refieres con que tu familia «ahora ha cambiado»? —noto la cautela en su tono.

No me lleva demasiado tiempo responder:

—Pues que como he perdido a la familia en la que nací, me ha tocado elegir una nueva… —murmuro—. Edgar es un buen tío. Se parece más a mí de lo que jamás admitiré delante de él. Y Charlotte… ha sido lo más parecido a una figura materna que he conocido desde que ingresé.

Traga saliva, y lo mismo hago yo antes de, inconscientemente, añadir algo de lo que es posible que me arrepienta:

—Tú también te pareces bastante a mí.

Es un susurro, un puñado de palabras prácticamente imperceptibles. Aunque sé que las ha escuchado.

—¿Te puedo preguntar algo? —verbaliza con delicadeza.

Me callo, en una invitación para que siga. Así hace:

—¿Cómo… era… tu familia? Habla con mucho tacto; casi tanto que me ofende. Ahora mismo me trata como si fuese un cristal que, si se cae o golpea demasiado duro, se rompe.

Pero yo ya hace tiempo que estoy roto.

—Uf… vaya preguntita —exhalo algo remotamente parecido a una risa.

—No hace falta que contestes si no quieres.

—Lo sé.

Me debato; realmente sé que bajar algunas barreras también me daría espacio a mí para correr. Pero es algo tan peligroso con lo que estamos jugando…

—Un día te hablaré de ello, de verdad. Es solo que…

—Si quieres, puedo hacerlo yo primero.

Sonrío.

Dejo escapar una puta sonrisa.

—Lo que quieras. Cada vez me cuesta más pronunciar las palabras.

Exhala.

—Bueno, pues… Yo vivía en un barrio bastante normalito de East. Con mi padre, mi madre y mi hermana.

Lo cierto es que mi vida era un poquito aburrida, pero me gustaba.

En el instituto me iba bien, estaba ya acabando; quería ser policía.

— Dudo que siga queriendo serlo, después de ver la mierda de sistema al que estamos sometidos—.

Tenía bastantes amigos, ¿sabes? Me querían, me duele saber que…

La voz se le entrecorta. No me extraña.

—No te quedes en el pasado si no te quieres volver loca.

—Pero es que a lo mejor la locura no duele tanto como el presente.

—Astrid… —suspiro—. Sé a lo que te refieres. Pero hazme caso, prefieres ser consciente de lo que hay. Así estás preparada para lo que venga.

Pasan minutos, estoy en un estado de lejanía con la realidad que me resulta imposible de considerar natural.

Y lo peor de todo es que cuando estás debilitado, más vulnerable eres, por eso, y justo cuando siento que me alejo por completo de esta realidad; mi boca decide moverse sola, en coordinación con mi voz:

—Lo siento.

Se hace el silencio. Probablemente ella ya se haya rendido a la oscuridad.

—¿A qué te refieres? —Escucho su voz quebrada en mitad de la quietud.

No desaprovecho el momento:

—No sé… Nunca me ha gustado ver sufrir a la gente. En especial a las pocas personas que me importan. Me hace sentir como si les hubiera fallado.

No me contesta, deduzco que se ha rendido.

Por ello me permito hacer yo lo mismo.

Oscuridad, a pesar de que llevamos un buen rato sin luz. Y su cabeza junto a la mía.

Es la primera vez que no paso solo por una tortura y, a pesar de que ha sido la peor de todas…

Ahora tengo a alguien al lado.

Un calor que me hace olvidar las arañas, los disparos, el agua… El dolor.